“La Felicidad es mirar hacia Dios, la
tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San
Carlo Acutis, Patrono de Internet
Riviera
Maya, México; Julio 19 del 2026.
LAS PÁGINAS QUE SE LEEN ENSEGUIDA, SON PARTE DE MI LIBRO
“EL DEMONIO AL ACECHO
DEL MESÍAS”
(Antonio Garelli – Garelli
Editores – 2009)
IV.4.- JESÚS VUELVE A LA VIDA A LÁZARO
(Jn 11, 17-46)
“. . . Cuando llegó Jesús, se encontró con
que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos
quince estadios, y los judíos habían venido a la casa de Marta y María para consolarlas
por su hermano.
Cuando Marta supo que había venido Jesús,
le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: ‘Señor, si hubieras
estado aquí, no habría muerto mi hermano.
Pero aún ahora sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.”
Le dice Jesús: “Tu hermano resucitará.” Le
respondió Marta: ‘Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.’ Jesús le respondió: “Yo soy la
resurrección. El que cree en mí, aunque
muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”
Le dice ella: ‘Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios, el que iba a venir al mundo.’
Dicho esto, fue a llamar a su hermana
María y le dijo al oído: ‘El Maestro está ahí y te llama.’ Ella, en cuanto lo oyó, se levantó
rápidamente, y se fue hacia él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino
que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban
con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la
siguieron pensando que iba al sepulcro para orar allí.
Cuando María llegó donde estaba Jesús, al
verle, cayó a sus pies y le dijo: ‘Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano
no habría muerto.’ Viéndola llorar
Jesús, y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió
interiormente, se turbó y dijo: “¿Dónde le habéis puesto?” Le respondieron: ‘Señor, ven y lo
verás.’ Jesús derramó lágrimas. Los judíos entonces decían: ‘Mirad cómo le
quería.’ Pero algunos de ellos dijeron:
‘Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no
muriera?’
Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su
interior y fue al sepulcro. Era una
cueva, y tenía una piedra. Dice Jesús:
“Quitad la piedra.” Le responde Marta,
la hermana del muerto: ‘Señor, ya huele; es el cuarto día.’ Le dice Jesús: “¿No te he dicho que si crees,
verás la gloria de Dios?” Quitaron,
pues, la piedra.
Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto
y dijo:
“Padre,
te doy gracias por haberme escuchado.
Yo
sabía que Tú siempre me escuchas;
pero
lo he dicho por estos que me rodean,
para
que crean que Tú me has enviado.”
Dicho esto gritó con voz fuerte: “¡Lázaro,
sal afuera!” Y salió el muerto, atado de
pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: “Desatadlo y dejadle andar.”
Muchos de los judíos que habían venido a
casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él. Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y
les contaron lo que había hecho Jesús. . .”
Evangelio
según San Juan
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Esta es sin duda alguna, la página más
desagradable del Evangelio para Satanás; narra todo cuanto él quisiera que
nunca hubiese sucedido, o al menos, que hubiese quedado en el olvido. Pero San Juan la escribió para los incrédulos
del Siglo I y para los que nacerían durante veinte siglos más (y hasta el final de los tiempos). ¿Qué
usará el Demonio para acechar al Mesías?, lo mismo de siempre: incredulidad,
debilitamiento de la Fe,
descrédito de Dios.
Jesucristo está realizando su último
viaje hacia Jerusalén; ahora viene desde Jericó, pero en lugar de subir por el
Camino de los Valles, ha decidido hacerlo por las escarpadas colinas de Emaús,
para tener oportunidad de visitar los pueblos y aldeas de esas rutas. Allá anda, predicando el Evangelio, cuando le
llega la noticia terriblemente desagradable para Él, de que su más querido
amigo (y debemos recordar que de éstos tenía varios –Leví de Cafarnaúm, Simón
el Cananeo, ambos Apóstoles, o José de Arimatea, éste solo discípulo– por
mencionar algunos), ha muerto. Qué tanto
es cierto esto (de su más querido amigo), que San Juan se atreve a decir que “.
. . Jesús se echó a llorar. . .” No me acuerdo de otra ocasión en que el Señor
llore. (¡Qué hermoso constatar que el Mesías es verdadero hombre!). Ni
siquiera con la muerte de Juan el Bautista, su amado primo, registraron los
Evangelistas una situación igual con Jesús.
Sin embargo, ante el artero acecho del
Demonio, el Divino Maestro se prepara para realizar una vez más su acto supremo
como Salvador: volver a la vida a alguien.
Ya lo había hecho al menos en otra ocasión, con la hija de Jairo. Yo lo llamo ‘volver a la vida’ y no
resucitar, porque son dos situaciones diferentes. La primera es ‘revivir’ (volver a vivir), con
el mismo cuerpo humano que se tenía, con todos sus defectos. La segunda es dejar el estado de muerte
humana y pasar a una vida de perfección, aún con el mismo cuerpo. Sea como fuere, Jesús va a traer de nuevo a
la vida a su querido amigo, aprovechando la ocasión para predicar el Evangelio
entre los judíos.
Marta y María eran mujeres muy
conocidas y queridas en Jerusalén y casi dueñas de cuanto había en
Betania. Junto con su hermano, poseían
grandes extensiones de terreno que incluían el Monte de los Olivos; justo detrás
de su pueblo y enfrente a la
Gran Ciudad de David.
Marta era una mujer piadosa y dedicada
a sus obligaciones como ama y señora de una casa; el comportamiento de María en
cambio, era, en muchas ocasiones, reprobable.
Sin embargo, ambas tenían fe en que Jesucristo era el Mesías. Esto se constata fácilmente en el primer
diálogo entre Marta y Jesús, cuando él está por arribar: “…‘Señor, si hubieras estado aquí, no habría
muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que
cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.” Esto es un acto de confianza,
también lleno de esperanza; y aquí es donde el Demonio empieza el ataque,
debilitando su fe. Jesús le contesta “… Tu hermano resucitará.”; y ella, ya no
muy segura hace referencia a la resurrección de los muertos, pero no al momento
en el que están ahora mismo, sino en el futuro.
La maestría de Jesucristo es evidente
cuando responde: “. . . Yo soy la
resurrección. El que cree en mí, aunque
muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” Fortifica su fe, porque es menester; Él sabe
que el Maligno ronda ahí. Marta, con un
acto de pura voluntad responde: ‘Sí,
Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al
mundo.’ Vencido el Demonio en su
primer intento, Jesús se prepara para los siguientes, pues María, casi en forma
de acusación le dice: ‘Señor, si hubieras
estado aquí, mi hermano no habría muerto.’ Esto es fe mezclada con reclamo, y el Maestro
lo nota; se consterna junto con la doliente hermana y se encamina al gran acto
de misericordia.
Todavía hay otro intento del Diablo
para que el Señor desista, se ve claramente en el siguiente diálogo: “. . . Dice Jesús: “Quitad la piedra.” Le responde Marta, la hermana del muerto:
‘Señor, ya huele; es el cuarto día.’ Le
dice Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” El Maestro está decidido; clama a Dios con
una de las oraciones más hermosas que hay en toda la Sagrada escritura:
“Padre,
te doy gracias por haberme escuchado.
Yo
sabía que Tú siempre me escuchas;
pero
lo he dicho por estos que me rodean,
para
que crean que Tú me has enviado.”
Después
de esto, ya no queda nada de la influencia del Satán; Jesús ordena a Lázaro que
salga y el que estaba muerto. . . vuelve a la vida.
Pero el Demonio no se vence fácilmente;
y cuando se ve perdido, arrebata. ¡Ya
vieron cómo acecha! ¡Es incansable en su afán!
Concluye San Juan con un párrafo lleno
de esperanza, pero también de expectación, al decir: “. . . Muchos de los judíos que habían venido a
casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él. Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y
les contaron lo que había hecho Jesús. . .”
También el Hijo de Zebedeo se ha dado cuenta que el Demonio acecha al
Mesías; pero éste, ha sido día de Gloria para Dios.
§ § §
La siguiente entrega será el próximo Domingo.
Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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Solo por el gusto
de proclamar El Evangelio.