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sábado, 12 de septiembre de 2026

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA (ÚLTIMA ENTREGA)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet

Riviera Maya, México; Marzo 6 del 2026.

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.

Tomado de la Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006


ÚLTIMA ENTREGA

CREO EN DIOS… EN JESUCRISTO… EN EL ESPÍRITU SANTO… EN LA IGLESIA… EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS… EL PERDÓN DE LOS PECADOS…

CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y LA VIDA ETERNA

B) LA FIDELIDAD DE DIOS: GARANTÍA DE RESURRECCIÓN

La Fe en la Resurrección surge en el Antiguo Testamento en un contexto martirial.  El justo perseguido remite su justicia a Dios, creyendo y esperando que Él restablecerá el derecho.  A quienes han sufrido por Dios, declarándose por Él ante los hombres, Dios no los abandona.  Esta esperanza martirial de Israel llega a su plenitud en el martirio de Cristo, en el testimonio supremo del amor de Dios en la muerte de cruz dado por Cristo Jesús.

El Padre sale como garante de la vida de sus testigos, de sus mártires; y a quien remite a Él su justicia, no queda defraudado, pues, “no permitirá que su Justo experimente la corrupción.” (Hc 2,27)  Así, como Job lo manifestaba:

Yo sé que está vivo mi Vengador

y al final se alzará sobre el polvo.

Tras mi despertar me alzará junto a Él,

y con mi propia carne veré a Dios.

Yo, sí, yo mismo, y no otro, lo veré;

mis propios ojos lo verán.

Job 19, 25-27

Es cierto que no sabemos representarnos ni explicarnos la resurrección de nuestra carne, pues “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1Co 2,9); pero esto no resta nada a la certeza de nuestra esperanza, que se basa no en nosotros, sino en la fidelidad de Dios.  La muerte no es capaz de destruir nuestra unión con Dios, tal como lo cantaba el salmista:

“Yo siempre estaré contigo,

Tú tomas mi mano derecha,

me guías según tus planes

y me llevas a un destino glorioso.

¿No te tengo a Ti en el cielo?

y contigo, ¿qué me importa la tierra?

Se consumen mi corazón y mi carne

por Dios, mi herencia eterna.”

(Sal 73,26)

Desde el tiempo de San Pablo, el hombre siente curiosidad por saber “¿cómo resucitan los muertos? Con qué cuerpo vuelven a la vida?” (1Co 15,35) La única respuesta que tenemos es la certeza de que seremos “los mismos, pero no lo mismo”; resucita el mismo cuerpo, la misma persona, pero transformados: “porque esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.” (1Co 15,50-53) “Todos resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen”, pero transformados y transfigurados por el Espíritu de Dios.

Se siembra lo corruptible, resucita incorruptible;

se siembra lo vil, resucita glorioso; se siembra débil, resucita fuerte;

se siembra cuerpo como de animal, resucita cuerpo espiritual.

(1Co 15,42.44)

La vida eterna es Dios mismo y el amor que Él nos da. Y siendo “Dios de vivos y no de muertos”, resucita a los muertos en fidelidad consigo mismo.  En su Hijo Jesucristo nos ha mostrado su fuerza de resurrección, es decir, ha aparecido ante nosotros como “Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son, para que sean.” (Rm 4,17)

La carne de los santos será transformada por la resurrección en tal gloria que podrá estar en la presencia del Señor, pues, “Dios transformará el cuerpo de nuestra humillación conforme al Cuerpo del Hijo de su Gloria” (Flp 3,21), que, estando sentado a su derecha, “Nos resucitó con Cristo y nos hizo sentar con Él en los cielos” (Ef 2,6), “… brillando como el sol y como el fulgor en el Reino de Dios.” (Mt 13,43) 

Ya San Pablo se sirve de la naturaleza, de la siembra, de la cosecha; del dormir o el despertar; con imágenes del poder de Dios para hacer surgir y resurgir la vida. Igualmente, los Padres de la Iglesia de los primeros siglos, no se cansan de comentar esos textos; y aportar ellos mismos –inspirados por el Espíritu Santo– nuevas consideraciones en sus prédicas y escritos.

La Palabra de Dios, La Tradición y El Magisterio de la Iglesia Católica, definen, fundamentan y cuidan El Credo, como símbolo de la Fe de la Iglesia. Desde el Siglo I, el Cristianismo ha estado ‘alimentado’ por la acción del Espíritu Santo en todos los que integramos El Cuerpo de Cristo en el Seno de la Iglesia. 

Esta ‘alimentación’ se ha dado con la denodada entrega de los santos en la ‘difusión’ de todo cuanto han recibido del Espíritu para el Pueblo de Dios.  La Resurrección de la Carne explicada por los Padres Patriarcales, es un ejemplo de esta ‘alimentación’ del Espíritu Santo.

 

Considerándolo bien, ¿qué cosa parecería más increíble –de no estar nosotros en el cuerpo– que el que nos dijeran que de una menuda gota de semen humano nacerán huesos, tendones y carnes, con la forma que los vemos?  Si no fuerais hombres y alguien, mostrándoos el semen humano y la imagen de un hombre, os dijera que éste se forma de aquél, ¿le creerías antes de verlo nacido?

Pues, aunque parezca increíble, así es… Ved, pues, cómo no es imposible que los cuerpos humanos disueltos y esparcidos como semillas en la tierra, resuciten a su tiempo por orden de Dios y se “revistan de incorrupción.  “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.”

SAN JUSTINO – Siglo II 

          TERTULIANO – Siglo III

“… Pero, ¿cómo –te preguntas– puede resucitar una materia totalmente disuelta? ¡Examínate a ti mismo, oh hombre, y te convencerás de ello! Piensa lo que eras antes de ser: ¡Nada, de lo contrario lo recordarías! Pues si tú eras nada antes de ser y serás nada cuando dejes de ser, ¿por qué no podrás resucitar de la nada por la Voluntad del mismo Autor, que quiso llegaras de la nada a ser? ¿Qué te acontecerá de nuevo? Cuando no existías, fuiste hecho. Nuevamente serás hecho cuando existas. Más fácil es hacerte tras haber existido, que hacerte sin existir.”

ÚLTIMA ENTREGA 

La Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

V V V

Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente también.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli

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jueves, 10 de septiembre de 2026

LA SEMANA DEL PAPA (16)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 

                                            Riviera Maya, México; Septiembre 10 del 2026.

La Santa Sede

Vatican News - Noticias del Vaticano - Todas las noticias de la Iglesia - Vatican News

Pope and Vatican News Agency | Rome Reports

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martes, 8 de septiembre de 2026

MÍSTICA - LILIA GARELLI - 1a. ENTREGA DNME-01

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 

Riviera Maya, México; Septiembre 9 del 2026.

           MÍSTICA

                                                            Por: Lilia Garelli                                      

 

“…Cada generación lo escucha (al Evangelio) como una novedad que regenera.

  Cada generación es responsable del Evangelio y del descubrimiento

 de su poder seminal y multiplicador…”

Papa León XIV

Diseñar nuevos mapas de Esperanza No. 1.1

CARTA APOSTÓLICA

DISEÑAR NUEVOS MAPAS DE ESPERANZA

LX Aniversario Declaración - “Gravissimum Educationis”

 

Estimados en Cristo:

1.     Proemio:

El Papa León XIV inicia esta Carta Apostólica invitándonos a “Diseñar nuevos mapas de esperanza” en alusión al 60 Aniversario de la Declaración “Gravissimum Educationis” surgida en el Concilio Vaticano II y cuyo mensaje define que la educación no es una actividad secundaria para el hombre, sino que es vital desarrollarla junto con la extensión de la Buena Nueva que Jesucristo nos dejó y que se encuentra de forma concreta en los Evangelios.

“…Hoy, ante los rápidos cambios y las incertidumbres que desorientan, ese legado muestra una sorprendente solidez.  Allí donde las comunidades educativas se dejan guiar por la palabra de Cristo, no se retiran, sino que se relanzan; no levantan muros, sino que construyen puentes.  Reaccionan con creatividad, abriendo nuevas posibilidades para la transmisión del profesional y civil, en la pastoral escolar y juvenil, y en la investigación, porque el Evangelio no envejece, sino que “hace nuevas todas las cosas” (Ap.21,5) …” (PLeónXIV – DNME 1.1)

En efecto, las enseñanzas del Evangelio tienen la particularidad de identificarlas como nuevas cada vez que las reflexionamos, pareciera que están hechas para ese momento preciso en el que se leen y analizan, porque es “Palabra de Dios” que no tiene ni principio ni fin; ni tiempo ni espacio.

Así como no tiene ni principio ni fin la Palabra de Dios, todo lo que el hombre desarrolla en la vida tiene todo lo contrario, adaptaciones y modificaciones constantes, porque tiene que mirar hacia la realidad del momento, y ese tiempo tiene que ser conforme a la realidad que el mismo hombre ha modificado, por ello el Papa bien nos dice que: “…Vivimos en un entorno educativo complejo, fragmentado y digitalizado.  Precisamente por eso es sabio detenerse y recuperar la mirada sobre la “cosmología de la paideia cristiana”; una visión que, a lo largo de los siglos, supo renovarse e inspirar positivamente todas las poliédricas facetas de la educación…” (PLeónXIV – DNME No. 1.2.)

Con el fin de que comprendamos mejor el mensaje que el Papa nos da, he buscado como en otras ocasiones, la explicación de los conceptos, en este caso “la cosmología de la paideia cristiana” y he encontrado un párrafo de la Revista Ecclesia que nos dice: “La cosmología de la paideia cristiana es una visión integral que posiciona al ser humano como imagen de Dios en el centro, integrando fe y razón para guiar la educación y la vida.  Basada en el “fermento” evangélico, esta pedagogía transforma la cultura, buscando la unidad del saber y la justicia, superando la fragmentación del conocimiento moderno y actuando como faro de servicio”. 

Esta es la mejor explicación de nuestra existencia en este mundo, quien no lo logra comprender e identificarse con la transcendencia de este concepto, se encuentra realmente extraviado en la vida, por ello la importancia de una buena formación integral, que le permita al formando ser parte de esta realidad, conociendo, amando, imitando y transmitiendo las enseñanzas de Cristo en su vida y con el prójimo.  Es importante proporcionar a la niñez y juventud una educación de calidad, esto es, esa educación integral que le ayudará a desarrollar en cada etapa de su educación, la capacidad de un pensamiento crítico y la resolución de problemas, la creatividad y la innovación en la comunicación y la colaboración efectiva, permitiendo a las personas interpretar su entorno y actuar para transformarlo, por ello el Papa nos invita a “diseñar nuevos mapas de esperanza”.

El Papa nos dice: “…La Declaración “Gravissimum Educationis” no ha perdido fuerza.  Desde su recepción ha nacido un firmamento de obras y carismas que aún hoy orienta el camino:  escuelas y universidades, movimientos e institutos, asociaciones laicales, congregaciones religiosas y redes nacionales e internacionales.  Juntos, estos cuerpos vivos han consolidado un patrimonio espiritual y pedagógico capaz de atravesar el siglo XXI y responder a los retos más apremiantes. Este patrimonio no está inmovilizado: es una brújula que sigue indicando la dirección y hablando de la belleza del viaje…” (PLeónXIV – DNME – 1.3).

En efecto, la belleza de la innovación educativa, cuando va de la mano de Aquel que nos guía y muestra el camino correcto, inspira y motiva para seguir adelante en los nuevos procesos de efectividad y calidad académica.  Como bien nos exhorta el Papa ante los múltiples problemas que enfrenta la humanidad, en muchas ocasiones provocadas por los malos gobiernos y desatando distintas formas de pobreza, las guerras, las migraciones y las desigualdades y por ende el nulo acceso a la educación: “… ¿cómo no actuar? (…) ¿cómo no sentir la urgencia de renovar nuestro compromiso? …” (PLeónXIV – DNME – 1.3).

“…La educación ha sido siempre una de las expresiones

 más altas de la caridad cristiana…” (PLeónXIV – DT – No.68).

  El mundo necesita esta forma de esperanza…”

P. León XIV - DNME No. 1.3

Afectísima en Jesucristo,

Lilia Garelli

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SOLEMNIDADES DE LA IGLESIA - (40)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 

Riviera Maya, México; Septiembre 8 del 2026.

SOLEMNIDADES Y FIESTAS DE GUARDAR

DE LA IGLESIA CATÓLICA

 

SEPTIEMBRE   8 Solemnidad de la Natividade de María                              Santísima, Madre de Dios

DOCUMENTO:

Protoevangelio de Santiago V, 2

. . . ¿Qué es lo que he dado a luz?” y la comadrona respondió: ‘Una niña.’ … Y le puso por nombre Miriam.”

Natividad de la Santísima Virgen María - Vatican News

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BAPTISTERIOS DE LA IGLESIA CATÓLICA - (35)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet

Riviera Maya, México; Septiembre 8 del 2026.

Baptisterios de la Iglesia Católica

BAPTISTERIO DEL TEMPLO DE

SAN NICOLÁS DE TOLENTINO

Actopan, Hidalgo, México

Construido entre 1560 y 1570, anexo al gran conjunto conventual, el Baptisterio del Templo de San Nicolás de Tolentino fue el primero que se edificó en Nueva España, como un edificio aparte. 

Templo y exconvento de San Nicolás de Tolentino (Actopan) - Wikipedia, la enciclopedia libre

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viernes, 4 de septiembre de 2026

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE - (60)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 

Riviera Maya, México; Septiembre 4 del 2026. 

XV Aniversario del Blog

De Milagros y Diosidencias

2011-2026 

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.

Tomado de la Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006


CREO EN DIOS… CREO EN JESUCRISTO… CREO EN EL ESPÍRITU SANTO… CREO EN LA IGLESIA… CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS… CREO EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS…

CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE

Y LA VIDA ETERNA

 

El Credo concluye confesando la Fe en la Resurrección de la Carne y la Vida Eterna. Creer en Dios Padre como origen de la vida; creer en Jesucristo como vencedor de la muerte; y creer en el Espíritu Santo como vivificante de la Iglesia –donde experimentamos la Comunión de los Santos y el Perdón de los Pecados– nos da la certeza de la Resurrección y de la Vida Eterna.

La Profesión de la Fe en la Resurrección de la Carne y en la Vida Eterna son el fruto de la Fe en el Espíritu Santo y su poder transformador, como culminación de la nueva creación inaugurada en la Resurrección de Cristo.

A) EL AMOR DE DIOS MÁS FUERTE QUE LA MUERTE

Por el libro de la Sabiduría sabemos que “no fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los pecadores.”  La muerte es consecuencia del pecado.  El hombre, llamado a la vida por Dios, quiere alcanzar por sí mismo el árbol de la vida, adueñarse autónomamente, sin Dios, de ella.  Al contrario, halla la muerte.

Así “por un hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte.” (Rm 5,12)  Ésta es la muerte que no ha querido Dios; esta muerte es fruto del pecado y signo del alejamiento de Dios, la fuente y plenitud de la vida.  La muerte es el último, el definitivo enemigo del hombre.  Pero como enseña San Ireneo:

Como la carne es capaz de acoger la corrupción, también puede acoger la incorrupción.

Y como puede acoger la muerte, puede acoger la vida.

Y si la muerte aleja la vida, apoderándose del hombre y haciéndolo un muerto,

tanto más la vida, apoderándose del hombre, alejará la muerte y restaurará al hombre como un viviente para Dios. 

Pues si la muerte le mató, ¿por qué la Vida no le vivificará? 

Por tanto, “como el primer hombre se hizo espíritu viviente, el segundo Hombre fue espíritu vivificante”,

y como aquél, espíritu viviente, pecando perdió la vida,

así él mismo, recibiendo el Espíritu vivificante, recobrará la vida. 

San Ireneo 

En esta muerte entra Jesucristo como nuevo Adán, y sale vencedor de la muerte: “Se hundió hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Flp 2,8); por esta kénosis, en obediencia al Padre, Jesús venció el poder de la muerte.  La muerte de esta manera, ha perdido el aguijón; y ya no es más.

El que cree en Jesucristo “ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24); pues “el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no gustará la muerte para siempre”, siendo Cristo mismo “La Resurrección y La Vida.” (Jn 11,25; 14,6)

En su Explicación de los Símbolos (Explanatio Symboli), San Ambrosio de Milán asienta:

“Debes creer que también la carne resucitará. Pues, ¿por qué asumió Cristo nuestra carne?, ¿por qué subió a la cruz?, ¿por qué sufrió la muerte, fue sepultado y resucitó?, ¿por qué hizo todo eso, sino para que resucitaras tú? Este es el misterio de tu resurrección.  Porque “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra Fe” (1Co 15,14) ¡Pero resucitó!, siendo por tanto firme nuestra Fe.”

La confesión de fe en la resurrección de la carne no es, pues, la fe de la inmortalidad; no profesamos que el hombre es inmortal, sino la Fe en Dios, que ama al hombre y le libra de la muerte, resucitándolo.

“El amor pide eternidad,

y el amor de Dios no sólo la pide, sino que la da y es.”

Papa Ratzinger

La esperanza cristiana de la resurrección, no es el mero optimismo humano de que al final todas las cosas acaban por arreglarse de alguna manera.  La esperanza cristiana es la certeza de que Dios no se deja vencer por el mal y la injusticia, por ello no les deja triunfar.  Él hará triunfar el amor y la justicia.  Remitir la justicia a Dios” es “dar razón a todos los hombres de nuestra esperanza.” (1P 3,15)

Esta certeza no es ilusoria, ya ha comenzado a realizarse.  Se ha cumplido en Jesucristo, resucitado de entre los muertos, como garantía y fundamento permanente y firme de nuestra esperanza.  Unidos por la Fe y el Bautismo en Cristo y a su muerte, esperamos participar igualmente de su gloriosa resurrección. (Rm 6,5)


En Cristo se realizó ya lo que para nosotros es todavía esperanza.  No vemos lo que esperamos, pero somos el cuerpo de aquella Cabeza, en la que se hizo realidad lo que esperamos.

San Agustín de Hipona

La Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

V V V

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EL DEMONIO AL ACECHO DEL MESÍAS - (DAM-44)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 

Riviera Maya, México; Septiembre 4 del 2026. 

XV Aniversario del Blog

De Milagros y Disidencias 2011-2026 

LAS PÁGINAS QUE SE LEEN ENSEGUIDA, SON PARTE DE MI LIBRO

“EL DEMONIO AL ACECHO

DEL MESÍAS”

(Antonio Garelli – Garelli Editores  – 2009)

 

IV.11.- LA ÚLTIMA CENA

(Mt 26, 17-19 y 26-29; Mc 14, 12-16 y 22-25; Lc 22, 14-20)

“El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: ‘¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer la Pascua?’  Él les dijo: ‘Id a la ciudad, con un tal, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos.’’  Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado y prepararon la Pascua.

Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo.”  Tomó luego una copa y, dando las gracias, se las dio diciendo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados.”

Y os digo que desde ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre.”

Evangelios

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         Durante treinta y tres años (y más) ha acechado el Demonio a Jesús de Nazaret; en esta última semana de su vida humana ese acoso ha sido constante, permanente, incesante.  Todos, absolutamente todos los que se encuentran cerca del Señor, propios y extraños, han recibido instigaciones del Diablo; algunos las han superado, otros no.

         Pero Cristo encuentra el lugar y el momento para tener un acercamiento íntimo, por última vez, con sus Apóstoles; es la más significativa de sus reuniones, la Institución de La Sagrada Eucaristía.  Lo hace en una cena muy especial que han preparado, dos días antes de la Pascua; pues, como Galileos, tenían aprobado por los Sacerdotes del Templo realizar dicha celebración (cuando hacían el viaje a Jerusalén), con tal anticipación, o en la postrimería inmediata a su arribo a la Ciudad de David, si fuera el caso.  Así, ellos celebran la fiesta el doce de Nissan, en lugar del catorce como era la costumbre, pero dentro de los preceptos judíos.

         Por supuesto, las viandas más importantes son el pan y el vino; ya que, a partir de ese inconmensurable momento, alcanzarán el significado más celestial de cuanto alimento exista: El Cuerpo y La Sangre de Cristo.  Todos los días que veo al Sacerdote (el Nuevo Cristo Jesús), levantar la patena con el pan y el cáliz con el vino, repitiendo esas Divinas palabras de La Consagración, mi mente se retira del lugar en donde me encuentro, queriendo llegar a aquel importantísimo instante: Jesucristo les está enseñando la forma en que se quedará con ellos (y con nosotros), por los siglos de los siglos; ya no como una representación, sino con la in entendible transubstanciación de las especies que Le contienen en toda su Divina Dimensión.

         No, en verdad no lo puedo explicar, pues este es el acto de Fe – Esperanza – Caridad más grande que hay; infinitamente superior a mi reducida inteligencia y portentosamente mayor que mi limitada razón.

(Hay dos oraciones que a mí me gusta rezar en el momento de la Consagración; cuando el Sacerdote tiene elevado el pan, mentalmente digo: “El Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, bendito, puro y santo, que, entregado por nosotros en la cruz, como Cordero de Dios, hizo posible nuestra reconciliación con el Padre.” Y agrego: “Señor mío, Señor mío, Señor mío.”    Y cuando el Sacerdote levanta el cáliz, digo en silencio: La Sangre de nuestro Señor Jesucristo, bendita, pura y santa, que, derramada desde la cruz para el perdón de nuestros pecados, hizo posible que nuestra alma espere la resurrección de los muertos.”  Y ahora repito: “Dios mío, Dios mío, Dios mío.” No me recuerdo desde cuando lo hago, pero efectuarlo me hace sentir muy bien, me hace ir a ese precioso momento de la Salvación.  Ojalá les sirva.)

         A ninguno excluyó, ni siquiera al traidor que allí estaba al acecho del Mesías.  (En ese mismo instante pudo haberse arrepentido de lo que ya había hecho; pero él, Judas, decidió, libre y voluntariamente, no pedir perdón).  Si ya de sí mismo el evento tiene un acercamiento jamás logrado entre el Cielo y la tierra, entre Dios y los hombres; el Señor le está dejando muy claro a Satanás que no importa cuánto se peque, ni en cantidad ni en vileza; lo que importa es arrepentirse y pedir perdón, ante lo cual, la Infinita Misericordia de Dios siempre se da en favor nuestro.  Estaban todos: los que sabían algo, y los que no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo; los que creían profunda y sinceramente, y los escépticos e incrédulos; los que entendían por conocimiento o por Fe y los que eran agnósticos al acontecimiento.  Estaban presentes, hasta los que nada sabemos de ellos.  Estos Doce, con sus cualidades y defectos, con sus virtudes y pecados, representaban a toda la humanidad de antes, durante y después de La Gloriosa Noche Eucarística.

         Hasta el Demonio se quedó pasmado delante de tan Glorioso momento, porque aun estando allí (en el mismo Judas), nada contrario al Bien sucedió.  Solo se sintió la Divina Presencia del Hijo de Dios, de Dios hecho hombre.  Así como digo: ¡Hasta Satanás enmudeció!

§ § §

La siguiente entrega será el próximo Domingo.

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