“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Agosto 7 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
CREO EN DIOS… EN JESUCRISTO… EN EL ESPÍRITU
SANTO… CREO EN LA IGLESIA…Una, Santa, Católica y Apostólica…
CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS…
CONFIESO QUE HAY UN SOLO BAUTISMO
PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS…
A)
EL PERDÓN DE LOS PECADOS
El
Credo Cristiano, en su estructura Trinitaria, sitúa el Perdón de los Pecados
como explicitación de la Fe en el Espíritu Santo en la Iglesia. El amor de Dios, Padre misericordioso, que ha
reconciliado al mundo consigo, por la muerte y resurrección de Jesucristo, ha
enviado al Espíritu Santo a la Iglesia para hacer presente y actual esta obra
en el perdón de los pecados. Así lo
recoge la fórmula del Sacramento de la penitencia:
Dios, Padre misericordioso,
que reconcilió consigo al mundo
por la muerte y resurrección de su Hijo
y derramó el Espíritu Santo
para la remisión de los pecados,
te conceda,
por el ministerio de la Iglesia,
el perdón y la paz.
El
pecado, vivido en la presencia de Dios Padre, reconocido a la luz de la cruz de
Cristo y confesado bajo el impulso del Espíritu Santo, se convierte en la
Iglesia en acontecimiento de celebración
de la Buena Nueva. El encuentro con
Cristo lleva al cristiano a verse a sí mismo, en su ser y en su actuar, como
creación de Dios y como recreación en el Espíritu.
Así
su fe es acción de gracias por el don de la vida, confesión de la propia
infidelidad frente a la fidelidad del amor de Dios, que no se queda en la
tristeza o en el hundimiento por el sentido de culpabilidad, sino que se hace
canto de glorificación a Dios, confesión de fe y celebración del perdón.
El
Perdón de los Pecados es una de las manifestaciones del Espíritu Santo, que
prolonga y actualiza la obra de Jesucristo en la Iglesia. La Resurrección de Cristo se hace presente en
la Iglesia creando, mediante el Espíritu Santo, la “Comunión de los Santos”, es decir, la comunión de los que viven ya
el “Perdón de los Pecados”. El perdón de los pecados cobra, en la
profesión de la fe, un significado sobrenatural. Se vive en el Bautismo y en la Penitencia,
2segundo bautismo”.
El
Perdón de los Pecados significa que el cristiano se ve a sí mismo, y su
actuación, ligado en alianza con Dios, a quien ha confiado su existencia. Pecado y perdón no hacen referencia a una ley
anónima, a un orden abstracto roto y restablecido, sino a una historia de amor
entre personas con infidelidades y restablecimientos del amor por la
fidelidad. Desde la fidelidad
inquebrantable de Dios, el perdón se experimenta como el milagro de la gratitud
incondicional del amor de Dios.
Terrible
es el pecado y gravísima la enfermedad del alma –la culpa–, pero no
incurable. Siendo terrible para quien a
él se adhiere, es fácilmente sanable para el que, para la conversión, se aleja
del mismo. ¿Qué mayor crimen hay que
crucificar a Cristo? ¡Pero aún éste, se lava con el Bautismo! ¡Oh inefable
misericordia de Dios!
Quienes
desesperaban de la salvación, fueron juzgados dignos de recibir el Espíritu
Santo… y enseña la Escritura en muchísimos pasajes: “… Si alguno de vosotros ha crucificado con sus blasfemias… si alguno,
por ignorancia, ha negado al Señor ante los hombres… si alguien, con sus malas
acciones, ha hecho que Cristo sea blasfemado… espere en la conversión, pues
¡aún está pronta la Gracia! San
Cirilo de Jerusalén.
Para
que el hombre alcance el perdón de los pecados, Dios le da tiempo para la
conversión; como en tiempos de Noé, que anuncia la conversión, o de Jonás, que
se la anuncia a los ninivitas, aunque fueran ajenos a Dios, “Solo
quien endurece su corazón se priva del perdón de los pecados.”
Enseña
San Basilio:
“Llamar
a la conversión es utilísimo a los hombres.
Pues nadie hay sin pecado.
Recomendamos la conversión no para fomentar el pecado, sino deseando que
el caído se levante. Pues la
desesperación induce al caído a revolcarse en sus pecados, mientras que la
esperanza de la penitencia le impulsa a levantarse y no pecar más.
¿Quiénes
somos nosotros para imponer una ley a Dios? Él quiere perdonar los pecados,
¿quién puede prohibirlo? Él dice: “¿Acaso no se levantará el que cae?” (Jr
8,4) Contradice, pues, a Dios quien
dice: “el que cae no puede levantarse.”
¿Hay
algo más difícil de limpiar que el carmesí? ¿Qué hay más blanco que la nieve o
la lana? Pues Quien creó éstas dice: “Aunque vuestros pecados fueran como
colores imborrables, con solo lavarlos, recibiréis la blancura de la nieve.”
(Is 1,18) David, con solo decir: “he pecado”, obtuvo ya el perdón: “Dios ha
perdonado ya tu pecado.” (2S 12,1-13)
Y si
preguntamos al Salvador por el motivo de su venida, nos responde: “No vine a
salvar a los justos, sino a llamar a los pecadores a la conversión.” (Mt 9,13)
Preguntémosle:
¿qué llevas sobre tus hombros? Y Él nos responde: “La oveja perdida.” ¿Por qué
hay alegría en el cielo?, y nos responde: “Por un pecador que se convierte.”
Los
ángeles se alegran ¿y tú sientes envidia? Dios recibe al pecador con gozo, ¿y
tú lo prohíbes?... Y si te indigna que sea recibido con un banquete el hijo
pródigo, después de haber pastoreado cerdos y haber malgastado todo; recuerda
que también se indignó el hermano mayor y se quedó fuera sin participar de la
fiesta que hizo el padre.”
Jesús
´pasó entre los hombres perdonando los
pecados’ (Mc 2,5); y otorgó a los hombres ese poder. Es el gran poder que deja a la iglesia: “Recibir el Espíritu Santo; a quienes
perdonéis los pecados… les quedan perdonados…” Es su misión: vino “a llamar
a los pecadores”, “a proclamar el año de gracia del Señor” o el tiempo del
perdón de Dios. (Lc 4, 18-19) La bondad
del Padre es ilimitada, pes es “compasivo”,
“bueno” incluso “con los más ingratos
y perversos”; y su amor le lleva “a
correr” al encuentro del pecador.
Jesús,
Hijo del Padre, no sólo anunció el perdón del Padre, sino que perdonó a la
mujer adúltera sorprendida en su pecado, a la pecadora pública que se le
presentó en casa de Simón Pedro, al paralítico de Cafarnaúm –que ni le pide el
perdón ni la curación– sino que lo sana solo “por la fe de quienes lo llevaron a Él.” Desató de su pecado al paralítico de
Jerusalén, y a la mujer encorvada a “la
que Satanás tuvo atada por dieciocho años”, así como a muchos otros que se
toparon en Él.
El
perdón es la fuente de un amor más grande; con su gratitud crea la gratitud en
el pecador perdonado.
“Dios
fue magnánimo cuando el hombre le abandonó, anticipándose con la victoria que
le sería concedida por el Logos. Pues, igual que permitió que Jonás fuese
tragado por el monstruo marino, no para que pereciera totalmente, sino para
que, al ser vomitado por el mismo, glorificase más a Quien le había otorgado
tan inesperada salvación.
Así
desde el principio permitió Dios que el hombre fuese tragado por el gran
monstruo, Satanás, autor de la transgresión en el Edén, no para que pereciera
totalmente, pues tenía preparado de antemano el don de la Salvación en Quien la
realizaría por el signo de Jonás, sino porque quiso que el hombre pasase por
todas las situaciones y gustase el conocimiento de la muerte, para llegar por
ella a la resurrección de los muertos; y experimentar de qué mal había sido
librado.
Así
sería siempre grato al Señor, por haber recibido de Él el don de la
incorrupción, y le amaría mucho más, pues “ama más aquél a quien más se le
perdona.” (Lc 7,42-43)” San
Ireneo
El
perdón de Dios es oferta gratuita y nunca es conquista o derecho merecido del
hombre. Por ello, desde el perdón de
Dios, el creyente descubre la gravedad de su pecado, como traición al amor de
Dios, como infidelidad o adulterio frente a la fidelidad de Dios.
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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