“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Julio 31 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
CREO
EN DIOS… EN JESUCRISTO… EN EL ESPÍRITU SANTO…
CREO
EN LA IGLESIA…Una, Santa, Católica y Apostólica
CREO
EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS…
D)
COMUNIÓN CON LA IGLESIA CELESTE
La comunión
de los Santos supera las distancias de lugar y del tiempo. En la profesión de fe confesamos la comunión
con los creyentes esparcidos por todo el orbe, la comunión de las Iglesias en
Comunión con el Papa.
Pero
confesamos también que la comunión de los Santos supera los límites de la
muerte y del tiempo, uniendo a quienes han recibido en todos los tiempos el
Espíritu Santo y su poder único y vivificante: une la Iglesia peregrina con la
Iglesia triunfante en el Reino de los Cielos.
En la Eucaristía podemos cantar unidos –asamblea terrestre y asamblea
celeste– el mismo canto: “¡Santo, Santo,
Santo!”.
Es
en la Liturgia donde vivimos plenamente la Comunión con la Iglesia Celeste,
porque en ella, junto con todos los ángeles y santos, celebramos la alabanza de
la gloria de Dios y nuestra salvación.
Por
Jesús, el Salvador, en quien se cumplen las promesas del Padre, y mediante el
Espíritu que actualiza e impulsa la salvación a su plenitud final, la Iglesia
supera las distancias. Allí donde los
cristianos celebran su salvación en Eucaristía exultante, se hacen presentes
todos los fieles del mundo, los vivos y “los
que nos precedieron en la fe y se durmieron en la esperanza de la resurrección”,
los santos del Cielo, que gozan del Señor: “María,
la Virgen Madre de Dios, los Apóstoles y los Mártires, y todos los Santos, por
cuya intercesión confiamos compartir la vida eterna y cantar las alabanzas del
Señor”, en “su Reino donde esperamos
gozar todos juntos de la plenitud eterna de su Gloria”, “junto con toda la
creación, libre ya del pecado y de la muerte.”
(Plegarias
Eucarísticas).
La
Comunión de los Santos la vivimos más allá de la muerte, también con los
hermanos que aún están purificándose, por quienes intercedemos ante el Padre.
La
comunión eclesial de cada cristiano no se interrumpe en el umbral de la
muerte. Los miembros de un mismo Cuerpo
siguen “sufriendo los unos por los otros
y recibiendo y preocupándose los unos de los otros.” (1Co 12, 25-26)
El
límite de división no es la muerte, sino estar con Cristo o contra Cristo. Los Santos interceden por sus hermanos que
viven aún en la Tierra, y los vivos interceden por sus hermanos que se
purifican en el Purgatorio. El
fundamento de nuestra comunión es Cristo, en la construcción de la Iglesia y en
la vida de cada cristiano.
El
Purgatorio adquiere un sentido estrictamente cristiano, si se entiende que el
mismo Señor Jesucristo es el fuego purificador, que cambia al hombre,
haciéndolo ‘conforme’ a su Cuerpo Glorificado.
Cristo es la fuerza purificadora que acrisola nuestro corazón cerrado,
para que pueda insertarse en su Cuerpo Resucitado. El corazón del hombre, al adentrarse en el
fuego del Señor, sale de sí mismo, siendo purificado para que Cristo le
presente delante del Padre.
El
Purgatorio es el proceso necesario de transformación del hombre para poder
unirse totalmente a Cristo y entrar en la presencia de Dios; “Bienaventurados los limpios de corazón
porque ellos verán a Dios.” El
Purgatorio es, pues, el triunfo de la gracia por encima de los límites de la
muerte. Es la gracia, fuego devorador
del amor de Dios, que quema “el heno, la
madera y la paja” de las obras de nuestra débil fe.
El
encuentro con el Señor es precisamente esa transformación, el fuego que
acrisola al hombre hasta hacerlo imagen suya en todo semejante a Él, libre por
completo de la escoria del pecado. Así,
Jesucristo puede presentar al Padre la “Comunión de los Santos”, su Cuerpo
Glorioso, la “Iglesia resplandeciente sin
mancha ni arruga ni cosa parecida, sino santa e inmaculada.” (Ef 5, 27)
El
Espíritu Santo, comunión eterna del Padre y del Hijo, ya en la Tierra, en la
Celebración nos introduce en el Misterio de la Comunión de Dios junto con todos
los salvados por Cristo. En la Sión
celeste, por la que suspiraban los padres, en torno a Cristo triunfante, nos
reuniremos con los ángeles también los cristianos, a los cuales Cristo a
santificado y perfeccionado.
Vivir
la Comunión de los Santos es vivir la existencia como don de Dios, el amor como
fruto del Espíritu Santo en el Cuerpo Eclesial de Cristo. Es, pues, salir del círculo cerrado del
egoísmo, que traza el miedo a la muerte, y vivir con los demás y para los
demás. Vivir es convivir, recibiendo
vida de los otros y dando la vida por los demás. Se gana la vida dándola y se pierde
guardándola para uno mismo. (Mc 8,35)
Así
la Comunión es la celebración festiva del triunfo del amor sobre la muerte.
Haciendo memorial de la muerte pascual de Cristo, en el beso fraterno de la
paz, la victoria de la Resurrección, cantando con los santos y los ángeles el
canto nuevo de los redimidos por el Cordero, en la esperanza gozosa de
sentarnos en el banquete eterno “… con
Abraham, Isaac y Jacob y todos los profetas, y los que vendrán de Oriente y de
Occidente, del Norte y del Sur, para ponerse a la mesa en el Reino de Dios.”
(Lc13, 28.29)
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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