“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Mayo 1 del 2026.
San José Obrero,
Patrono del Trabajo
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
INICIO DEL 6° FOLLETO DE 12
CREO EN DIOS PADRE… CREO
EN JESUCRISTO…
CONCEBIDO POR GRACIA DEL
ESPÍRITU SANTO,
CRUCIFICADO, MUERTO Y
SEPULTADO,
DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS Y RESUCITÓ AL TERCER DÍA…
SUBIÓ AL CIELO Y ESTÁ SENTADO
A LA DERECHA DEL PADRE
A) SUBIÓ AL CIELO
“El Símbolo te enseña –dice San Cirilo de Jerusalén a los catecúmenos– a creer en quien resucitó al tercer día, subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre.”
La Ascensión es la “vuelta al Padre” donde Jesús, “sentado a su derecha” ‘comienza’ una existencia nueva en plenitud de vida y poder. Cristo, antes de venir al mundo, estaba junto a Dios Padre como Hijo, Palabra, Sabiduría. Su exaltación consistió en el retorno al mundo celestial, de donde había venido, revistiéndose de nuevo de la “gloria que tenía antes de la creación del mundo.” “Pero, ¿qué quiere decir subió, pues que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? Éste que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo,” (Ef 4,9) “Dios lo exaltó por encima de todo, y le dio el nombre sobre todo nombre.” (Flp 2,9)
Resucitando y subiendo a los cielos, la gloria del Señor brilló en toda su esplendorosa magnificencia. La resurrección y ascensión del Señor coronaron la victoria sobre el diablo, siendo verdadero lo escrito: “Venció el León de la tribu de Judá.” (Ap 5.5) Resurrección y Ascensión constituyen “la plena glorificación de Cristo”, repite San Agustín.
Igualmente,
San León Magno, Papa, canta con exultación:
Durante todo el tiempo
transcurrido desde la Resurrección del Señor hasta Su Ascensión, la Providencia
de Dios procuró, enseñó, y en cierto modo, metió por los ojos y corazones de
los suyos, que se reconociese al Señor Jesucristo como verdaderamente
resucitado: ¡Al mismo que había nacido y muerto!
Por lo cual, los
bienaventurados Apóstoles y todos los Discípulos, que se habían alarmado por la
muerte en cruz y habían vacilado en la Fe de la resurrección, de tal manera
fueron confrontados ante la evidencia de la verdad que, al subir el Señor a lo
más alto de los cielos, no solo no experimentaron tristeza alguna, sino que se
llenaron de una gran alegría. (Lc 24,52)
¡Había ciertamente motivo
de extraordinaria e inefable exultación al ver cómo, en presencia de aquella
sana multitud, una naturaleza humana subía sobre la dignidad de todas las
criaturas celestiales, elevándose sobre las Órdenes de los Ángeles y a más
altura que los Arcángeles! (Ef 1,3) Ningún límite tenía su exaltación, puesto
que, recibida por su Eterno Padre, era asociada en el trono de la gloria de
Aquel cuya naturaleza estaba unida con el Hijo.
La Ascensión de Cristo,
por lo demás, constituye nuestra elevación, abrigando el cuerpo la esperanza de
estar un día donde le ha precedido la Cabeza Gloriosa.
Por eso, ¡alegrémonos
exultantes de júbilo! ¡Gocémonos en nuestra acción de gracias! Hoy no solo
hemos sido constituidos poseedores del Paraíso, sino que con Cristo hemos ascendido a lo más alto de los
cielos. (Ef 2,6)
Así como la Resurrección
del Señor fue para nosotros causa de alegría en la Solemnidad Pascual, así su
Ascensión a los Cielos es causa de gozo presente, ya que recordamos y veneramos
este día en el que la humanidad de nuestra se sentó con Cristo junto al Padre.
San León Magno,
Papa
El Señor, resucitado de entre los muertos, convocó a los Apóstoles en el Monte de los Olivos y, después de “enseñarles lo referente al Reino de los Cielos, en presencia de ellos se elevó a los cielos”, que abiertos le acogieron.
San
Ireneo, en su Exposición (83-85),
dejó escrito:
“Esto mismo anunció David: “Alzaos, puertas eternas, que va a entrar el
Rey de la Gloria.” (Sal 24,7) Las puertas
eternas son los cielos… y porque, maravillados, preguntaban los príncipes
celestiales ‘¿Quién es el Rey de la Gloria?’
Los ángeles dieron testimonio de Él, respondiendo: “El Señor fuerte y
potente; Él es el Rey de la Gloria.”
Sabemos, por lo demás, que, resucitado, está a la derecha del Padre, pues en Él se ha cumplido lo otro que dijo el Profeta (y Rey) David: “Dijo el Señor a mi Señor: ‘Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies.’” (Sal 110, 1) Es decir, a todos los que se revelaron, despreciando su Verdad.”
B)
ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DEL PADRE
San Pablo nos resume la Fe de la Iglesia Apostólica diciendo que “Cristo murió, más aún, resucitó y está sentado a la derecha de Dios.” (Rm 8, 34) Esta es la misma confesión de San Pedro: “Por la resurrección de Jesucristo, que está a la derecha de Dios después de haber subido al cielo”, la Fe les hizo posible lo que el mismo Señor les había anunciado: “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder.”
La imagen de Cristo sentado a la derecha del Padre está tomada del Salmo 110, el salmo más citado en el Nuevo Testamento: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha.” También recoge la visión de Daniel, que contempla al Hijo del Hombre que avanza sobre las nubes hasta el trono de Dios y recibe el Imperio y el Reino Eterno.
Estar ante Dios en pie es la actitud del Sacerdote en el Santuario. “Como Sacerdote con sacerdocio inmutable e imperecedero, Cristo vive eternamente para interceder en favor de los que, por su mediación, se acercan a Dios.” (Hb 7, 24-25) Porque Él, como sacerdote, “ha entrado en el Santuario auténtico, del que el otro, fabricado por los hombres, no era más que figura y promesa; Él, en cambio, ha entrado en el cielo mismo, para presentarse a la faz de Dios en favor nuestro.” (Hb 9, 24)
Así Cristo, con su sola presencia ante el Padre, presenta continuamente su intercesión por nosotros; por ello, “es capaz de salvar íntegra y perfectamente”, pues muestra al Padre en su cuerpo glorioso las cicatrices de la pasión: sus llagas gloriosas; “para mostrar continuamente al Padre, como súplica en favor nuestro, la muerte que por nosotros había padecido.” (Santo Tomás)
Jesucristo,
el Crucificado-Glorificado, desde el cielo dirige su Iglesia, conduciéndola a
través de adversidades y persecuciones, hasta llevarla a “las bodas del
Cordero”, preparando a la esposa y embelleciéndola, haciéndola digna de Él, sin
mancha ni arruga, sino santa e inmaculada.
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
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Orar sirve, es bueno para nuestra alma y
nuestra mente.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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