“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Mayo 8 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
CREO EN UN SOLO DIOS…
CREO EN UN SOLO SEÑOR JESUCRISTO…
SUBIÓ AL CIELO Y ESTÁ SENTADO
A LA DERECHA DEL PADRE
D)
GARANTÍA DE NUESTRA GLORIFICACIÓN
La
glorificación de Cristo en su ascensión a los cielos nos abrió el acceso al
Padre. En Él podemos llegar al Padre “estando donde Él está y contemplando su
gloria” de Hijo Unigénito (Jn 17,24)
La
nube que ocultó a Jesús de la mirada de sus discípulos es símbolo de la
manifestación y presencia de Dios. Al entrar en la nube, Jesús entra en el ‘mundo de Dios’, en la Gloria de Dios. Pero, al mismo tiempo, esa nube manifiesta
que Jesús, por haber entrado en la Gloria de Dios, permanece junto a los
Discípulos con una presencia nueva, al ‘modo de Dios’.
El
Señor Glorificado continúa su obra en la Iglesia y en la Historia a través de
su Espíritu. Está presente en su Palabra
y en los Sacramentos; en la Evangelización y en el Amor que suscita entre sus
Discípulos, amor en la dimensión de la Cruz, más fuerte que la muerte.
Los
bautizados en Cristo, muertos y sepultados en las aguas con Él, participan
también de su Resurrección y Exaltación.
Pues, Dios “en Cristo nos hizo sentar en los cielos”, otorgándonos poder
sobre nuestros enemigos, asegurando al “vencedor” el poder “sentarse con Él en su trono” para
participar plenamente de su triunfo y “juzgar
a las naciones.” (Mt 18,28) “Al
vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo vencí y me senté
con mi Padre en su Trono.” (Ap 3,21) Pues, los fieles han sido liberador
por Dios del “poder de las tinieblas y
trasladados al Reino de su querido Hijo, en quien tenemos la redención y el
perdón de los pecados.” Nuestra verdadera vida “está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,1), como “ciudadanos del cielo.” (Flp 3,20)
Cristo,
el “Primogénito de entre los muertos” es la primicia de la gran cosecha, que en
la tierra espera su maduración para unirse plenamente a Él en la Gloria. Esto
es lo que bellamente nos dice Teodoro de Mopsuestia:
“Cristo
fue primicia nuestra no sólo mediante su Resurrección, sino también mediante su
Ascensión a los Cielos; asociándonos en ambas a su Gloria. Esperamos, en efecto, no solo resucitar de
entre los muertos, sino también subir al cielo, para estar allí con Cristo
nuestro Señor.
Así
lo dijo el bienaventurado Pablo: “El
Señor mismo, a la orden dada por la voz de un Arcángel y por la Trompeta de
Dios, bajará del cielo; y los que murieron en Cristo resucitarán primero;
después nosotros –los que vivamos–, seremos arrebatados con ellos sobre las
nubes al encuentro del Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor.”
(1Ts 4, 16-17)
Lo
mismo afirma también en otro texto: “Nuestra
ciudadanía está en el cielo, de donde esperamos como Salvador a nuestro Señor
Jesucristo, que transfigurará este cuerpo miserable, en un Cuerpo Glorioso como
el suyo.” (Flp 3, 20-21)
Así
mostró que seremos conducidos al Cielo, de donde vendrá Cristo nuestro Señor,
quien nos transformará por la resurrección de entre los muertos, nos hará
semejantes a su cuerpo y nos elevará al cielo, para estar con él por toda la
eternidad.
Y
también: “Sabemos que si esta tienda –que
es nuestra habitación terrestre– se desmorona, poseemos sin embargo para
siempre en el cielo, en una casa que es de Dios, una habitación eterna no hecha
por mano humana.” (2Co 5,1)
El
Apóstol añade luego: “Mientras estamos
en el cuerpo permanecemos alejados de nuestro Señor, pues, caminamos en la Fe y
no en la visión; pero llenos de confianza, esperamos salir de este cuerpo, para
estar con Cristo. (2Co 5, 6-7) Con ello nos enseña que, mientras estemos en
este cuerpo mortal, somos pasajeros alejados del Señor, porque todavía no
gozamos efectivamente de los bienes futuros, habiéndolos recibido sólo en la Fe.
Y
no obstante esto, abrigamos una gran seguridad de lo que ha de venir y, con
mucho interés, esperamos ese momento, en el que nos despojaremos de la
mortalidad de este cuerpo, haciéndonos inmortales por la resurrección de entre
los muertos; y estaremos después con nuestro Señor, como quienes desde toda la
duración del mundo estaban alejados y esperaban unirse a Él.
Cristo
subió al cielo como Cabeza de la Iglesia y así atrae hacia Él a los miembros de
su cuerpo. Él subió al cielo por su
victoria contra el diablo. Enviado al
mundo para luchar contra el diablo, lo venció; por eso mereció ser exaltado
sobre todas las cosas. (Ap 3, 21) “Quien
quiso hacerse hombre y asumir la forma de siervo, haciéndose obediente hasta la
muerte.” (Flp 2,6-8) y descendiendo hasta el infierno, mereció ser exaltado
al cielo, al trono de Dos, pues la humildad es el camino de la exaltación. (Lc
14,11)
“Así
–concluye Santo Tomás de Aquino con una de sus famosas conclusiones con múltiples citas bíblicas– su ascensión nos fue útil. Subió, en efecto, para conducirnos
allí, mostrándonos la senda del cielo, ‘que ignorábamos’, ‘asegurándonos la
posesión del Reino Celeste’. Subió,
además, para ‘interceder por nosotros’ y ‘atraer para Sí nuestros corazones’ a
fin de que despreciemos las cosas temporales.”
Encontrar
a Cristo es acoger su palabra, que nos invita a participar con Él del Reino de
los Cielos. Es vivir con el valor de
“arrebatar el reino de los cielos” al maligno, que nos lo cerró al llevarnos al
pecado. Se arrebata el cielo con la Fe,
con la oración inoportuna, con la vigilancia, acogiendo la Gracia sobreabundante
donde abundó el pecado.
“La Gracia es Cristo, la vida es
Cristo, Cristo es la resurrección.”
San
Ambrosio
E)
EL GLORIFICADO
PRESENTE
EN LA IGLESIA
El
Señor Glorificado sigue acompañando a la Iglesia “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); la acompaña “con
su intercesión ante el Padre”, Él en efecto, intercede por nosotros y está vivo
para ello, pues “penetró en el cielo
precisamente para presentarse ante el acatamiento de Dios en favor nuestro”
(Rm 8,34) y “… para protegernos desde lo
alto”, como decía San Agustín.
Los
pecadores tenemos en Jesucristo, el Justo, un abogado permanente ante el Padre,
a quien presenta, en favor nuestro, sus llagas gloriosas, trofeos de su pasión
redentora, de las que no se ha despojado.
Así “está en pie”, como sacerdote constituido en favor nuestro o como
Cordero de Dios degollado por nosotros. Nos convenía (Jn 14, 2.4) realmente, que
Jesús ascendiera al cielo.
Al
mismo tiempo, Cristo, Señor Glorificado, está presente en la
Evangelización. Con la predicación de su
palabra, espada de doble filo, el Rey Mesías ejerce su poder con “curaciones, milagros y prodigios” con
los que acompaña a sus Apóstoles; pues, tal como Pablo lo manifiesta, “es Cristo quien habla en mí.”
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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