“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Enero 30 del 2026.
EL CREDO,
SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
CREO
EN DIOS…
CREO
EN JESUCRISTO…
NACIÓ
DE MARÍA VIRGEN…
-
Verdadero Hombre
Este
segundo artículo del Credo confiesa fundamentalmente la realidad humana y la
condición histórica de Jesús. Él es el
Hijo de Dios que hizo suyo desde dentro nuestro nacer y nuestro morir. El Hijo de Dios no fingió ser hombre, no es
un “dios” que con ‘ropaje humano’ se pasea por la tierra. Como Niño fue débil, lloró y rio como
cualquier otro niño. Dios se manifestó
en un hombre que tuvo hambre y sed, se fatigó y durmió; en un hombre que se
admiraba y enojaba, se entristecía y lloraba, padeció y murió.
“Jesús… probado en todo igual que nosotros,
excepto en el pecado.” (Hb
4,15)
Dice
Orígenes en su libro De Principiis:
“Entre todos los grandes milagros, uno nos colma de admiración
sobrepujando toda la capacidad de nuestra mente. La fragilidad de nuestra mente no logra
comprender cómo la Potencia de Dios, la Palabra y Sabiduría de Dios Padre, “… en
la que fueron creadas todas las cosas visibles e invisibles…” (Col 1,16), se encuentra delimitada en el hombre que apareció en
Judea; y cómo La Sabiduría de Dios haya entrado en el vientre de mujer,
naciendo como un niño y gimiendo como los niños… Y no logramos comprender cómo
haya podido turbarse ante la muerte (Mt 26,38), haya sido conducido a la más
ignominiosa de las muertes humanas, aunque luego resucitó al tercer día. En Él vemos aspectos tan humanos, que nos
difieren de la fragilidad común a todos los mortales, y otros tan divinos, que
solo corresponden a Dios… de aquí el embarazo –y admiración– de nuestra mente:
Si se le cree Dios, le ve sujeto a la muerte; si se le considera hombre, le
contempla volver de entre los muertos con los despojos de la muerte derrotada…
De ahí que, con temor y reverencia, le confesamos verdadero Dios y verdadero
hombre.”
El
Hijo de Dios se hizo hombre, se encarnó, entró en la historia, “nacido de mujer” (Ga 4,4-5), “israelita según la carne” (Rm 9,5), tomó la condición de siervo; “Trabajó con manos de hombre, pensó con
inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre.” (GS 22)
Comenta
ampliamente San Ireneo, en su Adversus
Haereses:
“Cristo unió, así, al hombre con Dios, realizando la comunión y el
acuerdo entre Dios y el hombre, pues, no habríamos podido participar de otro
modo de la incorrupción, si Él no hubiese venido a nosotros… Y, porque
implicados en la creación de Adán, caímos en la muerte a causa de su
desobediencia, era conveniente y justo, por la obediencia de quien por
nosotros se hizo hombre; fuese destruida
la muerte; y puesto que la muerte reinaba sobre la carne, era justo y
conveniente que, habiendo Él sufrido la destrucción de su carne, librase al
hombre de su opresión.
El
Logos se hizo carne, por tanto, a fin de que destruidos por ésta los pecados
–que por la carne habían señoreado, invadido y dominado– no existiesen ya en
nosotros.
Por
eso asumió nuestro Señor la forma corporal de la primera criatura, ¡para luchar
por los padres y vencer –por medio de Adán– lo que por medio de Adán nos había
subyugado!...
Pues,
¿cómo habríamos podido participar de la filiación divina, si no hubiésemos
recibido, mediante el Hijo, la comunión con el Padre? ¿Cómo lo hubiésemos
recibido si el Hijo no hubiese entrado en comunión con nosotros haciéndose
carne?
¡Por
eso pasó Él por toda edad, restituyéndonos a todos la comunión con Dios!
Cuantos
dicen, pues, que el Verbo se manifestó aparentemente, que no nació en la carne,
ni verdaderamente se hizo hombre, –docetas y gnósticos–, están aún bajo la
condenación antigua. Ésos defienden el
pecado, pues según ellos no ha sido vencida la muerte, pues, quien debía matar
al pecado y redimir al hombre –reo de muerte– tenía que hacerse lo que era el
hombre, reducido a la esclavitud por el pecado y sometido al poder de la
muerte, a fin de que el pecado fuese matado por el hombre y éste fuese librado de
la muerte.
¡Lo
que no ha sido asumido no ha sido curado! ¡Solo lo que está unido a la
Divinidad ha sido salvado!, dirán los Padres y repetirán la teología
posterior.”
El cristianismo no es mito, sino
historia;
no es apariencia, sino verdad;
no es símbolo, sino realidad;
no es idea, sino acontecimiento.
El cristianismo no es monotonía
cíclica, sino singularidad irrepetible;
no es eternidad abstracta, sino
memorial;
no es algo provisorio permanente, sino definitivo
comenzado;
no es filosofía, sino noticia;
no es elocuencia convincente, sino
testimonio invitante.
El cristianismo no es ofrecimiento
del hombre,
sino llamada, envío y autoridad de
Dios;
no es ascensión del hombre, sino
condescendencia divina;
no es sabiduría, sino necedad;
no es demostración, sino escándalo …
El
Cristianismo es Jesucristo.
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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