“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Febrero 13 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
CREO
EN DIOS…
CREO
EN JESUCRISTO…
NACIÓ
DE MARÍA VIRGEN…
-
Madre de Dios
El
Hijo eterno de Dios fue concebido en María por el Espíritu y nació de ella. (Mt
1,20) El Credo pone de relieve la
verdadera maternidad de María y su maternidad virginal. El Hijo de Dios es gestado en las entrañas de
María y nace de ella; por lo tanto, es realmente su Hijo. No solamente ‘pasó por ella’. María es DEI GENITRIX, THEOTÓKOS: “Madre
de Dios”. Así lo confesó la Iglesia en el Concilio de Éfeso (431 A.D.),
confesando de esta manera que Jesucristo es Verdadero Dios y verdadero hombre
en una sola persona.
Tal
confesión de fe no significa, por tanto, que Jesús es ‘mitad Dios y mitad
hombre’, sino que para la Fe, Jesús es completamente hombre y completamente
Dios. Su Divinidad no implica
disminución de la humanidad; así como tampoco la humanidad, disminución de la
Divinidad.
Contra
Arrio y Apolinar, la fe de la Iglesia confesó siempre la plena e indivisa
humanidad y Divinidad de Jesucristo. El
nacimiento de Jesús no significa que haya nacido ‘un nuevo’ Dios Hijo, sino que
Dios Hijo se hace hombre.
Dice
San Cirilo de Alejandría:
“La Escritura no dice que el Logos se asoció a la persona del hombre,
sino que “se hizo carne” (Jn
1,14).
Esto significa que comunicó con nosotros “en la carne y en la sangre”. (Hb 2,14) Hizo, pues, suyo nuestro cuerpo
y nació como “hombre de mujer" (Ga
4,4), sin dejar por ello de ser Dios y de
haber nacido de Dios Padre. ¡En la asunción de la carne, permaneció siendo lo
que era! Por ello los santos padres de
Nicea no dudaron en llamar a la Santa
Virgen Madre de Dios… Convenientísimamente, por lo tanto, y con toda razón,
la Santa Virgen puede ser llamada Madre de Dios y Virgen Madre, pues Jesús,
nacido de ella, no era ‘un simple hombre’.
Si la Virgen es Madre de
Cristo, también es ciertamente Madre de Dios; y si no es Madre de Dios, tampoco
es Madre de Cristo… Y ya que no entendemos a Cristo como mero hombre unido a
Dios… es, pues, Madre de Dios quien engendró al Señor.” (Lc 2, 11-12)
María Hija de Sión, Figura de la
Iglesia
En
el Antiguo Testamento nos encontramos con muchos nacimientos ocurridos
milagrosamente en los momentos decisivos de la Historia de la Salvación. Además de Sara, la esposa de Abraham y madre
de Isaac (Gn 11), están también la madre de Samuel (1S 1-3) y la de Sansón (Jc
13), que son estériles. En los tres
casos el nacimiento del hijo, que será el salvador de Israel, tiene lugar por
un acto de la graciosa misericordia de Dios, que hace posible lo imposible (Gn
18,14), que exalta a los humildes (Lc 1,52)
Con
Isabel, la madre de Juan el Bautista, “a quien llamaban la estéril”, se
continúa la misma línea. En estos
relatos Dios, contra toda esperanza humana, una y otra vez suscita una nueva
vida para cumplir así su promesa. Dios
elige a los débiles e impotentes para confundir a los fuertes. (1Co 1,27).
Con
María llegamos al punto culminante de esta Historia de la Salvación. María es el resto de Israel, La Hija de Sión
a donde se dirigen todas las miradas de la esperanza. Con ella comienza el nuevo Israel:
“El Espíritu del Señor
vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; y por eso
el hijo engendrado será santo y será llamado Hijo de Dios.” (Lc
1,35)
El
horizonte se extiende hasta la Creación, superando la historia de la alianza
con Israel. En la Creación el Espíritu
de Dios es el poder creador de Dios. Él
se cernía al principio sobre las aguas.
Él transformó el caos en cosmos (Gn 1,2), su soplo hace surgir la vida
(Sal 104,30).
Por
ello, al cubrir a María con su sombra, tiene inicio la nueva creación. Dios, que de la nada llamó al ser a todas las
cosas, en María coloca un nuevo inicio en medio de la humanidad: Su Palabra (El
Verbo) se hace carne.
La
sombra del Espíritu Santo cubriendo a María, alude también al templo de Israel
y a la tienda del desierto, que mostraba la shekiná
o Presencia de Dios en medio del pueblo (Ex 40,3). María, nuevo Israel, la verdadera Hija de
Sión, es el templo y la tienda de reunión en la que se posa la nube en la que
Dios entra en la historia. María es la
nueva Tienda de la Alianza en la que
el Verbo de Dios puso su Morada entre nosotros. (Jn 1,14)
El
sentido de los acontecimientos es siempre el mismo: La Salvación no viene de
los hombres ni de su propio poder. Es
regalo de Dios y el hombre solo puede recibirlo como don, como gracia. El libro de Isaías (Is 54,1) expresa solemne-
mente que la Salvación viene solamente del poder de Dios, cuando dice:
“Alégrate,
estéril, que no das a luz;
rompe
a cantar de júbilo,
tú
que no has tenido los dolores,
porque
la abandonada tendrá
más
hijos que la casada, dice el Señor.”
En
Jesús ha puesto Dios, en medio de la infecundidad de la humanidad, un nuevo
comienzo de vida: Jesús no es fruto del deseo ni del poder del hombre, sino
concebido por el Espíritu Santo en el seno virginal de María. Por eso es el nuevo Adán (1Co 15,47); con Él
comienza una nueva Creación.
El
eterno y divino Verbo se hizo carne en María, e inició la redención de la
carne. “Entró en este mundo” tras “haberle
preparado un cuerpo” (Hb 10,5) en el seno de María el mismo “Espíritu de Dios”; que al principio “se cernía sobre las aguas” y creó los
seres de la nada, dando de ese modo comienzo a la “nueva creación” con la
generación del “Hombre Nuevo”.
En
la virginidad de María, es decir, de la nada, comienza la nueva creación,
Jesús, Hijo de Dios concebido con la fuerza del Altísimo, el Espíritu
Santo. Aparecen estrechamente vinculados
el nacimiento virginal y la filiación divina de Jesús. El hijo de María no es engendrado por un
padre terreno, sino que, como Hijo de Dios, es engendrado por Su Padre Dios,
mediante el Espíritu Santo.
La
ruah de Dios es la fuerza creadora de
Dios, que se cernía sobre las aguas primordiales, y que al descender sobre
María”, cubriéndola con su sombra, hece presente a Dios como Padre de
Jesucristo. Dice San Quodvultdeus:
“¿Te maravilla esto? ¡Maravíllate (más) aún! Da a luz la Madre y Virgen,
fecunda e intacta; es engendrado sin padre.
Quien hizo a la Madre, el Hacedor de todo se hace uno entre todos; es
llevado en las manos de la Madre el Rector del universo; mama el pecho, Quien
gobierna los astros; calla quien es el Verbo.”
El
nacimiento virginal expresa con una claridad insuperable que Jesús, como Hijo
de Dios, tiene origen única y exclusivamente en el Padre que está en los
cielos, y que todo lo que Jesús es lo es por Él y para Él. (Lc 2,49) El
nacimiento virginal es, pues, un signo elocuente y luminoso de la verdadera
filiación divina de Jesús. Dice
Tertuliano en su libro De carne Christi:
“No tenía necesidad de la semilla del hombre quien tenía la semilla de
Dios. Y como, antes de nacer de la
Virgen, pudo tener a Dios por Padre sin tener a una mujer por madre, cuando
nació de la Virgen pudo tener una Madre humana, sin tener un padre humano.”
Como
verdadera “hija de Sión”, María es la
imagen de la Iglesia, la imagen del creyente que alcanza la salvación como don
del amor, mediante la Gracia de Dios. En
este sentido, María es la verdadera hija de Abraham, a la que puede decirse:
“Dichosa, tú, que has creído.” (Lc 1,45)
En
el anuncio del ángel escucha las mismas palabras que en el Antiguo Testamento
se dicen de Israel: “¡Alégrate, María!” (Lc 1,28).
“¡Alégrate, hija de Sión! ¡Grita de júbilo,
Israel!
¡Alégrate y gózate de
todo corazón, Jerusalén!” (So 3,14; Jl 2,23; Za
9,9)
María
es la Hija de Sión en la hora bendita del cumplimiento de la esperanza de
Israel. Es la “Madre Virgen” de San
Cirilo; o la “Virgen Madre” de San León Magno; es decir, “Madre
de Cristo y Virgen de Cristo” según dicho por San Agustín. María, Virgen de Nazaret, es “la Bendita entre todas las mujeres”
porque “bendito es el fruto de su
vientre.” (Lc 1,42) Por ello la
felicitaron, la felicitan y “la
felicitarán todas las generaciones.” (Lc 1, 27.35.42.48)
María
anticipa las Bienaventuranzas del Evangelio.
Es Bienaventurada “porque Dios ha
puesto sus ojos en la humildad de su sierva.” María testimonia con toda su existencia que
los últimos serán los primeros. Ella es
la llena de gracia. La que no es nada
por sí misma, pero lo es todo por la bondad de Dios. Por elección inescrutable de Dios, halló
gracia ante Él. Así, es figura y
prototipo de la Iglesia y de cada creyente.
Ella nos dice que nuestra llamada a la vida y a la fe tienen su origen
en Dios, que desde toda la eternidad puso sus ojos sobre nosotros y en un
determinado momento nos llamó por nuestro propio nombre.
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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