“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Mayo 29 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
CREO EN UN SOLO DIOS…
CREO EN UN SOLO SEÑOR JESUCRISTO…
C) LOS HOMBRES
SERÁN JUZGADOS
SEGÚN SUS OBRAS (2)
“Feliz quien día y noche no se deja oprimir por otra preocupación que la
de saber dar cuenta –sin angustia alguna– de la propia vida en aquel gran día,
en el que todas las criaturas se presentarán ante el Juez para darle cuenta de
sus acciones. Pues, quien tiene siempre
ante la vista aquel día y aquella hora, ése no pecará jamás.
¡La
falta del temor de Dios es causa de que pequemos! Acuérdate, pues, siempre de
Dios, conserva en tu corazón su temor e invita a todos a unirse a tu
plegaria. Es grande la ayuda de quienes
pueden aplacar a Dios.
Mientras
vivimos en esta carne, la oración nos será una preciosa ayuda, siéndonos
viático para la vida eterna. Y también, así como es buena la soledad; en
cambio, el desánimo, la falta de confianza o desesperar de la propia salvación
es lo más pernicioso para el alma.
¡Confía,
pues, en la bondad del Señor y espera su recompensa! Y esto, sabiendo que si
nos convertimos sinceramente a Él, no solo no nos rechazará para siempre, sino
que, encontrándonos aún pronunciando las palabras de la oración, nos dirá;
“¡Heme aquí!” (Is 58,9)”
San Basilio - Epístola
Por otra parte, la espera de la venida de Jesucristo, como juez de vivos y muertos, es una llamada a la vigilancia, a la conversión diaria a Él, a su seguimiento. ‘La puerta de las bodas’ se cierra para quien no espera vigilante, con las lámparas encendidas, al novio que llega a media noche.
En el umbral del Evangelio, Juan Bautista invoca el juicio de Dios, apremiándoles a la conversión. Con la aparición de Jesús en el mundo, quedan inaugurados los últimos tiempos, actualizándose el juicio escatológico, aunque todavía haya que aguardar su retorno glorioso para verlo realizado en su plenitud.
En realidad ‘todos somos culpables ante Dios.” (Rm 3, 10-20) Desde la entrada del pecado en el mundo, por nuestro padre Adán, se pronunció el veredicto de condena contra todos los hombres. Nadie podía escapar a esta condena por sus méritos. Pero cuando Jesús murió por nuestros pecados, Dios destruyó el acta de condenación, clavándola en la cruz.
“A quien no conoció el pecado lo hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él.” (2Co 5,21); “condenó el pecado en la carne de Cristo, a fin de que la justicia de la Ley se cumpliera en nosotros según el espíritu.” (Rm 8,3-4) Así, Cristo “nos rescató de la maldición de la Ley haciéndose Él maldición por nosotros.” (Ga 3,13)
Para quienes confían en Jesucristo, el juicio será, o mejor lo es ya, un juicio de gracia y misericordia. Él es nuestra justificación: “al que cree en Aquel que justifica al impío, su fe se le aprecia como justicia.” (Rm 4,5); “porque el fin de la Ley es Cristo para justificación de todo creyente.” (Rm 10,4) Por ello, nuestra profesión de fe en Jesucristo “como juez de vivos y muertos” es Buena Nueva y expresión de la esperanza cristiana.
En
Cristo se nos ha revelado la justicia de Dios, no la que castiga, sino la que
justifica y salva. Para los creyentes no
hay ya condenación, pues, si Dios los justifica, ¿quién los condenará? La Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo
Jesús es nuestra Justificación.
v v v
D) JESUCRISTO, JUEZ QUE JUSTIFICA
Nada temen quienes han experimentado la vida de Cristo, porque Cristo vivía en ellos y toda su vida ha sido testimonio de Cristo.
Esto
lo explica abundantemente San Ambrosio, Obispo de Milán, pilar de la Iglesia
Patrística y Doctor de la Iglesia Católica, en sus Exposiciones sobre los Salmos:
“Como
hay muchas persecuciones, también hay muchos mártires. Cada día eres testimonio de Cristo. Has sido tentado por el impulso del pecado,
pero temiendo el futuro juicio de Cristo, no has violado la pureza de la mente
y del cuerpo; luego, entonces, eres Mártir de Cristo… con corazón benigno has
sentido compasión, has amado la humildad antes que la jactancia; eres testigo
de Cristo, dando testimonio no solo con la palabra, sino con los hechos.
De
hecho, quien escucha el Evangelio y no lo guarda, niega a Cristo; aunque lo
reconozca con las palabras, lo niega con los hechos. Serán posiblemente muchos los que dirán:
“¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu nombre y en tu nombre arrojamos
demonios, y en tu nombre no hicimos muchos prodigios?”, pero el Señor les
responderá: ‘jamás os conocí; apartaos de mí, ejecutores de maldad.’”
Testigo es, pues, aquel que, en armonía con los hechos, da testimonio del Señor Jesús. ¡Cuán numerosos son, pues, cada día, aquellos que en secreto son mártires de Cristo y confiesan a Jesús como Señor! Cristo les confesará a ellos ante el Padre.”
San Ambrosio
Es Cristo el “juez de vivos y muertos”. Los primeros cristianos con su oración “maranathá, ven, Señor Jesús”, han visto el retorno de Jesús como un acontecimiento lleno de esperanza y alegría. Han visto en él el momento anhelado de toda su vida, hacia el que han orientado su existencia. Y, por otra parte, eran conscientes de que el juez es nuestro Señor.
Santa
Teresa, La Santa de Ávila, lo dice
con palabras muy sencillas:
“Donde está Dios es el Cielo;
nuestra
alma es el cielo pequeño,
donde está Quien hizo el cielo y la tierra.”
“Subir al cielo” o “estar sentado a la derecha del Padre” no es otra cosa que la plena y total glorificación de Cristo, que vive en la beatificante comunión eterna con Dios Padre. De ella participa el cristiano y, por ello, anhela y espera con ansia la consumación de esta vida para entrar en la definitiva comunicación con Dios, allá, “en la casa del Padre” en “la Jerusalén celestial.”
La Ascensión corporal de Cristo a los cielos –como también la Asunción de María tras Él– es la garantía, igualmente, de la glorificación de nuestros cuerpos mortales. Cristo, el Verbo Encarnado, ha sido exaltado, es decir, con Él ha llegado a Dios definitivamente nuestra carne humana y Dios la ha aceptado irrevocablemente. Ésta es nuestra fe y nuestra esperanza.
Este juicio se actúa ya en el presente: “el que cree, no será juzgado”; y “el que no cree, ya está juzgado”. Para los creyentes, la promesa de la venida del Señor es esperanza de redención plena, de liberación de todas las angustias y adversidades de la vida presente. Las Apariciones del Señor significan, igualmente, el fin de la muerte y de la corrupción del pecado.
Mientras esperamos esta liberación plena y definitiva, en medio del combate de cada día, el Señor nos conforta con su gracia: “Dios os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros el día del Señor Jesucristo.” (1Co 1,8) Todos los que pertenecen a la Iglesia serán congregados de todo el Mundo y, entonces la Iglesia, purificada con la Sangre del Cordero, celebrará sus bodas como “esposa ataviada para su Esposo.”
Así, pues, la mirada llena de esperanza que nos proyecta hacia la plenitud de los últimos tiempos, nos obliga a volver los ojos al presente, al hoy de la historia. El futuro, que Cristo inauguró de forma definitiva, se realiza por obra del Espíritu Santo. Es Él quien hace presente la obra de Jesucristo en nosotros dentro de la Iglesia. Por ello, hecha nuestra profesión de fe en Cristo, El Credo nos invita a confesar nuestra fe en el Espíritu Santo.
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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de proclamar El Evangelio.




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