“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Agosto 14 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
CREO EN DIOS… CREO EN JESUCRISTO… CREO EN EL ESPÍRITU SANTO… CREO EN LA IGLESIA… CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS… EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS…
B) EL PECADO
La narración del Génesis es la expresión de la experiencia de Israel y de todo hombre. El hombre sabe que su vida es don de la llamada de Dios a la existencia. Sabe que su vida es, desde su origen, vida dialogal. En soledad el hombre no es hombre. El pecado, que interrumpe el diálogo con Dios, lleva siempre al hombre a la desnudez, a la necesidad de esconderse, de aislarse, al miedo, a la soledad, a la muerte.
La conciencia de su relación dialogada con Dios, posibilitó a Israel vivir sus transgresiones y pecados en forma original: ante Dios. Y ante la fidelidad inquebrantable de Dios, cada infidelidad –con sus consecuencias de fracaso y muerte– terminaba convirtiéndose en acontecimiento privilegiado de su historia de salvación: en descubrimiento del amor sin medida de Dios.
Solo la Historia de Israel recoge las derrotas y fracasos. Los demás pueblos solo narran las victorias y triunfos de sus héroes. Así se han extinguido todos los imperios. Desde la derrota no quedaba posibilidad de comenzar de nuevo la historia. En Israel, el reconocimiento del propio pecado y su confesión ante Dios se transformaba siempre en comienzo de una nueva historia, en redescubrimiento de Dios.
Esta experiencia de la relación dialogal del pueblo con Dios aparece con fuerza singular en los Profetas. Oseas hace de su propia vida un sacramento del amor esponsal de Dios y el pueblo. Dios es el esposo fiel que busca a la esposa que se prostituye reiteradamente con los ídolos. Jeremías, Ezequiel e Isaías prolongan esta misma vivencia en escenas de una viveza y realismo únicos.
La Historia del pueblo elegido está marcada profundamente por el pecado. Ya en Egipto, Israel sirvió a otros dioses, se prostituyó con ellos; Dios los liberó, no obstante, “por amor de su nombre” y “porque su amor es eterno”, pero, incluso después de la liberación de Egipto, Israel se olvidó de ese amor, “revelándose contra Dios en el mar de las Cañas” y continuamente a lo largo del paso por el desierto; también en la Tierra Prometida reiteradamente se reveló contra Él, mereciendo el calificativo de “generación rebelde y malvada”, “pueblo de rebeldes” que murmura contra Moisés, contra Aarón y contra Yahveh mismo.
Pero Israel vive el pecado como un drama en el interior de unas relaciones de amor con Dios, relaciones que se rompen por su parte y se recrean por la fuerza creadora del amor de Dios, que le ofrece de nuevo su amor.
La plenitud irrevocable de la oferta del amor fiel de Dios y su victoria sobre la infidelidad humana, aparece en Jesucristo muerto y resucitado. Ante la Cruz de Cristo aparece el pecado en toda su monstruosidad y el amor de Dios en toda su sublimidad. Es la locura y el absurdo frente a la autonomía cerrada del hombre romano, pagano, científico y técnico; y el escándalo frente al excesivo legalismo jurídico del hombre religioso y fariseo que busca en sí mismo su justificación.
El hermano mayor de la Parábola del Hijo Pródigo no puede comprender la fiesta del perdón ofrecida al hermano menor al regreso de sus orgías, despilfarradoras de la herencia del padre. (Lc 15, 11-32) Como tampoco comprenden a Jesús al perdonar a la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8, 1-11) quienes, hipócritas y con piedras en las manos, intentan ‘cumplir la Ley’.
En el encuentro a solas de Cristo y la adúltera hallamos la historia, todos los días repetida, entre Dios y nosotros. El “no te condeno” de Jesús es el fruto de su muerte en la cruz por cada uno de nosotros.
Así le escribe San Pablo a los Gálatas: “La vida que vivo al presente, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” (Ga 2,20) En este “mi” está concentrada toda la profundidad personal del pecado, que hace de contrapunto para valorar la sublimidad del amor y la entrega. Morir por un justo entra en las posibilidades humanas, pero dar la vida por un impío, es “la prueba del Amor de Dios en Cristo.” (Rm 5, 7-8)
El pecado confesado se transforma en celebración de las maravillas de Dios. Sin Dios, el hombre no encuentra salida a su culpa; de aquí su vano intento en negarla y auto justificarse con excusas y acusaciones a los demás. Pero su salvación no está en la conquista del amor de sí mismo por la propia absolución, en la cual no puede creer. No es la conquista del amor, sino la acogida del amor la que libera y salva al hombre de su culpa.
Solo cuando el hombre escucha de la boca de Dios la palabra del perdón, se siente vivo, reconciliado, capaz de comenzar de nuevo la historia.
Aquí radica el drama de nuestro mundo. Hoy, en el mundo y entre algunos llamados ‘cristianos’, se ha perdido el sentido del pecado, con lo que se ha agudizado el sentido de culpabilidad. El reconocimiento del pecado lleva a la experiencia de la alegría en el perdón, como vivencia del amor gratuito, el único amor liberador del hombre.
La experiencia oculta de culpabilidad, en cambio, se abre cauces oscuros en la existencia humana en forma de tristeza, miedos, desesperación, sensación de absurdo de la vida, nausea de todo, aburrimiento, con todas las expresiones de violencia contra uno mismo y contra los demás. La drogadicción y el narcotráfico, puede ser un ejemplo, suicidios y abortos, otro.
El hombre en soledad, con su fracaso a cuestas, se asfixia y vive bajo los impulsos de la autodestrucción. Es la palabra de Judas Iscariote, que se siente condenado por la ley de sí mismo y se suicida. Le hubiera bastado levantar la mirada a Cristo, como hace pedro después de sus negaciones, y con ojos cargados de lágrimas, para experimentar el perdón y la vida.
Frente a esta situación es preciso anunciar la Buena Nueva del Perdón de los Pecados, que supone el reconocimiento y confesión del propio pecado. La actitud farisea de auto justificación, y consiguiente condenación de los demás, no produce más que un encubrimiento del mal, que desde dentro destruye al hombre; en palabras bíblicas: el “sepulcro blanqueado” no impide la corrupción interior.
En la predicación de Jesús el pecado ocupa un lugar central. Él se sabe enviado a anunciar la conversión del pecado, a “buscar a los pecadores” (Mc 2,17), es decir, a “buscar y salvar lo que estaba perdido.” (Lc 19,10)
El pecado se origina en lo más íntimo del hombre, donde el maligno le insinúa e infunde el ansia de ser como Dios; le roba a Dios el ‘fuego sagrado’, en el deseo de autonomía. El pecado para Jesús no es una simple transgresión de las ‘tradiciones humanas” sobre purificaciones, ayunos o reposo sabático.
El pecado no es algo exterior al hombre. Tiene sus raíces en el corazón, allí es ahogada la Palabra de Dios. “… del corazón provienen todos los pecados que manchan al hombre: intenciones malas, fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, envidias, injurias, insolencias, insensateces. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre.” (Mc 7, 20-23)
“No
eres tú el único autor del pecado, también lo es el pésimo consejero: el
Diablo. Él es autor y padre del mal,
pues “el Diablo peca desde el principio.” (1Jn 3,8) Antes de él nadie pecaba.
Así recibió el nombre por lo que hizo, pues siendo arcángel, por haber
“calumniado” (diabállein) fue llamado Diablo (Calumniador).
De
ministro bueno de Dios se hizo Satanás,
que significa “adversario”; el que fomenta las pasiones. Por su causa fue arrojado del Paraíso nuestro
padre Adán…
Pero
no desesperemos. Lo terrible es no creer en la conversión. Quien no espera la Salvación acumula sin
remedio males sobre males; pero el que espera la curación, fácilmente alcanza
el perdón.
¡Dios
es misericordioso y más potente que nuestro adversario! ¡Dile al Médico tu mal!
Y Él perdonará la iniquidad en tu corazón.”
San Cirilo de Jerusalén
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
V V V
Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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Solo por el gusto
de proclamar El Evangelio.
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