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jueves, 20 de agosto de 2026

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA IGLESIA - (56)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 

Riviera Maya, México; Agosto 21 del 2026.

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.

Tomado de la Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

 

CREO EN DIOS… CREO EN JESUCRISTO… CREO EN EL ESPÍRITU SANTO… CREO EN LA IGLESIA… CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS… EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS…

 

C) EL PERDÓN DE LA IGLESIA 

El cristiano confiesa “… Creo en el perdón de los pecados” en el interior de la fe de la Iglesia, en la que ha nacido a la vida cristiana, acogido desde el comienzo gratuitamente, con el perdón de sus pecados en el Bautismo. 

Su experiencia primordial, origen de su vida, es la garantía de su re-creación continua en el seno de la Iglesia por las “entrañas de misericordia de Dios Padre”.  Rajamin”, la palabra hebrea que traduce el término misericordia, hace referencia, no a las entrañas o al corazón, sino a la matriz.  El perdón misericordioso es renacimiento, recreación.

El perdón de los pecados se da primeramente en el Bautismo, gran Sacramento de la Reconciliación y del renacimiento del hombre pecador.  El Día de Pentecostés, como manifestación del Espíritu Santo, Pedro anuncia a Jesús Crucificado como Señor y Cristo; sus oyentes se sienten compungidos de corazón al descubrir la magnitud de su pecado a la luz de la Cruz de Cristo, y preguntan a Pedro y a los demás Apóstoles: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Convertíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo, para que se os perdonen los pecados; y recibiréis el Espíritu Santo.” (Hc 2, 37-38)

El Bautismo, según el doble simbolismo del agua, nos purifica del pecado, sepultando a éste, y nos hace renacer a una nueva vida.  Nos lava y santifica, nos infunde el don del Espíritu Santo, nos hace hijos de Dios y coherederos con Cristo en el Cielo.

La Pascua, fiesta del Bautismo, es el momento culminante de la vida de la Iglesia.  En su celebración, la Iglesia en lo general y cada cristiano en particular, se contempla a sí misma en presencia de Jesucristo, El Crucificado y Resucitado, como palabra del Perdón de Dios; como acontecimiento irrevocable de la reconciliación con Dios Padre, hecho presente en el memorial celebrativo por la Acción del Espíritu Santo en el interior de la misma Iglesia.  Por ello, desde su miseria, exultante por la misericordia de Dios, canta: “Oh feliz culpa que mereció tan gran Redentor.

El pecado cobra toda su profundidad ante la vivencia del amor grandioso de Dios.  El contraste da la dimensión al pecado, pero sin ofuscar el amor que es infinitamente más luminoso y esplendente.  El pecado, con su tenebrosidad, su oscuridad innata, no logra cubrir la luz del amor de Dios, sino que lo realza en plenitud.  Por ello podemos cantar hasta la culpa como lente potente para contemplar el amor de Dios.

El pecado se descubre desde el perdón y por ello los cristianos lo confesamos en el Credo: “Creo en el perdón de los pecados.” El perdón es el don que permite reconocer y confesar nuestro pecado.  Donde no hay perdón, no puede haber confesión del pecado; por ello, el pecado –germen de muerte– “permanece”. La palabra del perdón, en cambio, lleva a la experiencia gozosa de la conversión.

““Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya no tiene poder sobre Él.  Su muerte fue un morir al pecado para siempre, mas su vida es un vivir para Dios. También vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.”

Así nos enseña el Apóstol a estar muertos al pecado y vivos para Dios.  Bautizados en una muerte semejante a la suya, muramos al pecado; y resucitados por la subida de las aguas, vivamos para Dios en Cristo Jesús y no muramos más, es decir, no pequemos más, “pues quien peca morirá”.

Fieles a la profesión hecha en el bautismo, plantados en Cristo y resucitados con Él, “no reine el pecado en nuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus apetencias.  No ofrezcáis vuestros miembros como armas de injusticia al servicio del pecado.  Ofreceos más bien a Dios como muertos devueltos a la vida, y ofreced vuestros miembros con armas de justicia al servicio de Dios”. (Rm 6, 12-13)

 “El salario del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rm 6,23)”

San Basilio

La reconciliación del perdón llena de alegría a Dios y al pecador perdonado.  El pecador perdonado.  El pecador implora a Dios que le “devuelva el gozo y la alegría”.  Dios se complace en que ninguno de los pequeños del Reino se pierda. “Dichoso, pues, el hombre a quien Dios perdona su pecado.”  Por ello, quien ha experimentado esa alegría no desea perderla y comprende que el Señor, que perdona, diga: “No peques más.” (Jn 8,11)

La conversión va unida a la fe en el Evangelio; es Buena Noticia: “Convertíos y creed en el Evangelio.  Así predica Jesús y, para que lo mismo sea anunciado a todas las naciones, padece la muerte y resucita.  Así está escrito –dice a los Apóstoles– que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día; y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén.” (Lc 24, 46-47)

La Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

V V V

Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente también.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli

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HORA SANTA - HORA EUCARÍSTICA (15)

“La Felicidad es mirar hacia Dios,

la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 

 

Riviera Maya, México; Agosto 20 del 2026.

 

HORA  SANTA

HORA  EUCARÍSTICA

 

“Velad y orad para que no caigáis en tentación;

que el espíritu está listo, pero la carne es débil.”

Jesucristo

 

Guía para la Celebración de la Hora Santa | PDF | eucaristía | orador del Señor

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miércoles, 19 de agosto de 2026

MÍSTICA - LILIA GARELLI - DILEXIT TE (27)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet

Riviera Maya, México; Agosto 19 del 2026.

           MÍSTICA

                                                            Por: Lilia Garelli                                      

 

“… ¿Qué hizo el Buen Samaritano? La respuesta a

 la pregunta se vuelve urgente, porque nos ayuda a darnos cuenta

de una grave falta en nuestras sociedades y también

 en nuestras comunidades cristianas…”

Papa León XIV - Dilexit Te No. 107

 

DILEXIT TE (27) - “Te he Amado”

“Sobre el Amor a los Pobres”

 

Estimados en Cristo:

Continuamos con el apartado “El Buen Samaritano de Nuevo” que nos ha llevado a la profunda reflexión de los errores tan graves que vivimos en esta sociedad contemporánea con respecto a la indiferencia de dolor humano que encontramos a nuestro alrededor, y que desafortunadamente quizá nos toca a nosotros también, porque seguramente preferimos dejar de lado ese tema, mientras no nos toque directamente.

El Papa León ha recordado diversos párrafos de las Exhortaciones y Cartas Encíclicas publicadas por el Papa Francisco durante su pontificado y que hablan precisamente de las muchas formas de indiferencia que hoy encontramos en la sociedad: “…son signos de un estilo de vida generalizado, que se manifiesta de diversas maneras, quizás más sutiles.  Además, todos estamos muy concentrados en nuestras propias necesidades, ver a alguien sufriendo nos molesta, nos perturba, porque no queremos perder nuestro tiempo por culpa de los problemas ajenos.  Estos son síntomas de una sociedad enferma, porque busca construirse de espaldas al dolor. Mejor no caer en esa miseria.  Miremos el modelo del Buen Samaritano…” (PF – CE “Fratelli Tutti” 2020) (PLeónXIV – DT No.107).

En efecto, el análisis es correcto, y sin lugar a dudas es una enfermedad que ha ido empeorando poco a poco, como un cáncer que ha invadido todo el cuerpo y que no tiene curación; sin embargo, Dios es nuestra fuerza por lo que no es justificable nuestra indiferencia; porque así como nuestra fe nos dice que cada día es necesaria nuestra conversión, que cierto es, requiere de mucho esfuerzo moralmente hablando, de igual manera esa conversión diaria, unida a la oración nos da la fuerza de no envolvernos en los errores que la sociedad comete, principalmente con el trato hacia los demás, empezando por los más cercanos; por ello el Papa León termina este apartado recordándonos:  “…Las últimas palabras de la parábola evangélica son –“Ve, y procede tú de la misma manera” (Lc 10,37) son un mandamiento que un cristiano debe oír resonar cada día en su corazón…” (PLeónXIV – DT No. 107).

·        Un Desafío Ineludible para la Iglesia de hoy:

Al inicio de este apartado, el Papa León XIV nos recuerda las palabras de San Gregorio Magno quien amonestaba a sus fieles diciéndoles: “…Todos los días, si lo buscamos, hallamos a Lázaro, y, aunque no lo busquemos, le tenemos a la vista.  Ved que a todas horas se presentan los pobres y que ahora nos piden ellos, que luego vendrán como intercesores nuestros. (…) No perdáis el tiempo de la misericordia; no hagáis caso omiso de los remedios que habéis recibido. (…) Cuando veis que algunos pobres hacen algunas cosas reprensibles: no los despreciéis, no desconfiéis, porque tal vez la fragua de la pobreza purifica el exceso de alguna maldad pequeñísima que los mancha…” (San Gregorio Magno, Homilía 40,10; 6;3). Ante este mensaje, el Papa nos hace reflexionar sobre el cuidado que debemos tener de sentirnos en un momento dado autosuficientes, el no necesitar de nadie porque el dinero o el poder nos hace soberbios.  “…En esto, los pobres pueden ser para nosotros como maestros silenciosos, devolviendo nuestro orgullo y arrogancia a una justa humildad…” (PLeón XIV – DT No.108).

Enseguida el Papa continúa con este punto en donde nos hace reflexionar sobre la soberbia de aquel que cree que no necesita de nadie y mucho menos de los pobres, siendo que como bien dice, y se los había comentado en escritos anteriores, es real que nosotros que creemos que iremos a “evangelizar” a otros, terminamos las misiones siendo “evangelizados” por ellos mismos, porque a pesar de sus carencias, sobresale su fervor natural y sencillez ante las cosas de la vida.

“…Los pobres, en el silencio de su misma condición, nos colocan frente a la realidad de nuestra debilidad.  El anciano, por ejemplo, con la debilidad de su cuerpo, nos recuerda nuestra vulnerabilidad, aun cuando buscamos esconderla detrás del bienestar o de la apariencia.  Además, los pobres nos hacen reflexionar sobre la precariedad de aquel orgullo agresivo con el que frecuentemente afrontamos las dificultades de la vida. En esencia, ellos revelan nuestra fragilidad y el vacío de una vida aparentemente protegida y segura…” (PLeónXIV – DT No.109).

El Papa León XIV ejemplifica todo lo anterior con las palabras de San Gregorio Magno: “…Nadie pues, se cuente seguro diciendo: ¡Ea! yo no robo lo ajeno, sino que disfruto buenamente de los bienes que he recibido; porque este rico no fue castigado precisamente por robar lo ajeno, sino porque malamente reservó para sí solo los bienes que había recibido.  También le llevó al infierno esto: el no vivir temeroso en medio de su felicidad, el hacer servir a su arrogancia los dones recibidos, el no tener entrañas de caridad…” (SGM – Homilía 3:SCh 522) (PLeónXIV – DT No.109).

Para San Juan Pablo II la preocupación del Papa por la creciente pobreza era constantemente expresada, para que para la Iglesia fuera el centro de su misión:

“… es determinante y pertenece a su constante tradición, la impulsa a dirigirse al mundo en el cual, no obstante el progreso técnico-económico,  la pobreza amenaza con alcanzar formas gigantescas…”

San Juan Pablo II – CE “Centesimus Annus” (1991)

P. León XIV - Dilexit Te No. 110

Afectísima en Jesucristo,

Lilia Garelli

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sábado, 15 de agosto de 2026

EL DEMONIO AL ACECHO DEL MESÍAS - (DAM-41)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 

Riviera Maya, México; Agosto 16 del 2026. 

LAS PÁGINAS QUE SE LEEN ENSEGUIDA, SON PARTE DE MI LIBRO

“EL DEMONIO AL ACECHO

DEL MESÍAS”

(Antonio Garelli – Garelli Editores  – 2009)

IV.8.- LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

(Mt 22, 23-33; Mc 12, 18-27; Lc 20, 27-40)

“Se acercaron algunos saduceos, los que sostienen que no hay resurrección, y le preguntaron:

‘Maestro, Moisés nos dejó escrito que si a uno se le muere un hermano casado y sin hijos, debe tomar a la mujer para dar descendencia a su hermano. 

Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos; la tomó el segundo; luego el tercero; y murieron los siete, sin dejar hijos.  Finalmente también murió la mujer.  Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque fue mujer de los siete.’ 

Jesús les dijo: ‘Los hijos de este mundo toman mujer y marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección entre los muertos, ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección.

Y que los muertos resucitan, lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.  No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven.’

Al oír esto, la gente se quedaba maravillada con su doctrina.”

Evangelio según San Mateo    

    Ahora les toca a los saduceos ser instrumentos del Demonio; y el planteamiento de duda es precisamente su escudo de discordia entre todos: la resurrección de los muertos.  El ataque continúa; el acecho es permanente.  Con los que haya, con los que se dejen, con todos atacará el Diablo.

         Para entender el por qué de la intervención de esta influyente minoría del Sanedrín Judío, hay que aclarar unas cuantas cosas.  La inmortalidad del alma es un concepto religioso tan antiguo como la cultura humana.  Ya con los Caldeos de Mesopotamia (la antigua Babilonia), siete mil años antes de Cristo, se tenía claro que el ser humano era una parte física y una anímica; la primera moría a la vida, la segunda pasaba a otra.  Los Egipcios, cuatro mil años antes de Jesucristo; tenían tan claro este concepto, que hasta embalsamaban a sus soberanos y  depositaban cosas de uso normal en las tumbas, para el ‘viaje’ que tenían que realizar sus monarcas hacia el ‘otro mundo’.  Para los hebreo-israelitas-judíos, mantener en el recuerdo a los Patriarcas era mantenerlos vivos, en presencia constante, sin que hubiesen muerto del todo. 

Para la cultura Greco-Romana, el alma inmortal es un hecho hasta filosófico, en donde la psiké y el ánima juegan un papel muy importante en la conjunción de la persona humana.  Los Saduceos son una secta judía que aparece unos cien años antes de Jesucristo y sus ideas, para tomar notoriedad entre el Sanedrín, niegan (sin fundamento teológico, filosófico o cualquier forma del conocimiento humano; esto es: negar por negar), todo lo relacionado con el alma inmortal, la resurrección de los muertos u otra posibilidad de vida anterior o posterior de la vida terrenal (mineral, vegetal, animal o humana).  Yo diría que son los primeros ‘materialistas’ existentes.

         Por supuesto, el planteamiento que le hacen al Divino Maestro tiene un alto grado de cinismo y sarcasmo, pues fundamentan en La Ley de Moisés un acto de continuidad que ésta no puede resolver; pero que Cristo sí puede, porque Él supera a la Ley Mosaica. “. . . Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque fue mujer de los siete. . .”  En verdad que estos saduceos no creían que Cristo fuera el Hijo de Dios, pues si lo hubiesen aceptado de alguna forma, habrían sabido de antemano que iban a ser abatidos en su confrontación con mucha facilidad.  Eso es lo malo de solo pensar en cosas puramente materiales; uno acaba por limitar el conocimiento a minerales, plantas, animales y cuerpos humanos (que no es poco, pero sí muy limitado), en lugar de pensar trascendentalmente, especialmente queriendo llegar a Dios. 

“Jesús les dijo: ‘Los hijos de este mundo toman mujer y marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección entre los muertos, ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección.’”  O lo que es lo mismo: no se apuren, hay muchísimo más que actividades humanas en el Reino de los Cielos.

         Y para que les quedara claro lo corto de su pensamiento y lo errado de sus deducciones, les aclara algo que no le han preguntado (pero al fin ‘galileo’, Jesús de Nazaret les responde: “. . . Y que los muertos resucitan, lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.  No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven. . .’” 

         No, ya no hubo réplica; ningún argumento más pudieron dar estos servidores del Demonio.  San Mateo, cuasi-fariseo y anti-saduceo, cierra el pasaje tan bellamente como solo un estudioso pudiera hacerlo: “. . . Al oír esto, la gente se quedaba maravillada con su doctrina.”

         ¡Ni modo Satán, tendrás que buscar otros mejores, porque estos no son del tamaño que tú esperabas para el acecho contra el Mesías!

§ § §

La siguiente entrega será el próximo Domingo.

Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente también.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli

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viernes, 14 de agosto de 2026

SOLEMNIDADES DE LA IGLESIA CATÓLICA - 39

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet

 

Riviera Maya, México; Agosto 15 del 2026.

SOLEMNIDADES Y FIESTAS DE GUARDAR

DE LA IGLESIA CATÓLICA

 

AGOSTO    15 Solemnidad de La Asunción de la

                             Bienaventurada Virgen María a los Cielos

DOCUMENTO:

Constitución Apostólica Munificentissimus Deus Papa Pío XII

“...la Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María... fue asunta en cuerpo y alma a la Gloria del Cielo.

 

Archicatedral Metropolitana de Ciudad de México, Mayor Templo Católico del mundo dedicado a La Asunción de la Bienaventurada Virgen María al Cielo.

http://www.corazones.org/maria/ensenanza/asuncion.htm

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jueves, 13 de agosto de 2026

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA -

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 

Riviera Maya, México; Agosto 14 del 2026.

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.

Tomado de la Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

CREO EN DIOS… CREO EN JESUCRISTO… CREO EN EL ESPÍRITU SANTO… CREO EN LA IGLESIA… CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS… EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS…

B) EL PECADO

La narración del Génesis es la expresión de la experiencia de Israel y de todo hombre. El hombre sabe que su vida es don de la llamada de Dios a la existencia. Sabe que su vida es, desde su origen, vida dialogal.  En soledad el hombre no es hombre.  El pecado, que interrumpe el diálogo con Dios, lleva siempre al hombre a la desnudez, a la necesidad de esconderse, de aislarse, al miedo, a la soledad, a la muerte.

La conciencia de su relación dialogada con Dios, posibilitó a Israel vivir sus transgresiones y pecados en forma original: ante Dios.  Y ante la fidelidad inquebrantable de Dios, cada infidelidad –con sus consecuencias de fracaso y muerte– terminaba convirtiéndose en acontecimiento privilegiado de su historia de salvación: en descubrimiento del amor sin medida de Dios.

Solo la Historia de Israel recoge las derrotas y fracasos. Los demás pueblos solo narran las victorias y triunfos de sus héroes.  Así se han extinguido todos los imperios.  Desde la derrota no quedaba posibilidad de comenzar de nuevo la historia.  En Israel, el reconocimiento del propio pecado y su confesión ante Dios se transformaba siempre en comienzo de una nueva historia, en redescubrimiento de Dios.

Esta experiencia de la relación dialogal del pueblo con Dios aparece con fuerza singular en los Profetas.  Oseas hace de su propia vida un sacramento del amor esponsal de Dios y el pueblo. Dios es el esposo fiel que busca a la esposa que se prostituye reiteradamente con los ídolos. Jeremías, Ezequiel e Isaías prolongan esta misma vivencia en escenas de una viveza y realismo únicos.

La Historia del pueblo elegido está marcada profundamente por el pecado.  Ya en Egipto, Israel sirvió a otros dioses, se prostituyó con ellos; Dios los liberó, no obstante, “por amor de su nombre” y “porque su amor es eterno”, pero, incluso después de la liberación de Egipto, Israel se olvidó de ese amor, “revelándose contra Dios en el mar de las Cañas” y continuamente a lo largo del paso por el desierto; también en la Tierra Prometida reiteradamente se reveló contra Él, mereciendo el calificativo de “generación rebelde y malvada”, “pueblo de rebeldes” que murmura contra Moisés, contra Aarón y contra Yahveh mismo.

Pero Israel vive el pecado como un drama en el interior de unas relaciones de amor con Dios, relaciones que se rompen por su parte y se recrean por la fuerza creadora del amor de Dios, que le ofrece de nuevo su amor.

La plenitud irrevocable de la oferta del amor fiel de Dios y su victoria sobre la infidelidad humana, aparece en Jesucristo muerto y resucitado.  Ante la Cruz de Cristo aparece el pecado en toda su monstruosidad y el amor de Dios en toda su sublimidad. Es la locura y el absurdo frente a la autonomía cerrada del hombre romano, pagano, científico y técnico; y el escándalo frente al excesivo legalismo jurídico del hombre religioso y fariseo que busca en sí mismo su justificación.

El hermano mayor de la Parábola del Hijo Pródigo no puede comprender la fiesta del perdón ofrecida al hermano menor al regreso de sus orgías, despilfarradoras de la herencia del padre. (Lc 15, 11-32) Como tampoco comprenden a Jesús al perdonar a la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8, 1-11) quienes, hipócritas y con piedras en las manos, intentan ‘cumplir la Ley’.

En el encuentro a solas de Cristo y la adúltera hallamos la historia, todos los días repetida, entre Dios y nosotros.  El “no te condeno” de Jesús es el fruto de su muerte en la cruz por cada uno de nosotros. 

Así le escribe San Pablo a los Gálatas: “La vida que vivo al presente, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” (Ga 2,20)  En este “mi” está concentrada toda la profundidad personal del pecado, que hace de contrapunto para valorar la sublimidad del amor y la entrega.  Morir por un justo entra en las posibilidades humanas, pero dar la vida por un impío, es “la prueba del Amor de Dios en Cristo.” (Rm 5, 7-8)

El pecado confesado se transforma en celebración de las maravillas de Dios.  Sin Dios, el hombre no encuentra salida a su culpa; de aquí su vano intento en negarla y auto justificarse con excusas y acusaciones a los demás.  Pero su salvación no está en la conquista del amor de sí mismo por la propia absolución, en la cual no puede creer.  No es la conquista del amor, sino la acogida del amor la que libera y salva al hombre de su culpa.

Solo cuando el hombre escucha de la boca de Dios la palabra del perdón, se siente vivo, reconciliado, capaz de comenzar de nuevo la historia.

Aquí radica el drama de nuestro mundo.  Hoy, en el mundo y entre algunos llamados ‘cristianos’, se ha perdido el sentido del pecado, con lo que se ha agudizado el sentido de culpabilidad.  El reconocimiento del pecado lleva a la experiencia de la alegría en el perdón, como vivencia del amor gratuito, el único amor liberador del hombre.

La experiencia oculta de culpabilidad, en cambio, se abre cauces oscuros en la existencia humana en forma de tristeza, miedos, desesperación, sensación de absurdo de la vida, nausea de todo, aburrimiento, con todas las expresiones de violencia contra uno mismo y contra los demás.  La drogadicción y el narcotráfico, puede ser un ejemplo, suicidios y abortos, otro.

El hombre en soledad, con su fracaso a cuestas, se asfixia y vive bajo los impulsos de la autodestrucción.  Es la palabra de Judas Iscariote, que se siente condenado por la ley de sí mismo y se suicida.  Le hubiera bastado levantar la mirada a Cristo, como hace pedro después de sus negaciones, y con ojos cargados de lágrimas, para experimentar el perdón y la vida.

Frente a esta situación es preciso anunciar la Buena Nueva del Perdón de los Pecados, que supone el reconocimiento y confesión del propio pecado.  La actitud farisea de auto justificación, y consiguiente condenación de los demás, no produce más que un encubrimiento del mal, que desde dentro destruye al hombre; en palabras bíblicas: el “sepulcro blanqueado” no impide la corrupción interior.

En la predicación de Jesús el pecado ocupa un lugar central.  Él se sabe enviado a anunciar la conversión del pecado, a “buscar a los pecadores” (Mc 2,17), es decir, a “buscar y salvar lo que estaba perdido.” (Lc 19,10)

El pecado se origina en lo más íntimo del hombre, donde el maligno le insinúa e infunde el ansia de ser como Dios; le roba a Dios el ‘fuego sagrado’, en el deseo de autonomía.  El pecado para Jesús no es una simple transgresión de las ‘tradiciones humanas” sobre purificaciones, ayunos o reposo sabático. 

El pecado no es algo exterior al hombre.  Tiene sus raíces en el corazón, allí es ahogada la Palabra de Dios.  “… del corazón provienen todos los pecados que manchan al hombre: intenciones malas, fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, envidias, injurias, insolencias, insensateces.  Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre.” (Mc 7, 20-23)


“No eres tú el único autor del pecado, también lo es el pésimo consejero: el Diablo.  Él es autor y padre del mal, pues “el Diablo peca desde el principio.” (1Jn 3,8) Antes de él nadie pecaba. Así recibió el nombre por lo que hizo, pues siendo arcángel, por haber “calumniado” (diabállein) fue llamado Diablo (Calumniador).

De ministro bueno de Dios se hizo Satanás, que significa “adversario”; el que fomenta las pasiones.  Por su causa fue arrojado del Paraíso nuestro padre Adán…

Pero no desesperemos. Lo terrible es no creer en la conversión.  Quien no espera la Salvación acumula sin remedio males sobre males; pero el que espera la curación, fácilmente alcanza el perdón.

¡Dios es misericordioso y más potente que nuestro adversario! ¡Dile al Médico tu mal! Y Él perdonará la iniquidad en tu corazón.” 

San Cirilo de Jerusalén

La Colección de Folletos

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