“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Junio 12 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
CREO
EN DIOS…
CREO
EN JESUCRISTO…
CREO
EN EL ESPÍRITU SANTO…
B)
ESPÍRITU DE CRISTO
La
Venida de Cristo y sus obras estuvieron acompañadas siempre por la Acción del
Espíritu Santo. Concebido en el seno de
María por el Espíritu Santo; se posa sobre Él en el Bautismo; está sobre Él en
la Predicación del Reino, en su lucha contra los demonios, en su entrega en la
Cruz y en su Resurrección. Jesús es
Cristo, el Ungido por el Espíritu.
Ante
el pesimismo que vive Israel por falta del Espíritu, que en otros tiempos se
manifestaba con la fuerza en los profetas, Juan el Bautista anuncia el
inminente derramamiento del Espíritu: “Yo
los bautizo con agua, pero Él los bautizará con Espíritu y con fuego.” (Mt
3,11)
Jesucristo
posee el Espíritu en tal plenitud que es fuente de Espíritu: lo da como Don de
Dios a los Apóstoles y lo envía a su Iglesia. El discurso de Simón Pedro en
Pentecostés es una evidencia de ello:
“Convertíos,
y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para
remisión de vuestros pecados, y recibiréis el Don del Espíritu Santo; pues la
promesa es para vosotros y vuestros hijos, y para todos los que están lejos;
para cuantos llame el Señor, Dios nuestro.” (Hch 2, 38-39)
Es
más, en palabras de San Juan Evangelista, “de
quienes crean en Cristo brotarán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que
iban a recibir los que creyeran en Él.
Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido
glorificado.” (Jn 7,37-38)
Como
Espíritu de Jesús, tiene la misión de traer a la memoria todo lo que Jesús dijo
e hizo, para llevarnos así a la verdad plena; sólo por el Espíritu lograrán
entender los Discípulos lo que les había dicho Jesús. Recordar quiere decir: volver a pasar algo
por el corazón.
La
Tradición de la Iglesia crece en la Iglesia misma con la ayuda del Espíritu
Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones
transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian, repasándolas en su corazón, cuando comprenden internamente los
misterios que viven…; así, el Espíritu Santo, por quien la voz viva del
Evangelio resuena en la Iglesia y, por ella, en el Mundo entero, va
introduciendo a los fieles en la Verdad plena y hace que habite en ellos
incesantemente la Palabra de Cristo.
El
Espíritu Santo desciende tras la ascensión de Jesús a los Cielos. Es Jesús quien lo envía de parte del Padre. Gracias
al Espíritu Santo Jesucristo permanece en la Iglesia y está presente en el
Mundo. Por ello es llamado “Espíritu de
Jesucristo”, Espíritu del Hijo, “Espíritu del Señor”. Se comprende, pues, que “nadie, hablando por el influjo del Espíritu de Dios pueda decir: ¡Jesús
es anatema! Y nadie pueda decir ¡Jesús es el Señor!, si no es por el influjo
del Espíritu Santo.” (1Co 12,3)
El
Espíritu Santo es el Paráclito:
defensor, consolador, abogado, consejero, mediador, Espíritu de Verdad. Como Paráclito,
el Espíritu Santo prolonga la obra de Cristo con sus discípulos en la tierra;
por ello es que sea llamado otro
Paráclito, pues, Jesús sigue en el Reino de los Cielos su misión de Paráclito para nosotros.
En
el peregrinar de la Iglesia por el mundo a lo largo del tiempo, el Espíritu
Santo sigue “guiándola hasta la verdad
completa y desvelando lo que ha de venir”, “pues nadie conoce la profundidad de Dios sino el Espíritu de Dios.”
Así hace presente y actual a Jesucristo en todos los tiempos.
“Los cristianos de última hora no quedan más
lejos del Ministerio de Jesús que los de la primera hora, pues el Paráclito
está con ellos tanto como estuvo con los testigos presenciales. Al mismo tiempo, recordando y confiriendo
nuevo sentido a lo que dijo Jesús, el Paráclito guía a cada una de las nuevas
generaciones ante las circunstancias cambiantes, pues interpreta las cosas que
van viniendo.”
R.E. Brown
C) ESPÍRITU SANTO:
DON DE CRISTO A LA IGLESIA
San
Ireneo presenta al Espíritu Santo actuando en la Iglesia como dador de vida y de
toda gracia, operando la santificación de los creyentes y distribuyendo sus
Dones en la comunidad; él afirma:
La
predicación de la Iglesia fundamenta nuestra fe. Hemos recibido ésta (La Fe) de la Iglesia y
la custodiamos mediante el Espíritu de Dios, como un depósito precioso
contenido en un vaso de valor, rejuveneciéndose siempre rejuveneciendo al vaso
que la contiene. A la Iglesia, pues, le
ha sido confiado el Don de Dios, como el soplo a la criatura plasmada, para que
todos los miembros tengan parte en Él y sean vivificados.
En
ella Dios ha colocado la comunión con Cristo, es decir, el Espíritu Santo, ara
de la incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y escala de nuestra
ascensión a Dios; pues está escrito que “Dios colocó en la Iglesia profetas,
Apóstoles y doctores” y todo el resto de la operación del Espíritu Santo.
De
este Espíritu se excluyen cuantos, no queriendo acudir a la Iglesia, se privan
ellos mismos de la vida por sus falsas doctrinas y sus malas intenciones y
acciones. Pues donde está la Iglesia,
allí también está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí
también está la Iglesia y toda gracia.
Ahora
bien, el Espíritu es la verdad. De ahí
que quienes no participan de Él, no se nutren… para recibir la vida.
San Ireneo
Cristo,
el Esposo Divino, hace a la Iglesia, su Esposa, el gran regalo de su Espíritu,
para que lleve a la consumación su obra en ella.
“Terminada
la obra que el Padre había encomendado al Hijo realizar en la Tierra, fue
enviado el Espíritu Santo el Día de Pentecostés, para que santificara
constantemente a la Iglesia y de este modo tuviesen acceso al Padre los
creyentes por Cristo en un solo Espíritu.
Él
es el Espíritu de vida o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna, por
medio del cual el Padre vivifica a los hombres que estaban muertos hasta que
resucitara sus cuerpos mortales en Cristo.
El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como
en un templo; y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos.
A
esta Iglesia, a la que introduce en toda verdad y unifica en la comunión y el
ministerio, la instruye y dirige mediante los diversos Dones jerárquicos y
carismáticos; y los adorna con sus Frutos. Rejuvenece a la Iglesia con el vigor
del Evangelio y la renueva perpetuamente y la conduce a la perfecta unión con
su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! Así la Iglesia universal se nos presenta como
“…un pueblo reunido por la unidad del Padre y el Hijo y del Espíritu Santo.””
San
Cipriano - Oratione Domini
El
Espíritu Santo hace presente a Cristo en el tiempo y hace comunicable su
Salvación. Él actualiza e interioriza en
los creyentes la salvación que Cristo realizó de una vez para siempre. Como Jesús es el Cristo, el Ungido por el
Espíritu Santo, nosotros somos cristianos en cuanto discípulos de Cristo y en
cuanto ungidos por el mismo Espíritu, participando de la Unción de Cristo.
Salidos
del baño bautismal, somos ungidos con óleo bendecido, en conformidad con la
praxis antigua, según la cual los elegidos para el sacerdocio eran ungidos con
óleo, derramado por aquel cuerno con el que Aarón fue ungido por Moisés, por lo
que se llamaban Cristos,
es decir, Ungidos; ya que el vocablo griego chrisma significa unción. También el
nombre del Señor, es decir, Cristo, tiene la misma derivación.
Tertuliano
-
Baptismo
Ya
en el envío de Jesús a los apóstoles está el mandato de “… hacer discípulos de todos
los pueblos, bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo.” En el Bautismo, el creyente
recibe una participación en la vida y
en la comunidad de Dios, es decir, se une de tal modo a Dios que, lleno del
Espíritu Santo se hace hijo de Dios.
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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