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jueves, 5 de marzo de 2026

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE (23)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet

 

Riviera Maya, México; Marzo 6 del 2026.

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.

Tomado de la Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

 CREO EN DIOS…

CREO EN JESUCRISTO…

B) FUE CRUCIFICADO…

 

La cruz es la expresión de ese amor radical que se da plenamente, acontecimiento que es lo que hace y que hace lo que es; expresión de una vida que es ser para los demás. 

Ya en el Nuevo Testamento, la cruz es considerada como el signo de salvación cristiana.  Desde entonces la cruz es el símbolo cristiano por excelencia.  Marcado con la cruz en el Bautismo, el cristiano levanta la cruz en todo tiempo y lugar, como símbolo de su pertenencia a Cristo Crucificado.  La Cruz, como confiesa Pablo, es el compendio, la fórmula abreviada de todo el Evangelio, símbolo auténtico de la vida cristiana; de modo que el cristiano no quiere “… conocer cosa alguna sino a Jesucristo, y éste, crucificado.” (1Co 2,2)

San Cirilo de Jerusalén en su Catequesis, señala importancias básicas de la Fe en Cristo:

Gloria de la Iglesia Católica es toda acción de Cristo. ¡Pero la Gloria de las glorias es La Cruz!, como decía San Pablo: “¡En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo!” (Ga 6,14)… La brillante corona de la cruz iluminó a los que estaban ciegos por la incredulidad, libró a los que estaban prisioneros del pecado y redimió a todos los hombres… Pues, si por la culpa de un solo hombre reinó la muerte en el mundo, ¿cómo no iba a reinar la vida por la justicia de uno? (Rm 5, 12-21; 1Co 15,21-49) Y si entonces nuestros padres fueron arrojados del Paraíso por haber comido del árbol, ¿no entrarán ahora más fácilmente en el Paraíso los creyentes, por medio del Árbol de Jesús?... Y si en tiempos de Moisés el cordero alejó al Exterminador (Ex 12,23), ¿no nos librará con más razón del pecado “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”? (Jun 1,29)

 

No nos avergoncemos, pues, de confesar al Crucificado.  Que nuestros dedos deben su sello en la frente, como gesto de confianza.  Y la señal de la cruz acompañe todo: sobre el pan que comemos y la bebida que bebemos; al entrar y al salir; antes de dormir, acostados y al levantarnos; al caminar y al reposar.  La fuerza de La Cruz viene de Dios y es gratuita.

 

Es la señal de los fieles y terror de los demonios.  Con ella los venció Cristo “exhibiéndolos públicamente, al incorporarlos a su cortejo triunfal” (Col 2,15) Por eso, cuando ven La Cruz recuerdan al Crucificado y temen a Quien “quebrantó la cabeza del dragón.” (Sal 74,14) No desprecies, pues, tu sello por ser gratuito; toma la Cruz, más bien, como fundamento inconmovible y construye sobre ella el edificio de la Fe.”

San Cirilo de Jerusalén

Éste es también el escándalo del Cristianismo.  La Cruz es signo de salvación y signo de contradicción; piedra de escándalo.  Ante ella se define quiénes están con Cristo y quiénes contra Cristo.  A cada paso nos encontramos con la cruz en la vida, como piedra, en la cual nos apoyamos; o como piedra que nos aplasta: Cristo Crucificado es señal de contradicción, “puesto para caída y elevación de muchos.” (Lc 2,34) Ante la cruz quedan al descubierto las intenciones del corazón. Es inevitable “mirar al que traspasaron”, “como escándalo y necedad” o “como fuerza y sabiduría de Dios”

Así como lo señala ampliamente San Pablo a los Corintios:

Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios… Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado; escándalo para los judíos, necedad para los gentiles.  Mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un solo Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.  Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres; y la debilidad divina, es más fuerte que la  fuerza de los hombres.” (1Co 1, 17-25)

La cruz es la manifestación suprema de un Amor que se despoja de sí mismo hasta el extremo.  Es, pues, la expresión plena de la vida.  Para el Evangelio de San Juan, crucifixión, exaltación, elevación y glorificación aparecen unidas como una única realidad inseparable. (Jn 3, 14; 12, 34) En el momento de su muerte en cruz, Jesús pronuncia la palabra victoriosa: “Todo está cumplido” (Consummatum est). (Jn 19, 30)

En su Homilía, San Teodoro de Mopsuestia predica así a sus feligreses:

Cuando Cristo nuestro Señor hubo cumplido todo esto por nosotros, avanzó hacia la muerte, y la recibió por medio de la cruz.  No en lo secreto.  Su muerte fue manifiesta y conocida de todos, porque a todo el mundo debía ser proclamada por los bienaventurados Apóstoles, la Resurrección de nuestro Señor. (Lc 24, 46-48)    

Convenía que su muerte fuera manifestada a todo el mundo, pues su resurrección era la abolición de la muerte.” (2Tim 1,10)

En La Cruz de Cristo, el mundo –con sus poderes y su príncipe– han sido juzgados, condenados y echados fuera. (Jn 12,31) La Cruz pone al descubierto el pecado y revela el amor.  Por la Cruz, Dios “destruyendo por medio de Cristo a los principados y potestades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo.” (Col 2,15) La Liturgia invita a los cristianos a “mirar el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la Salvación del Mundo.

San Cirilo de Alejandría en su Epístola, nos transmite conocimiento inspirado:

 

Adán, por las mordeduras del dragón apóstata, es decir el diablo, pereció, arrastrándonos a todos al mal. Pero hemos sido salvados de un modo maravilloso: mirando a la serpiente de bronce, es decir a Cristo. ¿Cómo siendo Él bueno por naturaleza pudo hacerse serpiente? Porque tomó nuestra carne, haciéndose como nosotros, que somos malos, como está escrito: “Se hizo a semejanza de la carne de pecado” (Rm 8,3) y también: “Fue contado entre los malhechores.” (Is 53,12) Cristo es, pues, serpiente como a semejanza de pecado, porque se hizo hombre…

 

La serpiente de bronce era, pues, figura de Cristo exaltado en la Cruz Gloriosa, como Él mismo dijo a los judíos: “Cuando exaltéis al Hijo del hombre, entonces conoceréis que soy yo.” (Jn 8,28) Que aquella figura se relaciona con este misterio, lo puedes aprender también de Él, cuando dijo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser exaltado el Hijo del hombre.(Jn 3,14) Por lo demás, la serpiente era de bronce a causa de la sonoridad y armonía del kerigma divino y evangélico: ¡No hay nadie sin haber oído los oráculos de Cristo!, divulgados por todo el orbe, ante quien “toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.(Flp 2,10)  

San Cirilo de Alejandría

Esta salvación, que nos engendra a la nueva vida, no se nos comunica sino bajo la forma de cruz.  Solo por la Cruz seguimos a Cristo: “El que quiera venir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.” (Mc 8,34) El Bautismo nos incorporó a la muerte de Cristo, para seguirle con la cruz hasta la Gloria, donde Él está con sus llagas gloriosas. (Rm 6,3-8)

En su explicación catequética del Evangelio según San Lucas, San Ambrosio, el Eminentísimo Arzobispo de Milán, les enseñaba a los fieles con esta claridad:

 

Llevamos siempre y por todas partes en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.  Pues, mientras vivimos, continuamente somos entregados a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.  De modo que la muerte actúa en nosotros y en vosotros la vida.

 

El primero en levantar, como Vencedor, el trofeo de la Cruz, es Cristo.  Después se lo entrega a los Mártires, para que a su vez lo levanten ellos.  Quien lleva la Cruz, sigue a Cristo, como está escrito: “Toma tu cruz y sígueme.” (Mc 8,34)”

San Ambrosio

La Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

V V V

 

Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente también.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli

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