“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya, México; Febrero 27 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA
FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
CREO EN DIOS…
CREO EN JESUCRISTO…
FUE CONCEBIDO POR OBRA DEL E.S.…
PADECIÓ BAJO EL PODER DE P. PILATO…
A) PADECIÓ
La Pasión de Cristo nos coloca ante Dios. Es una Pasión querida por Dios. En su plan salvífico “el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; ser muerto y resucitado…” Éste es el pensar de Dios, que Pedro –y demás Apóstoles– “no entiende”. Pero Jesús, por tres veces, les anuncia su Pasión.
“Iban de camino a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos, estaban sorprendidos y le seguían con miedo. Tomó otra vez a los doce y comenzó a decirles lo que iba a suceder: “Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán; y a los tres días resucitará.” (Mc 10, 32-34)
Lucas añadirá los insultos y salivazos… Todo ello para dar cumplimiento a lo anunciado por los profetas. (Lc 18,31) Cristo va a la pasión siguiendo los designios del Padre, en obediencia a la voluntad del Padre: “Cristo, siendo Hijo, aprendió por experiencia, en sus padecimientos, a obedecer. Habiendo llegado así a la plena consumación, se convirtió en causa de salvación para todos los que le obedecen.” (Hb 5,8-10)
En su sangre se sella la alianza del creyente y Dios Padre: “Tomando una copa y, dadas las gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos; para el perdón de los pecados.”” (Mc 14, 23-24; Mt 26, 27-28; Lc 22,20) Esto es lo que Pablo ha recibido de la tradición eclesial, que se remonta al mismo Señor:
“Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado… después de cenar, tomó la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebáis, hacedlo en memoria mía.” Pues, cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.”
En todos estos textos aparecen las palabras, grávidas de significado, “por vosotros”, “por muchos”, que expresan la entrega de Cristo a la pasión en rescate nuestro. Marcos, en su relato de La Pasión, nos presenta a Jesús como el justo que sufre sin culpa la persecución de los hombres.
En el Salmo 22 Jesús encuentra el ritual de su ofrenda al Padre por los hombres. Él es el Siervo de Yahveh, tan desfigurado que no parecía hombre; sin apariencia ni presencia, despreciable y desecho de los hombres; varón de dolores y sabedor de dolencias, ante quien vuelve el rostro.
Carga sobre sí los sufrimientos y dolores, azotado, herido de Dios y humillado. Herido, ciertamente, por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas, soportando Él el castigo que nos trae la paz, pues con sus malestares hemos sido nosotros curados. Él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores. (Is 52, 13-53)
San Pedro, en su Primera Carta a las Comunidades Cristianas, presenta La Pasión de Cristo como huellas luminosas por donde caminar:
“Pues, para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; al contrario, se ponía en manos de la justicia. Cargando nuestros pecados subió a la cruz, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado.” (1P 2, 21-24)
En su pasión aparece el amor insondable de Dios, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros (Rm 8, 32; Jn 3, 16), para reconciliar en Él al mundo consigo. Para esto vino el Hijo al mundo: “Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.” (Mc 10, 45) Cada cristiano puede decir junto con Pablo: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.”
San Justino en sus Diálogos establece la importancia de la muerte de Cristo:
“Los cristianos provienen de Jesucristo, que gustó la muerte en cruz, según el gran designio salvífico de Dios… El misterio del cordero, ordenado sacrificar por Dios como Pascua (Ex 12, 1-11), era figura de Cristo, con cuya sangre, quienes creen en Él, ungen sus casas, es decir, a sí mismos…
Y el
mismo Dios, que prohibió a Moisés hacer imágenes, le mandó, sin embargo,
fabricar la serpiente de bronce y la puso como signo por medio del cual se
curaban quienes habían sido mordidos por las serpientes.
Con
ello anunciaba Dios un gran misterio: la destrucción del poder de la serpiente
–autora
de la transgresión de Adán (y Eva) – y, a
la vez, la salvación de quienes creen en Quien por este signo era figurado, es
decir, en Aquel que iba a ser crucificado para librarnos de las mordeduras de
la serpiente: idolatrías y demás iniquidades.”
San Justino, Mártir
La hora de la Pasión es la hora de Cristo, la hora señalada por el Padre para la salvación de los hombres en la pasión de Su Hijo. “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que crean en Él, sino que tenga vida eterna.” (Jn 3, 16) “El que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.” (Rm 8, 31)
Siendo la hora del Padre, es la hora de la glorificación del Hijo y de la salvación de los hombres. La Pasión es la hora de pasar de este mundo al Padre y del amor a los hombres hasta el extremo (Jn 13,1). Por ello, la hora también es de la glorificación del Padre en el Hijo. (Jn 17,1) Con la entrega de su Hijo a la humanidad, Dios se manifiesta plenamente como Dios: Amor en plenitud. No cabe un amor mayor.
En sus Sermones, San Agustín lo enfatiza diáfanamente:
“Cree, pues, que bajo Poncio Pilato fue crucificado y sepultado el Hijo
de Dios. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos.” (Jn15,13) ¿De veras es el amor más grande?
Si
le preguntamos al Apóstol, nos responderá: “Cristo murió por los impíos.” Añadiendo: “Cuando éramos sus enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte
de su Hijo.” (Rm 5, 6-10) Luego, en Cristo hallamos un
amor mayor, pues dio la vida por sus
enemigos, no por sus amigos.
¡No
te ruborice, pues, la ignominia de la Cruz! ¡Todo un Dios no vaciló en tomarla
por ti! “Préciate, como el Apóstol, de no saber más que de Jesucristo, y de
éste, Crucificado.” (1Co 2,2)”
San Agustín,
Obispo de Hipona
En La Pasión, Cristo lleva a cabal cumplimiento todas las figuras del amor apasionado de Dios por los hombres, así lo predica San Melitón de Sardes:
“Ya
el Señor había dispuesto previamente y prefigurado sus sufrimientos en los
Patriarcas, los Profetas y en todo el pueblo…
Si
quieres que el misterio del Señor se te esclarezca, dirige tu mirada a Abel,
similarmente matado; a Isaac, similarmente atado; a José, vendido; a Moisés,
abandonado; a David, perseguido; a los Profetas, similarmente sufrientes a
causa de Cristo; dirige tu mirada a la oveja inmolada en Egipto; hacia Quien
hirió a Egipto y salvó a Israel por la sangre…
¡Con
su espíritu inmortal mató a la muerte homicida! Él es, en efecto, quien por
haber sido conducido como un cordero e inmolado como una oveja (Is 23,7), nos
libró de la servidumbre del mundo –como de la tierra de Egipto–, nos desató los
lazos de la esclavitud del demonio –como de la mano del Faraón– y selló
nuestras almas con su propio espíritu y los miembros de nuestro con su propia
sangre. Él es quien cubrió la muerte de
vergüenza y quien enlutó al diablo, como Moisés al Faraón…
Él
es la Pascua de nuestra salvación. Él es
quien soporta mucho en muchos: Quien fue matado en Abel, atado en Isaac, siervo
en Jacob, vendido en José, abandonado en Moisés; inmolado en el cordero,
perseguido en David y deshonrado en los Profetas…
Él
es quien fue colgado en la cruz, sepultado en la tierra. Él es el cordero sin voz y degollado –nacido
de María, la inocente cordera–, el elegido del rebaño, el arrastrado a la
inmolación, el sacrificio al atardecer, el sepultado al anochecer. Él es quien fue muerto en Jerusalén, porque
curó a los cojos, limpió a los leprosos, llevó a la luz a los ciegos, resucitó
a los muertos…
¡Por
eso Padeció!
Homilía
sobre La Pascua
San Melitón de Sardes
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
V V V
Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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Solo por el gusto
de proclamar El Evangelio.

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