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jueves, 29 de enero de 2026

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE (18)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 


Riviera Maya, México; Enero 30 del 2026. 

EL CREDO,

SÍMBOLO DE LA FE.

Tomado de la Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

 


CREO EN DIOS…

CREO EN JESUCRISTO…

NACIÓ DE MARÍA VIRGEN… 

- Verdadero Hombre

Este segundo artículo del Credo confiesa fundamentalmente la realidad humana y la condición histórica de Jesús.  Él es el Hijo de Dios que hizo suyo desde dentro nuestro nacer y nuestro morir.  El Hijo de Dios no fingió ser hombre, no es un “dios” que con ‘ropaje humano’ se pasea por la tierra.  Como Niño fue débil, lloró y rio como cualquier otro niño.  Dios se manifestó en un hombre que tuvo hambre y sed, se fatigó y durmió; en un hombre que se admiraba y enojaba, se entristecía y lloraba, padeció y murió.

Jesús… probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado.(Hb 4,15)

Dice Orígenes en su libro De Principiis:

Entre todos los grandes milagros, uno nos colma de admiración sobrepujando toda la capacidad de nuestra mente.  La fragilidad de nuestra mente no logra comprender cómo la Potencia de Dios, la Palabra y Sabiduría de Dios Padre, “… en la que fueron creadas todas las cosas visibles e invisibles…” (Col 1,16), se encuentra delimitada en el hombre que apareció en Judea; y cómo La Sabiduría de Dios haya entrado en el vientre de mujer, naciendo como un niño y gimiendo como los niños… Y no logramos comprender cómo haya podido turbarse ante la muerte (Mt 26,38), haya sido conducido a la más ignominiosa de las muertes humanas, aunque luego resucitó al tercer día.  En Él vemos aspectos tan humanos, que nos difieren de la fragilidad común a todos los mortales, y otros tan divinos, que solo corresponden a Dios… de aquí el embarazo –y admiración– de nuestra mente: Si se le cree Dios, le ve sujeto a la muerte; si se le considera hombre, le contempla volver de entre los muertos con los despojos de la muerte derrotada… De ahí que, con temor y reverencia, le confesamos verdadero Dios y verdadero hombre.

 

El Hijo de Dios se hizo hombre, se encarnó, entró en la historia, “nacido de mujer” (Ga 4,4-5), “israelita según la carne” (Rm 9,5), tomó la condición de siervo; “Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre.” (GS 22)

Comenta ampliamente San Ireneo, en su Adversus Haereses:

 

Cristo unió, así, al hombre con Dios, realizando la comunión y el acuerdo entre Dios y el hombre, pues, no habríamos podido participar de otro modo de la incorrupción, si Él no hubiese venido a nosotros… Y, porque implicados en la creación de Adán, caímos en la muerte a causa de su desobediencia, era conveniente y justo, por la obediencia de quien por nosotros se hizo hombre; fuese destruida la muerte; y puesto que la muerte reinaba sobre la carne, era justo y conveniente que, habiendo Él sufrido la destrucción de su carne, librase al hombre de su opresión.

El Logos se hizo carne, por tanto, a fin de que destruidos por ésta los pecados –que por la carne habían señoreado, invadido y dominado– no existiesen ya en nosotros. 

Por eso asumió nuestro Señor la forma corporal de la primera criatura, ¡para luchar por los padres y vencer –por medio de Adán– lo que por medio de Adán nos había subyugado!...

Pues, ¿cómo habríamos podido participar de la filiación divina, si no hubiésemos recibido, mediante el Hijo, la comunión con el Padre? ¿Cómo lo hubiésemos recibido si el Hijo no hubiese entrado en comunión con nosotros haciéndose carne?

¡Por eso pasó Él por toda edad, restituyéndonos a todos la comunión con Dios!

 

Cuantos dicen, pues, que el Verbo se manifestó aparentemente, que no nació en la carne, ni verdaderamente se hizo hombre, –docetas y gnósticos–, están aún bajo la condenación antigua.  Ésos defienden el pecado, pues según ellos no ha sido vencida la muerte, pues, quien debía matar al pecado y redimir al hombre –reo de muerte– tenía que hacerse lo que era el hombre, reducido a la esclavitud por el pecado y sometido al poder de la muerte, a fin de que el pecado fuese matado por el hombre y éste fuese librado de la muerte.

¡Lo que no ha sido asumido no ha sido curado! ¡Solo lo que está unido a la Divinidad ha sido salvado!, dirán los Padres y repetirán la teología posterior.”

 

El cristianismo no es mito, sino historia;

no es apariencia, sino verdad;

no es símbolo, sino realidad;

no es idea, sino acontecimiento. 

El cristianismo no es monotonía cíclica, sino singularidad irrepetible;

no es eternidad abstracta, sino memorial;

no es algo provisorio permanente, sino definitivo comenzado;

no es filosofía, sino noticia;

no es elocuencia convincente, sino testimonio invitante.

El cristianismo no es ofrecimiento del hombre,

sino llamada, envío y autoridad de Dios;

no es ascensión del hombre, sino condescendencia divina;

no es sabiduría, sino necedad;

no es demostración, sino escándalo …

El Cristianismo es Jesucristo.

La Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

V V V

Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente también.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli

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Solo por el gusto de proclamar El Evangelio.

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