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jueves, 13 de diciembre de 2018

De mi libro: V.G.A.G. - 69 - Viaje a Ephesus


Santifícalos con La Verdad.

Ciudad de México, Diciembre 14 del 2018.

DEL LIBRO
Veritelius de Garlla, Apóstol Gentil
69 de 130

Novus Villa Garlla Canea, Episcopâtus Cretiens
Octobris XXXI
LXVI Anno Domini

VIAJE A EPHESUS

Junto con diez embarcaciones tipo Liburna Christina, en la renovadísima Liburna “Sanctæ Mariæ Cæli III”, zarpamos de Canea hacia Ephesus para trasladar al martirizado, pero aún vivo, Apóstol Juan.  El ambiente por estos días es tan agresivamente contrario a los Christiani, que no sabemos qué pueda suceder, por lo que he ordenado un viaje de ‘visita de reconocimiento a territorio hostil’; con todas las prerrogativas que ello implica: naves con pertrechos para ataques, nautas con experiencia en batallas navales, tropas de asalto de Legionarios Romanos, armas y pertrechos de guerra.  No quiero sorpresas de ningún tipo, especialmente en este viaje, por lo que iremos ‘preparados para cualquier eventualidad’.

Los hijos de mis antiguos Centuriones han tomado los puestos de sus ya fallecidos padres; igual los de Tremus Aquilae, que los de Marcus Ponte o los de Domiciano Alves, todos ellos que, aún siendo más jóvenes que yo, se me han adelantado en el camino al cielo. Ahora todos estos jóvenes, orgullo de las nuevas generaciones del Romanorum Imperialis Exercitum están bajo mi tutela militar y me cuidan y tratan como su ‘amado abuelo Legionario’.  Todos alguna vez estuvieron sirviendo en las Legiones de Julio, mi hijo, ahora Tribunus Legatus de Europa, en la Gallia y Germania.  Son expertos en el manejo de las armas, fieles soldados romanos y amorosísimos vigías de su Avus Militia (Abuelo Militar), Plenuspotenciarius del “Christus Mandatus” y Cónsul Imperator.  Todos son mayores de treinta años, y se han ganado el título de Centurión Legionario. 

El único de la tripulación que se puede identificar como del primer grupo de nautas del “Christus Mandatus”, es Silenio Abdera, mi Præfecto de Navis desde hace treinta y tres años, cuando Tiberius Iulius Cæsar lo asignó para tal cargo.  Nunca ha querido dejar sus funciones como Comandante de mis naves y ahora, a los cincuenta y nueve años de edad, lleno de vigor todavía y plenamente convencido de la labor que realizamos (pues él también es Christiani), ostenta ya el título de Præfecto Magíster, equivalente a un General Legionario.  No se ha hecho viejo, dice él, “. . . pues si lo fuera ya no navegaría, ya que el mar lo que más come son viejos; sean hombres o peces.”

Y como en los “viejos tiempos”, estamos saliendo al toque del final de la cuarta vigilia para aprovechar todo el día navegando y llegar a las costas de la Isla de Mikonos al ocaso, pero con buena luz en el firmamento; hacerlo así siempre será más conveniente, más aún si se prevén contactos ‘poco amistosos’. Allí pasaremos la noche, para partir nuevamente en la madrugada del día siguiente.

Son escasamente trescientas millas romanas las que navegaremos, pero los pasos por las Islas del Mare Ægeum deben realizarse con mucho cuidado, pues sus bajos marinos son casi impredecibles, por lo cual la luz del día es fundamental; así es que no navegaremos sin ella.  Este mar no es como nuestros preciados Thyrrehnum y Adriaticum con rutas muy definidas y seguras; navegables en la noche tan solo con luz de Luna. 

Pero si se trata de navigâre, el Præfecto Abdera y yo lo hemos hecho juntos como nadie, en centenares de miles de millas romanas, en los diez mares del Mare Nostrum; desde el Balliaricum en Hispania, hasta las costas de Tiro y Sidón en Palestina; y desde Liguria en Italia hasta Ægyptus. Hemos atracado en cien puertos, bahías y golfos, sufriendo y gozando hasta lo indecible; y nos hemos deleitado con su fauna marina y sufrido sus torrenciales embates, hasta el cansancio. Treinta y tres años surcando el mar por el “Christus Mandatus”; iniciamos encomendándonos a Neptunus, Poseidón y Tritón, cuando éramos ‘gentiles paganos’; pero ahora, como Christiani, solo lo hacemos en el nombre de nuestro Señor Iesus Christi, “. . . Salvador de todos los hombres. . .”, como dice Paulus en sus Epístolas.






Mare Ægeum, Episcopâtus Ephesiens
Novembris I
LXVI Anno Domini

TRASLADO DEL APÓSTOL JUAN

La noche ha sido de calma total, sin novedades y con plena seguridad para nuestras tropas y naves; partimos nuevamente a la primera hora del día, para navegar nuestras últimas cien millas hasta atracar en las costas de Ephesus, situada a cuatro millas del mar; allí encontraremos al amado Apóstol Juan, a quien llevaremos a casa para su total recuperación. 

Los helénicos, especialmente los de las islas, son gente muy reservada en su trato para con los visitantes, por lo tanto, no me extraña en lo más mínimo que hayamos pasado ‘desapercibidos’ en nuestra navegación; aunque, una formación de once naves debiera despertar al menos curiosidad.  Ni de las islas ni en el mar hemos sido acompañados por los lugareños, aunque las velas de nuestras naves no sean romanas, sino plenamente identificables con el “Christus Mandatus”, esto es, azul celeste el fondo y azul añil la línea del pez.

Al mediodía costeamos las Islas de Samos (en donde también vemos a los primeros grupos de gente que nos saludan; seguramente Christiani que nos han identificado.  Inmediatamente después de comer, a la octava hora del día, atracamos enfrente de Ephesus.  Solo desembarcarán la mitad de los Legionarios de infantería, los soldados hastati y triarii que nos acompañan; aproximadamente dos centurias, divididas entre ocho Centuriones.  La formación y vestimenta, así como el alistamiento de armas, es en plan de ataque; que de ser necesario, será para aniquilación de los agresores.

Ephesus es una ciudad grande, con más de veinticinco mil personas que la habitan en forma permanente y una población flotante de más de diez mil; es un paso importante de caravanas venidas desde muchos y muy distintos lugares.  Dos Legiones Romanas tienen su base en esta ciudad; y por las guerras iniciadas por Nerón César contra los Partos, Ephesus es la cabeza de playa del Imperio en el Asia Menor, camino directo hasta Armenia, Mesopotamia y Partia.

A nuestra llegada, y sabiendo el Magíster Legionario del lugar la razón de nuestro arribo, no hay ni el asomo de recibimientos pomposos o festejos militares que demandan mi sola presencia; mi ‘visita’ no es oficial y además quiero regresar a Canea de inmediato.  La distribución de tropas se realiza de rutina, apostando grupos de vigías en el trayecto, hasta la casa que ocupa el Apóstol Juan en Ephesus.  Justo al momento en que nos detenemos frente a su humilde morada, un grupo de ‘Hermanos’ nos reciben con cánticos y alabanzas; una forma ‘muy peculiar’ de Evangelización de Iohannês Apostôlus; a gente que, como él mismo dice: “. . . Le hace falta la alegría de vivir. . .”; siendo así, capaces de cantar en griego “Las Bienaventuranzas del Señor” en su totalidad.
       ¡Alabado sea Iesus Christi!, Apóstol Juan, qué felicidad más profunda llena mi alma por verle con vida; saludo al Apóstol a mi llegada.
       ¡Shalom! Veritelius de Garlla, que la Paz de nuestro Señor Iesus Christi esté contigo; me responde el Hombre de Dios, parado al centro del atrium del modesto domus que habita, esperándome con los brazos abiertos.
       Pensé encontrarle en otras condiciones de salud, Apóstol Juan, le digo realmente sorprendido al verle sano del todo.
       No, Veritelius, los malvados de Satanás el Diablo no han podido más que el miracûlum del que he sido instrumento del Señor. 
Igual que le sucedió a Daniel el Profeta en tiempos de Nabucodonosor, cuando fue arrojado al foso de los leones en Babilonia; que ni siquiera uno de sus cabellos fue tocado por las bestias; o como aconteció a Ananías, Misael y Azarías, sus amigos, cuando fueron metidos en el horno ardiente y el Ángel del Señor bajó para protegerlos, de modo que ni sus vestiduras fueron afectadas por las voraces flamas. 
Así, yo, después de ser golpeado por mis agresores, fui sumergido en un caldero con aceite hirviendo tan grande, que hasta mis hombros quedaban tapados por el candente líquido; pero el Señor Dios Padre Todopoderoso y su amado Hijo, nuestro Señor Iesus Christi, mandaron su Sanctus Spirîtus para que protegiera mis carnes de fatal suplicio; el cual habría yo sufrido en nombre de Iesus Christi Salvador. 
Nada me ha sucedido, pues la misericordia de Dios ha querido que yo sobreviva esta afrenta del Demonio.
       ¡Aleluya. Aleluya, Aleluya! ¡Alabado sea Iesus Christi!, digo delante del Santo de Dios, tirado de hinojos a sus pies al percatarme de la inmensa demostración protectora de nuestro Dios y Señor con su amado Iohannês Apostôlus. ¡Qué gran dicha la suya el haber sobrevivido, Apóstol Juan! ¡Y la nuestra, también, porque todavía le tenemos con nosotros!
       Cuéntame, Veritelius, ¿a qué has venido a Ephesus?, pregunta con ironía el más joven de los Elegidos.
       Había venido a sacarle de este Gehena, mi señor; a llevarle a un lugar más seguro en donde se valore realmente quién es Usted; pero creo que una vez más el Señor Iesus Christi me ha demostrado lo errado que estoy en mis conclusiones.  Pero sea como fuere, este no es lugar para que Usted esté seguro y escriba todo cuanto debe escribir acerca del Evangelîum del Mashiaj; le contesto casi en confesión.
       Veritelius, tú no entiendes; y peor aún, no rindes tus pretensiones ante las abrumadoras evidencias que el Señor te pone enfrente.  Solo Su Voluntad es lo que importa, Veritelius; nada más en nuestra vida debe importar, sino hacer la Voluntad de Dios. Me responde enérgico el Santo de Dios.
       Iohannês Apostôlus, Usted tiene razón; soy más necio que lo que yo mismo a veces soporto.  Pero también Usted sabe que si el Maligno ronda por estos lugares, y es nuestra obligación apartarnos de las ocasiones del mal; y si Usted sigue aquí, finalmente triunfará el mal, representado por un sinnúmero de adeptos, sobre el Bien, que solo es su persona. 
En cambio, si Usted estuviese en Canea, en Creta, sus labores de Evangelización serían más fructíferas, Apóstol Juan.  Le digo, refutando.
       Veritelius de Garlla, te lo voy a explicar en tus propios términos: si el Comandante del ejército en el que estás te da una orden, ¿tú buscas cómo hacer para no cumplirla, o te aplicas en su ejecución?
       Señor, la respuesta es evidente.
       Pues Petrus Apostôlus, que es nuestro Comandante, ha decidido que yo sea su soldado raso en este lugar; para que yo apoye la labor de las Huestes del Señor precisamente en este lugar, no en otro ni en otro tiempo; sino aquí y ahora. Como en la militia, Veritelius; nosotros también somos Legionarios, pero lo somos de Iesus Christi, Amo y Señor de todas las cosas; Rey de reyes y Señor de señores.
       Consiento con Usted, Apóstol Juan; pero por favor, no se quede aquí en Ephesus; elija cualesquiera de las mil islas que tiene el Mare Ægeum, cuanto más pequeña mejor para su estancia y seguridad; permítanos resguardarle hasta donde nuestras humanas posibilidades lo pueden hacer, Señor; de alguna forma podremos ayudar.
       Ni tus soldados, ni tus planes dieron resultado, Cónsul Imperator; yo estoy vivo solo gracias a la Voluntad del Hijo de Dios, nuestro Señor Iesus Christi; no a acciones humanas. Me responde aún más enérgico.
       Con todo el respeto que Usted me merece, Iohannês Apostôlus, Usted nunca ha sido vigilado por mis hombres; quienes sí lo están, aún en contra de su voluntad, son los Apóstoles Petrus y Paulus, a quienes gracias a Dios, y solo gracias a La Voluntad del Señor, aún les tenemos entre nosotros para bien del Evangelîum.
 A todos, Apóstol Juan, absolutamente a todos nos tiene que quedar muy claro que la persecución que ha iniciado el César Nerón contra los Christiani, no es solo obra de un hombre, mortal e imperfecto; sino que está apoyado de forma abierta por el Príncipe de las Tinieblas, señor.  Es por ello que, y estoy de acuerdo con Usted, tenemos que ponernos en las Manos del Señor; eso está muy claro, pero también hemos de facilitar las cosas para la propagación del Evangelîum.  Si hoy muriésemos todos los Christiani, Apóstol Juan, ¿quién cumpliría el “Christus Mandatus”, señor; ese “. . . Id y predicada a todas las gentes. . .”?
       ¡¡Las piedras, Veritelius, si fuese necesario el Señor haría que las piedras predicaran el Evangelio a toda la gente!!.  Eso nos lo dijo Él claramente.
       Apóstol Juan, si eso es lo que puede pasar, entonces yo no tengo más nada qué hacer; me puedo morir en este momento, si el Señor quiere; soy demasiado viejo ya para esta pesada carga de preocupaciones y angustias que durante treinta y tres años he  llevado sobre mis hombros.
       ¡Que no haya desánimo en tus pensamientos Veritelius!, no son tiempos estos para desfallecer o vencerse; antes lo son para estar preparados y dispuestos para el Señor, para vencer al mal con el bien que hagamos.
       No me venzo, Apóstol Juan; yo fui formado en la militia, en un ambiente en donde la simple queja puede representar la muerte; solo le expongo mis razones para que me ayude a ayudarle, siempre con el favor de Dios.
       Llévame a Patmos, pues; que ése sea mi lugar de residencia para facilitarte las cosas.  Allá escribiré todo eso que tú quieres que escriba para Gloria del Señor.
       Gracias Iohannês Apostôlus; en verdad que voy a agradecer sus escritos, pues solo con ellos conocerán los Christiani de todos los tiempos la magnificencia de La Buena Nueva de nuestro Señor Iesus Christi.

¡Cómo me cuesta convencer a estos Hombres de Dios!, nada me daría más gusto que ser el Lugarteniente de Petrus Apostôlus, para que, en su ausencia yo tomase las decisiones debidas y todos los demás las acataran.  Pero el Christus Vicarîus no tiene un ‘Segundo al Mando’; es él y solo él quien ordena lo que se hace.

Paulus lleva ocho años ‘prisionero’ y han sido por mucho, sus mejores años de escritor y de predicador; sin perder tiempo en desplazamientos, ahora recibe a cientos de personas diariamente en su casa en Roma, como lo hizo en su estancia en Cesarea de Palestina durante cinco años; allá iban gente de todas las Congregaciones Christiani que él mismo fundó en Asia Menor, Macedonia, Hellas y Achaia.  Y Petrus Apostôlus tiene tres años en ‘arraigo domiciliario’ en el mismísimo infierno de la persecución, en Roma, y sigue predicando a un gran número de creyentes y prosélitos.  Eso es lo que se ha logrado ‘vigilándoles por su propia seguridad’, que vivan para bien del Evangelîum y de las nacientes y crecientes comunidades fundadas.


† † †


Orar sirve, oremos por nuestros Pueblos.

De todos ustedes afectísimo en Cristo

Antonio Garelli



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