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sábado, 12 de septiembre de 2026

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA (ÚLTIMA ENTREGA)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet

Riviera Maya, México; Marzo 6 del 2026.

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.

Tomado de la Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006


ÚLTIMA ENTREGA

CREO EN DIOS… EN JESUCRISTO… EN EL ESPÍRITU SANTO… EN LA IGLESIA… EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS… EL PERDÓN DE LOS PECADOS…

CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y LA VIDA ETERNA

B) LA FIDELIDAD DE DIOS: GARANTÍA DE RESURRECCIÓN

La Fe en la Resurrección surge en el Antiguo Testamento en un contexto martirial.  El justo perseguido remite su justicia a Dios, creyendo y esperando que Él restablecerá el derecho.  A quienes han sufrido por Dios, declarándose por Él ante los hombres, Dios no los abandona.  Esta esperanza martirial de Israel llega a su plenitud en el martirio de Cristo, en el testimonio supremo del amor de Dios en la muerte de cruz dado por Cristo Jesús.

El Padre sale como garante de la vida de sus testigos, de sus mártires; y a quien remite a Él su justicia, no queda defraudado, pues, “no permitirá que su Justo experimente la corrupción.” (Hc 2,27)  Así, como Job lo manifestaba:

Yo sé que está vivo mi Vengador

y al final se alzará sobre el polvo.

Tras mi despertar me alzará junto a Él,

y con mi propia carne veré a Dios.

Yo, sí, yo mismo, y no otro, lo veré;

mis propios ojos lo verán.

Job 19, 25-27

Es cierto que no sabemos representarnos ni explicarnos la resurrección de nuestra carne, pues “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1Co 2,9); pero esto no resta nada a la certeza de nuestra esperanza, que se basa no en nosotros, sino en la fidelidad de Dios.  La muerte no es capaz de destruir nuestra unión con Dios, tal como lo cantaba el salmista:

“Yo siempre estaré contigo,

Tú tomas mi mano derecha,

me guías según tus planes

y me llevas a un destino glorioso.

¿No te tengo a Ti en el cielo?

y contigo, ¿qué me importa la tierra?

Se consumen mi corazón y mi carne

por Dios, mi herencia eterna.”

(Sal 73,26)

Desde el tiempo de San Pablo, el hombre siente curiosidad por saber “¿cómo resucitan los muertos? Con qué cuerpo vuelven a la vida?” (1Co 15,35) La única respuesta que tenemos es la certeza de que seremos “los mismos, pero no lo mismo”; resucita el mismo cuerpo, la misma persona, pero transformados: “porque esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.” (1Co 15,50-53) “Todos resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen”, pero transformados y transfigurados por el Espíritu de Dios.

Se siembra lo corruptible, resucita incorruptible;

se siembra lo vil, resucita glorioso; se siembra débil, resucita fuerte;

se siembra cuerpo como de animal, resucita cuerpo espiritual.

(1Co 15,42.44)

La vida eterna es Dios mismo y el amor que Él nos da. Y siendo “Dios de vivos y no de muertos”, resucita a los muertos en fidelidad consigo mismo.  En su Hijo Jesucristo nos ha mostrado su fuerza de resurrección, es decir, ha aparecido ante nosotros como “Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son, para que sean.” (Rm 4,17)

La carne de los santos será transformada por la resurrección en tal gloria que podrá estar en la presencia del Señor, pues, “Dios transformará el cuerpo de nuestra humillación conforme al Cuerpo del Hijo de su Gloria” (Flp 3,21), que, estando sentado a su derecha, “Nos resucitó con Cristo y nos hizo sentar con Él en los cielos” (Ef 2,6), “… brillando como el sol y como el fulgor en el Reino de Dios.” (Mt 13,43) 

Ya San Pablo se sirve de la naturaleza, de la siembra, de la cosecha; del dormir o el despertar; con imágenes del poder de Dios para hacer surgir y resurgir la vida. Igualmente, los Padres de la Iglesia de los primeros siglos, no se cansan de comentar esos textos; y aportar ellos mismos –inspirados por el Espíritu Santo– nuevas consideraciones en sus prédicas y escritos.

La Palabra de Dios, La Tradición y El Magisterio de la Iglesia Católica, definen, fundamentan y cuidan El Credo, como símbolo de la Fe de la Iglesia. Desde el Siglo I, el Cristianismo ha estado ‘alimentado’ por la acción del Espíritu Santo en todos los que integramos El Cuerpo de Cristo en el Seno de la Iglesia. 

Esta ‘alimentación’ se ha dado con la denodada entrega de los santos en la ‘difusión’ de todo cuanto han recibido del Espíritu para el Pueblo de Dios.  La Resurrección de la Carne explicada por los Padres Patriarcales, es un ejemplo de esta ‘alimentación’ del Espíritu Santo.

 

Considerándolo bien, ¿qué cosa parecería más increíble –de no estar nosotros en el cuerpo– que el que nos dijeran que de una menuda gota de semen humano nacerán huesos, tendones y carnes, con la forma que los vemos?  Si no fuerais hombres y alguien, mostrándoos el semen humano y la imagen de un hombre, os dijera que éste se forma de aquél, ¿le creerías antes de verlo nacido?

Pues, aunque parezca increíble, así es… Ved, pues, cómo no es imposible que los cuerpos humanos disueltos y esparcidos como semillas en la tierra, resuciten a su tiempo por orden de Dios y se “revistan de incorrupción.  “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.”

SAN JUSTINO – Siglo II 

          TERTULIANO – Siglo III

“… Pero, ¿cómo –te preguntas– puede resucitar una materia totalmente disuelta? ¡Examínate a ti mismo, oh hombre, y te convencerás de ello! Piensa lo que eras antes de ser: ¡Nada, de lo contrario lo recordarías! Pues si tú eras nada antes de ser y serás nada cuando dejes de ser, ¿por qué no podrás resucitar de la nada por la Voluntad del mismo Autor, que quiso llegaras de la nada a ser? ¿Qué te acontecerá de nuevo? Cuando no existías, fuiste hecho. Nuevamente serás hecho cuando existas. Más fácil es hacerte tras haber existido, que hacerte sin existir.”

ÚLTIMA ENTREGA 

La Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

V V V

Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente también.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli

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