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jueves, 20 de agosto de 2026

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA IGLESIA - (56)

“La Felicidad es mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet 

Riviera Maya, México; Agosto 21 del 2026.

EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.

Tomado de la Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

 

CREO EN DIOS… CREO EN JESUCRISTO… CREO EN EL ESPÍRITU SANTO… CREO EN LA IGLESIA… CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS… EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS…

 

C) EL PERDÓN DE LA IGLESIA 

El cristiano confiesa “… Creo en el perdón de los pecados” en el interior de la fe de la Iglesia, en la que ha nacido a la vida cristiana, acogido desde el comienzo gratuitamente, con el perdón de sus pecados en el Bautismo. 

Su experiencia primordial, origen de su vida, es la garantía de su re-creación continua en el seno de la Iglesia por las “entrañas de misericordia de Dios Padre”.  Rajamin”, la palabra hebrea que traduce el término misericordia, hace referencia, no a las entrañas o al corazón, sino a la matriz.  El perdón misericordioso es renacimiento, recreación.

El perdón de los pecados se da primeramente en el Bautismo, gran Sacramento de la Reconciliación y del renacimiento del hombre pecador.  El Día de Pentecostés, como manifestación del Espíritu Santo, Pedro anuncia a Jesús Crucificado como Señor y Cristo; sus oyentes se sienten compungidos de corazón al descubrir la magnitud de su pecado a la luz de la Cruz de Cristo, y preguntan a Pedro y a los demás Apóstoles: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Convertíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo, para que se os perdonen los pecados; y recibiréis el Espíritu Santo.” (Hc 2, 37-38)

El Bautismo, según el doble simbolismo del agua, nos purifica del pecado, sepultando a éste, y nos hace renacer a una nueva vida.  Nos lava y santifica, nos infunde el don del Espíritu Santo, nos hace hijos de Dios y coherederos con Cristo en el Cielo.

La Pascua, fiesta del Bautismo, es el momento culminante de la vida de la Iglesia.  En su celebración, la Iglesia en lo general y cada cristiano en particular, se contempla a sí misma en presencia de Jesucristo, El Crucificado y Resucitado, como palabra del Perdón de Dios; como acontecimiento irrevocable de la reconciliación con Dios Padre, hecho presente en el memorial celebrativo por la Acción del Espíritu Santo en el interior de la misma Iglesia.  Por ello, desde su miseria, exultante por la misericordia de Dios, canta: “Oh feliz culpa que mereció tan gran Redentor.

El pecado cobra toda su profundidad ante la vivencia del amor grandioso de Dios.  El contraste da la dimensión al pecado, pero sin ofuscar el amor que es infinitamente más luminoso y esplendente.  El pecado, con su tenebrosidad, su oscuridad innata, no logra cubrir la luz del amor de Dios, sino que lo realza en plenitud.  Por ello podemos cantar hasta la culpa como lente potente para contemplar el amor de Dios.

El pecado se descubre desde el perdón y por ello los cristianos lo confesamos en el Credo: “Creo en el perdón de los pecados.” El perdón es el don que permite reconocer y confesar nuestro pecado.  Donde no hay perdón, no puede haber confesión del pecado; por ello, el pecado –germen de muerte– “permanece”. La palabra del perdón, en cambio, lleva a la experiencia gozosa de la conversión.

““Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya no tiene poder sobre Él.  Su muerte fue un morir al pecado para siempre, mas su vida es un vivir para Dios. También vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.”

Así nos enseña el Apóstol a estar muertos al pecado y vivos para Dios.  Bautizados en una muerte semejante a la suya, muramos al pecado; y resucitados por la subida de las aguas, vivamos para Dios en Cristo Jesús y no muramos más, es decir, no pequemos más, “pues quien peca morirá”.

Fieles a la profesión hecha en el bautismo, plantados en Cristo y resucitados con Él, “no reine el pecado en nuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus apetencias.  No ofrezcáis vuestros miembros como armas de injusticia al servicio del pecado.  Ofreceos más bien a Dios como muertos devueltos a la vida, y ofreced vuestros miembros con armas de justicia al servicio de Dios”. (Rm 6, 12-13)

 “El salario del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rm 6,23)”

San Basilio

La reconciliación del perdón llena de alegría a Dios y al pecador perdonado.  El pecador perdonado.  El pecador implora a Dios que le “devuelva el gozo y la alegría”.  Dios se complace en que ninguno de los pequeños del Reino se pierda. “Dichoso, pues, el hombre a quien Dios perdona su pecado.”  Por ello, quien ha experimentado esa alegría no desea perderla y comprende que el Señor, que perdona, diga: “No peques más.” (Jn 8,11)

La conversión va unida a la fe en el Evangelio; es Buena Noticia: “Convertíos y creed en el Evangelio.  Así predica Jesús y, para que lo mismo sea anunciado a todas las naciones, padece la muerte y resucita.  Así está escrito –dice a los Apóstoles– que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día; y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén.” (Lc 24, 46-47)

La Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

V V V

Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente también.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli

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Solo por el gusto de proclamar El Evangelio.

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