“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Junio 19 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
CREO
EN DIOS…
CREO
EN JESUCRISTO…
CREO
EN EL ESPÍRITU SANTO…
D)
ESPÍRITU SANTO:
DON DE CRISTO A LA IGLESIA
El
testimonio de San Basilio en su tratado Spiritu
Sancto es revelador:
“Separar al Espíritu del Padre y del Hijo es peligroso para el
bautizante e ineficaz para el bautizado.
Fe y bautismo son dos modos de salvación ligados e indivisibles. Se cree en el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo, así como se es bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Primero se confiesa la fe, que da
la salvación, siguiendo luego el bautismo como sello de nuestro
asentimiento.
Por lo demás, se recibe a
la vez “el agua y el Espíritu” (Jn
3,5), por ser doble la finalidad del bautismo: destruir “el cuerpo del pecado” (Rm 6,6) para que no produzca más “frutos de muerte” (Rm 7,5); y vivir en
el Espíritu para dar “frutos de santidad”
(Rm 6,22).
El
agua, recibiendo al cuerpo como en un sepulcro, ofrece la imagen de la muerte;
el Espíritu nos insufla la fuerza vivificante, sacando al alma de la muerte del
pecado, para renovar en nosotros la vida del origen.
Por
el Espíritu se realiza el restablecimiento en el paraíso, el ascenso al Reino
de los Cielos y el retorno a la filiación divina. Por medio de Él (el Espíritu Santo) podemos
llamar a Dios “Padre nuestro.”
San Basilio
De
Spiritu Sancto
…
Y después –de ser inmersos en el agua– se nos impone la mano con una oración de
bendición, para invocar e invitar al Espíritu Santo. Esta imposición de manos deriva de un rito
sacramental muy antiguo: aquél, con el que Jacob bendijo a sus nietos Efraín y
Manasés, hijos de José, cruzando sus manos mientras se las imponían sobre la
cabeza. (Gn 48,14) Aquellas manos,
puestas una sobre otra en forma de cruz, deberían prefigurar evidentemente a
Cristo y pre-anunciar ya entonces, la bendición que habríamos de recibir en
Cristo.
En
aquel momento desciende del Padre el Espíritu, para venir a los ya purificados
y bendecidos. Él descansa sobre las aguas del Bautismo, como si en ellas
reconociera su primordial morada (Gn 1,2), tanto más cuanto que quiso ya
descender sobre el Señor en forma de paloma –ave caracterizada por su sencillez
e inocencia, privada incluso de hiel– para mostrar la naturaleza del Espíritu
Santo. Por eso dijo el Señor: “Sed
sencillos como palomas.”
Esto
también se relaciona con una prefiguración ancestral: después que las aguas del
diluvio purificaron la antigua maldad humana, es decir, después del bautismo
del mundo, la paloma fue la mensajera enviada a anunciar a la tierra que la ira
de Dios se había calmado, regresando con una rama de olivo, símbolo de paz
hasta entre los paganos.
Heráclito y
San Cirilo de Jerusalén
Con razón San Pablo llama al Espíritu Santo Espíritu de Santificación (Rm 1,4); y en su momento los Padres de la Iglesia lo desarrollarán enseñando que la santidad consiste en la presencia del Espíritu Santo en el creyente, que lleva como consecuencia la inhabitación de la Trinidad en él.
El Espíritu Santo nos santifica infundiéndonos el espíritu filial en relación con el Padre, e incorporándonos al Hijo como hermanos y miembros de su Cuerpo. Y Jesús mismo nos dijo: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito.” (Jn 16,7)
En el Sacramento de la Confirmación, con la imposición de las manos se da el Espíritu Santo “para que el cristiano confiese el nombre de Cristo. Por eso es ungido en la frente, asiento de la vergüenza, para que no se avergüence de confesar el nombre de Cristo y en particular su cruz, que es escándalo para los judíos, locura para los paganos (y Salvación para los Cristianos).” Concilio de Nicea.
La Iglesia, fiel creyente gracias al Espíritu Santo que viene en ayuda de nuestra debilidad, eleva a Dios Padre en la Liturgia todas sus oraciones “por Jesucristo, nuestro Señor, en la comunión del Espíritu Santo”, concluyendo su Gran Plegaria en toda la Eucaristía con la única doxología posible:
Por Cristo, con Él y en Él
a Ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo Honor y toda Gloria
por los siglos de los siglos. Amén.
Y, por lo demás, tanto en la Liturgia Eucarística, en la Liturgia de las Horas, y en toda oración, la Iglesia no se cansa de alabar al Dios Uno y Trino:
Gloria al Padre, y al Hijo, y al
Espíritu Santo,
como era en un principio, ahora y
siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
E)
ESPÍRITU SANTO:
QUE HABLÓ POR LOS PROFETAS
En el lenguaje bíblico, espíritu significa, en primer lugar, viento, impulso, aliento de vida. El Espíritu de Dios es, por tanto, el impulso y aliento de vida: es el que todo lo crea, cuida y conserva en vida. Y, por encima de todo, es el que actúa en la historia, recreando la vida. En el Antiguo Testamento actúa sobre todo por medio de los Profetas. De aquí la nota que recogen casi todos los credos: “Habló por los Profetas.”
El Espíritu Santo, don de amor de Dios en persona, nos revela la verdadera realidad de la Creación y el sentido de la historia. A su luz, el creyente descubre que nada es superfluo ni trivial. Todo es don y gracia. Cosas y acontecimientos se transforman en huellas de Dios y de su Espíritu. Descubrirlo es sumergirse en el gozo del Espíritu y vivir en acción de gracias continua. La vida se hace bendición y Eucaristía.
Jesús resucitado sopla sobre sus Discípulos para que reciban el Espíritu Santo (Jn 20,21); este soplo de Jesús simboliza al Espíritu, que Él envía, como principio de la Nueva Creación. Su presencia sobre toda carne, sobre grandes y pequeños, jóvenes y viejos, judíos y gentiles es el signo del comienzo del Mundo Nuevo y de la misión de la Iglesia.
Esto es vivir en la Gracia de Dios, como nueva criatura, contemplando cómo “pasa lo viejo y surge cada día todo nuevo.” (Ga 6,15) La Gracia de Dios no es sino la experiencia de que, por el Espíritu Santo, el amor de Dios se derrama en nuestros corazones. La presencia viva del Espíritu Santo en el creyente, crea la presencia y la comunión con el Padre y con el Hijo. Así somos incorporados a la vida y al amor de Dios Trino, participando de su Divinidad.
El Espíritu nos otorga este gozo de la unión con Dios, haciéndonos experimentar nuestra filiación divina en lo más íntimo de nuestro espíritu: “El Espíritu y nuestro espíritu en acorde sintonía nos testimonian que somos hijos de Dios.” (Rm 8,16), suscitando en nosotros el clamor inefable y entrañable: “¡Abba, Padre!” (Rm 8,15).
F) DADOR DE VIDA
El Espíritu Santo es don de la nueva vida. Don del Padre y del Hijo. Por Él confesamos a Jesús como Señor y podemos decir Abba, Padre. Cuando Dios nos da su Espíritu, se nos da a Sí mismo: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.” Por el Don del Espíritu Santo recibimos la unión con Dios, participamos en su vida, somos hijos de Dios, con su misma naturaleza. (Rm 8,14)
Esto es posible gracias a que el Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, es Él mismo Dios. No es sólo un don, sino DADOR DE VIDA. No es sólo fuerza de Dios que nos permite actuar, sino Dios DÁNDOSENOS. No es algo, sino ALGUIEN. Por ello, “distribuye sus dones como Él quiere”; enseña y trae a la memoria, habla y ora; pero sobre todo, podemos no sólo perderle, sino también conquistarlo.
Los
Padres de la Iglesia de los primeros siglos, insistían repitiendo: “… si el Espíritu Santo no es Dios, Persona
como el Padre y el Hijo, entonces tampoco puede darnos la unión con Dios, ni
hacernos partícipes de la vida de Dios.
El Espíritu Santo es Don de Dios en Persona; Él es el dador de la vida
Divina.” El Espíritu Santo penetra, llena y mueve a cada cristiano. Renueva
la vida del creyente, siendo para Él el ámbito o esfera de una vida nueva, en
contraposición a la vida en la carne.
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
V V V
Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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Solo por el gusto
de proclamar El Evangelio.
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