“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Mayo 15 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
“El
Juicio Final” Capilla Sixtina Jesucristo y María (Detalle)
Michelangelo
Buonarroti
Ciudad
del Vaticano
CREO EN UN SOLO DIOS…
CREO EN UN SOLO SEÑOR JESUCRISTO…
SUBIÓ AL CIELO…
DESDE ALLÍ HA DE
VENIR A JUZGAR
A LOS VIVOS Y A
LOS MUERTOS
Con la Resurrección y Exaltación de Cristo Jesús se ‘inaugura’ el mundo nuevo, la nueva humanidad. Pero el Reino de Cristo se halla todavía en camino hacia su plenitud. En tanto, la Iglesia peregrina en la Tierra hacia la consumación final, viviendo en lucha contra los poderes del mal.
El Credo, Símbolo de la Fe de la Iglesia, mira con esperanza anhelante la consumación definitiva del Reino de Cristo, confesando que, ascendido a los cielos, y “Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.”
La esperanza del retorno de Cristo como juez de vivos y muertos forma parte de la Fe Cristiana. Todo hombre comparecerá ante Él para dar cuenta de sus actos. Desde el libro de los Hechos de los Apóstoles hasta el del Apocalipsis, en todos los kerigmas de la predicación apostólica se anuncia el juicio como invitación a la conversión. Dios tiene fijado un día para su realización, solo Él lo sabe; y nosotros sabemos que se presentará.
A) EL DÍA DE YAHVEH
Ya en el Antiguo Testamento el Juicio de Dios era un artículo de fe. Yahveh “sondea las entrañas y los corazones”, distinguiendo entre justos y culpables. Los justos escapan a la prueba y los culpables son castigados. A Dios confían los justos su causa como juez supremo. Los Salmos están llenos de las llamadas angustiosas y confiadas que le dirigen los justos perseguidos.
La propia historia de Israel está hecha de juicios salvadores de Dios contra sus opresores. El Éxodo es el juicio salvador de Dios contra Egipto y el Faraón que les oprimía con dura esclavitud. Múltiples y muy variados son los textos del Antiguo Testamento que narran algún “juicio salvador”. Pero Israel también ha experimentado en carne propia el juicio de Dios y están registrados muchos pasajes al respecto.
Pero en su juicio, Dios discierne la causa de los justos de la de los culpables: castiga a los unos para salvar a los otros. Dios es enemigo del pecado y, El Día de Yahveh, día de juicio, es día de fuego que destruye el mal. Ese día Dios reunirá a las naciones; entonces será la siega y la vendimia escatológica. Solo los pecadores deberán temblar, pues los justos serán protegidos por Dios mismo; los santos del Altísimo tendrán parte en el reinado del Hijo del Hombre.
El justo, ha puesto su confianza en Dios, apela al juicio de Dios suplicante: “Levántate, Juez de la tierra, da su salario a los soberbios.” Pero, ¿quién es justo ante Dios? “Si llevas cuenta de las culpas, oh Dios, ¿quién se salvará? Pero de Ti procede el perdón… mi alma espera en el Señor, porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; Él redime a Israel de todos sus delitos.” (Sal 130)
B) CRISTO JUEZ DE VIVOS Y MUERTOS
Con Jesús llega el Día de Yahveh. Los apóstoles son enviados a predicar y dar testimonio de que “Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hch 10,42; Rm 14,9; 2Tm 4,1; 1P 4,5). El Credo, fiel intérprete de la fe apostólica, confiesa que Cristo “De nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos.”
En el Nuevo Testamento, “el Día de Yahveh” pasa a ser el “Día de Jesucristo”, porque Dios le entregó el Juicio y le confió la consumación de la Salvación, y ese, precisamente, es el “Día de Cristo Jesús”, “El Día del Señor”. En la venida gloriosa del Señor Jesucristo se centra la esperanza de la comunidad cristiana. Esta venida –parusía del Señor– llevará a plenitud consumada la obra iniciada en La Encarnación, en la Muerte y Resurrección de Cristo.
En
sus “Exposiciones”, San Ireneo lo
asienta espléndidamente:
“Él
hará un juicio justo entre todas las criaturas.
Enviará al fuego eterno a los espíritus malvados, mientas que a los
justos y santos, que perseveraron en su amor, les dará la incorrupción y les
otorgará una gloria eterna… En la primera
venida fue rechazado por los constructores; en la segunda venida vendrá sobre las nubes, llevando el Día devorador
como un horno; golpeando a la tierra con la palabra de su boca y destruyendo a
los impíos con el soplo de su boca, teniendo en sus manos el bieldo para
purificar su era: recogiendo el grano en el granero y quemando la paja en el
fuego inexpugnable.
Por
eso el mismo Señor exhortó a sus discípulos a vigilar en todo tiempo con “las
lámparas encendidas, como hombres que esperan a su Señor”; pues, como en tiempo
de Noé hizo perecer a todos con el Diluvio y en tiempo de Lot hizo llover sobre
Sodoma fuego del cielo y perecieron todos, así sucederá en la venida del Hijo
del Hombre.”
San Ireneo
En el mundo, tal como nosotros lo experimentamos, se hallan el bien y el mal, los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas. Trigo y cizaña se hallan mezclados hasta el día de la siega. San Agustín ve toda la historia, desde el comienzo de la Creación hasta el Final de los Tiempos, como una lucha entre el Reino de Dios y el reino del mundo o del diablo; estos dos reinos se enfrentan entre sí y, al presente, estos dos reinos se hallan juntos y entremezclados.
Es más, en la medida en que se acerca el final de los tiempos, el poder del mal se exacerba contra Dios y contra la Iglesia. Pero el Juez en Cristo y, no solo juez, sino la norma, ‘el camino, la verdad y la vida’. Al final se manifestará que Jesucristo es el fundamento y el centro que otorga sentido a toda la realidad y a la historia. A su Luz quedarán juzgadas las obras de los hombres, pasando por el fuego para ver cuáles resisten y cuáles son abrasadas.
El juicio del último día significa, por tanto, que al final de los tiempos se hará presente la verdad definitiva sobre Dios y los hombres, la Verdad que es Jesucristo. “Mirando al que traspasaron, aparecerá quien está con Cristo y quien está contra Él.”
Una condenación rigurosa aguarda a los hipócritas, a quienes se han negado a escuchar la predicación de Jesús, a los incrédulos que, escuchando, no se han convertido; a quienes no acojan a sus enviados, que son enviados a las naciones “sin oro ni plata, ni alforja, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón”, “como los hermanos más pequeños de Jesús”, con quienes Él se identifica.
“Cristo es formado, por la Fe, en el hombre interior del creyente, el
cual es llamado a la libertad de la gracia, es manso y humilde de corazón, y no
se jacta del mérito de sus obras, que es nulo, sino que reconoce que la Gracia
es el principio de sus méritos; a éste puede Cristo llamar su humilde hermano,
lo que equivale a identificarlo consigo mismo, ya que dice: “cada vez que lo hicisteis con uno de estos
mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.”
Cristo
es formado en aquel que recibe la forma de Cristo; y recibe la forma de Cristo
el que vive unido a Él con un amor espiritual.”
San Agustín de
Hipona
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La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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Solo por el gusto
de proclamar El Evangelio.

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