“La Felicidad es
mirar hacia Dios, la tristeza es mirar hacia uno mismo.”
San Carlo Acutis,
Patrono de Internet
Riviera Maya,
México; Marzo 26 del 2026.
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE.
Tomado de la Colección
de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
A) DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS (2)
Descender
al infierno es bajar al lugar donde no resuena ya la palabra amor, donde no
puede existir la comunión; es la desesperación de la soledad inevitable y
terrible. Dios no puede dejar allí a Su
Siervo Fiel. De aquí que San Pedro
exclame en su kerigma el día de Pentecostés:
“A Éste, a quien vosotros matasteis clavándole en la cruz, Dios lo resucitó liberándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio.” (Hch 2,24ss)
También
el Papa Benedicto XVI comenta al respecto, en sus catequesis:
“Cristo pasó por la puerta de nuestra última soledad. En su pasión entró en el abismo de nuestro abandono. Allí donde no podemos oír ninguna voz está Él. El infierno queda, de este modo, superado; es decir, ya no existe la muerte que antes era un infierno. El infierno y la muerte ya no son lo mismo que antes, porque la vida está en medio de la muerte, porque el amor mora en medio de ella. Solo existe para quien experimenta la “segunda muerte”, es decir, para quien con el pecado se encierra voluntariamente en sí mismo.”
Para
quien confiesa que Cristo descendió a los infiernos, la muerte ya no conduce a
la soledad; las puertas del Sheol están abiertas. Con Cristo las tumbas se abren y los muertos
salen de los sepulcros, como lo narra San Mateo Apóstol y Evangelista:
“Se abrieron los sepulcros y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron; y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de Él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos.” (Mt 27, 52-53)
De igual forma, San Cirilo de Jerusalén, en su Catequesis sobre el Misterio Pascual, lo asienta con claridad total:
“Quien
murió y fue sepultado, bajó a los infiernos y subió con muchos. Pues, bajó a la muerte, y muchos cuerpos de
santos fueron resucitados con Él. ¡Quedó
aterrada la muerte, al contemplar Aquel muerto nuevo que bajaba al infierno, no
ligado a sus vínculos! ¿Por qué, oh porteros del infierno, os pasmasteis al ver
esto? ¿Qué sorprendente miedo se apoderó de vosotros? Huyó la muerte, y su huida
argüía terror.
En
cambio, salieron al encuentro los santos profetas: Moisés, el legislador,
Abraham, Isaac, Jacob, Samuel, David, Isaías y Juan el Bautista, preguntando:
“¿Eres Tú el que ha de venir o esperamos a otro?” ¡Ya están redimidos los
santos, que la muerte había devorado! Pues convenía que, Quien había sido
anunciado como Rey; fuera también Redentor de buenos anunciadores.
Y comenzó cada uno a decir: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está infierno tu aguijón? ¡Nos ha redimido el Vencedor!””
“Cristo,
vencidos los demonios adversarios, llevó como botín de su victoria a quienes
estaban retenidos bajo su dominio, presentando así el triunfo de la salvación,
como está escrito: “Subiendo a lo alto, llevó cautiva a la cautividad.” (Ef
4,8) es decir, la cautividad del género humano, que el diablo había tomado para
la perdición, Cristo la llevó cautiva, haciendo surgir la vida de la muerte.”
Orígenes
Desde tiempo muy antiguo se cantaba ya en las Odas de Salomón, una aseveración contundente: “La puerta de la muerte está abierta, desde que en la muerte mora la vida y el amor.”
El
Sheol me vio y se estremeció,
y
la muerte me dejó volver y a muchos conmigo.
Mi
muerte fue para ella hiel y vinagre y
descendí
con ella tanto como era su profundidad.
Los
pies y la cabeza relajó,
porque
no pudo soportar mi rostro.
Yo
hice una asamblea de vivos entre sus muertos,
y
les hablé con labios vivos para
que
no fuera en balde mi palabra.
Corrieron
hacia mí los que habían muerto,
exclamando
a gritos:
“¡Ten
compasión de nosotros Hijo de David,
haz
de nosotros según tu benignidad y
sácanos
de las ataduras de las tinieblas!
¡Ábrenos
la puerta, para que por ella salgamos hacia ti!
¡Seamos
salvos también nosotros contigo,
porque Tú eres nuestro Salvador.”
Oda
42 de Salomón.
La Colección de
Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE
LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafiti Ediciones – Bilbao España
2006
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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente
también.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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de proclamar El Evangelio.

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