jueves, 8 de enero de 2026

EL CREDO - SÍMBOLO DE LA FE. (14)

 

“La Felicidad es mirar hacia Dios,

la tristeza es mirar hacia uno mismo.”

San Carlo Acutis, Patrono de Internet

 

Riviera Maya, México; Enero 9 del 2026. 

EL CREDO,

SÍMBOLO DE LA FE.

Tomado de la Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

 

CREO EN DIOS…

CREO EN JESUCRISTO…

El Crucificado es el Hijo de Dios… (2)

Al fracasado, al que, colgado en la cruz, le falta un trozo de tierra donde apoyar su cabeza, al despojado de sus vestidos, al abandonado incluso de Dios, a Él se dirige el oráculo del Señor: “Tú eres mi Hijo.  Hoy, en este lugar, te he engendrado.  Pídeme y haré de las gentes tu heredad, te daré en posesión los confines de la Tierra.

Si los títulos de Cristo, Hijo del Hombre y Siervo de Yahveh se unifican en Jesús, lo mismo ocurre con los apelativos de Rey, Hijo de Yahveh.  En cuanto Rey, es Siervo; y en cuanto Siervo, es Rey.  Servir a Dios es Reinar, porque el servicio a Dios es la obediencia libérrima del Hijo.  La palabra griega pais une los dos significados: siervo e hijo.  Jesús es todo El Hijo, Palabra, Misión, Servicio.  Su obra desciende hasta el fundamento de su ser, identificándose con Él.  Y precisamente porque su ser no es sino servicio, es Hijo.

Quien se entrega al servicio por los demás, el que pierde su vida, vaciándose de sí mismo es el verdadero hombre, que llega a la estatura adulta de Cristo, crucificado por los demás.  En ese amor se da la unión del hombre y Dios: “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.” (1Co 3,23) 

La simultaneidad de Hijo y Siervo, de Gloria y servicio, la ha confesado y cantado San Pablo en la Carta a los Filipenses (2,5-11): “Cristo, siendo igual a Dios, no codició tal igualdad, sino que descendió a la condición de esclavo, hasta el pleno vaciamiento de sí en obediencia filial al Padre, por ello le exaltó a su derecha en la Gloria.

En conclusión, para el Evangelio de Juan, Jesús en sin más el Hijo y Dios es el Padre.  Y para Pablo, Dios es el Padre de Jesucristo.  La invocación Abbá –papá– es una de las pocas palabras que la comunidad cristiana conservó sin traducir del arameo, conservándola tal y como la pronunciaba Jesús, con toda la familiaridad e intimidad con Dios que ella supone.  Así, la comunidad cristiana afirmó que esta intimidad con Dios pertenecía personalmente a Jesús y sólo a Él.

Sería irrespetuoso para un judío y, por tanto, inconcebible, dirigirse a Dios con ese término tan familiar.  Fue algo nuevo e inaudito el hecho de que Jesús diese ese paso… La invocación de Jesús a Dios nos revela la espina dorsal de su relación con Dios.(J. Jeremías, o.c., p 29-38.)

Pero lo más inaudito, la buena y sorprendente noticia es que Jesús nos ‘amaestró’ para que también nosotros “nos atreviéramos” a dirigirnos a Dios de la misma manera, con la misma intimidad, llamándole: Abbá.

Y como dice San Cirilo de Jerusalén:

“Si a la confesión de Pedro sobre Jesús “como Hijo de Dios vivo”, el Salvador replicó con una bienaventuranza, confirmando que se lo había revelado su Padre celestial; quien reconoce, pues, a nuestro Señor Jesucristo como Hijo de Dios, participa de esta bienaventuranza. El que niega, en cambio, al Hijo de Dios, es infeliz y desgraciado.”

 

C) NUESTRO SEÑOR

Jesús, al vaciarse totalmente de sí mismo, en obediencia filial, se convierte en Señor de todo el universo.  El que no se apropia nada, sino que es pura relación con el Padre, se identifica con Él: es “Dios de Dios”, es el Señor ante quien se inclina reverente el universo.  El Cordero, degollado en obediencia al Padre como ofrenda por los hombres, es digno de recibir en la liturgia cósmica, el honor y la gloria del universo. (Ap 5, 9 ss)

Jesús es la imagen que Dios ha proyectado de sí mismo hacia los hombres y el espejo del hombre ante Dios.  El rostro de Dios brilla en Jesús y en Jesús se revela al hombre el verdadero ser del hombre.  Jesucristo revela qué es el hombre delante de Dios y qué es Dios para el hombre. Él es Hijo de Dios y es nuestro Señor.

Dice San León Magno, Papa:

“En Cristo hay una sola persona con una doble naturaleza, de modo que el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre no es más que “un solo Señor”, que tomó la condición de siervo por decisión de su bondad y no por necesidad.  Por su poder se hizo pasible, por su poder se hizo mortal… para así destruir el imperio del pecado y de la muerte.”

La Escritura expresa la resurrección y exaltación de Jesús con la confesión de fe en Cristo como Kirios: “Jesús es el Señor” (Rm 10,9; 1Co 12,3; Flp 2,11). Es la confesión de la comunidad cristiana: Maranathá: “Ven Señor”.  San Pablo llama Kirios al Señor presente y exaltado en la Gloria junto al Padre.  Exaltado a la derecha del Padre, estando también presente por su Espíritu en la Iglesia (2Co3,17), sobre todo, en la Palabra y en la Celebración Eucarística.  Así, con esa presencia, hace a cada cristiano servidor suyo.

La confesión de Jesús como Señor, forma parte del contenido más antiguo de la Tradición Bíblica y de la formación del Credo Cristiano.  Pablo encuentra esta confesión en las comunidades cristianas cuando se convierte a Cristo. (Hch26,16)   Es una fórmula litúrgica que se proclama como don del Espíritu Santo: “Jesús es el Señor”; es intercesión: Kyrie eleison –“Señor, ten piedad”– como intercesión es la conclusión de todas las oraciones litúrgicas: “Por Cristo, nuestro Señor.

De tal modo está unida la confesión de Cristo como Señor a la Celebración Litúrgica, que nos reunimos para celebrar “El Día del Señor”; y lo que celebramos, lo vivimos luego en la historia.  De aquí la invocación permanente del Señor –oración del corazón– de la Iglesia Oriental: “Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.” (Hch 2,21; Rm 10,13; Jn 20,28)

El Magisterio de la Iglesia Católica y todos los Cristianos reconocemos y confesamos que “para nosotros no hay más que un solo Señor, Jesucristo”

Fin del segundo folleto de la colección de

La Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente también.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli

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