“¡Señor,
auméntanos la Fe!”
Domine, adauge
nobis fidem
Riviera
Maya, México; Junio 21 del 2020.
Tomado de la Colección de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafite Ediciones – Bilbao España
2006
CREO
EN UN SOLO DIOS…
CREO
EN UN SOLO SEÑOR JESUCRISTO…
SUBIÓ AL CIELO Y ESTÁ SENTADO
A LA DERECHA DEL PADRE
D)
GARANTÍA DE NUESTRA GLORIFICACIÓN
La
glorificación de Cristo en su ascensión a los cielos nos abrió el acceso al
Padre. En Él podemos llegar al Padre “estando donde Él está y contemplando su
gloria” de Hijo Unigénito (Jn 17,24)
La
nube que ocultó a Jesús de la mirada de sus discípulos es símbolo de la
manifestación y presencia de Dios. Al entrar en la nube, Jesús entra en el ‘mundo de Dios’, en la Gloria de Dios. Pero, al mismo tiempo, esa nube manifiesta
que Jesús, por haber entrado en la Gloria de Dios, permanece junto a los
Discípulos con una presencia nueva, al ‘modo de Dios’.
El
Señor Glorificado continúa su obra en la Iglesia y en la Historia a través de
su Espíritu. Está presente en su Palabra
y en los Sacramentos; en la Evangelización y en el Amor que suscita entre sus
Discípulos, amor en la dimensión de la Cruz, más fuerte que la muerte.
Los
bautizados en Cristo, muertos y sepultados en las aguas con Él, participan
también de su Resurrección y Exaltación.
Pues, Dios “en Cristo nos hizo sentar en los cielos”, otorgándonos poder
sobre nuestros enemigos, asegurando al “vencedor” el poder “sentarse con Él en su trono” para
participar plenamente de su triunfo y “juzgar
a las naciones.” (Mt 18,28) “Al
vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo vencí y me senté
con mi Padre en su Trono.” (Ap 3,21) Pues, los fieles han sido liberador
por Dios del “poder de la tinieblas y
trasladados al Reino de su querido Hijo, en quien tenemos la redención y el
perdón de los pecados.” Nuestra verdadera vida “está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,1), como “ciudadanos del cielo.” (Flp 3,20)
Cristo,
el “Primogénito de entre los muertos” es la primicia de la gran cosecha, que en
la tierra espera su maduración para unirse plenamente a Él en la Gloria. Esto
es lo que bellamente nos dice Teodoro de Mopsuestia:
“Cristo fue primicia nuestra no
sólo mediante su Resurrección, sino también mediante su Ascensión a los Cielos;
asociándonos en ambas a su Gloria.
Esperamos, en efecto, no solo resucitar de entre los muertos, sino también
subir al cielo, para estar allí con Cristo nuestro Señor.
Así lo dijo el bienaventurado
Pablo: “El Señor mismo, a la orden dada
por la voz de un Arcángel y por la Trompeta de Dios, bajará del cielo; y los
que murieron en Cristo resucitarán primero; después nosotros –los que vivamos–,
seremos arrebatados con ellos sobre las nubes al encuentro del Señor en el
aire; y así estaremos siempre con el Señor.”(1Ts 4, 16-17)
Lo mismo afirma también en otro
texto: “Nuestra ciudadanía está en el
cielo, de donde esperamos como Salvador a nuestro Señor Jesucristo, que
transfigurará este cuerpo miserable, en un Cuerpo Glorioso como el suyo.” (Flp
3, 20-21)
Así mostró que seremos conducidos
al Cielo, de donde vendrá Cristo nuestro Señor, quien nos transformará por la
resurrección de entre los muertos, nos hará semejantes a su cuerpo y nos
elevará al cielo, para estar con él por toda la eternidad.
Y también: “Sabemos que si esta tienda –que es nuestra habitación terrestre– se
desmorona, poseemos sin embargo para siempre en el cielo, en una casa que es de
Dios, una habitación eterna no hecha por mano humana.” (2Co 5,1)
El Apóstol añade luego: “Mientras estamos en el cuerpo permanecemos
alejados de nuestro Señor, pues, caminamos en la Fe y no en la visión; pero
llenos de confianza, esperamos salir de este cuerpo, para estar con Cristo.
(2Co 5, 6-7) Con ello nos enseña que, mientras estemos en este cuerpo mortal,
somos pasajeros alejados del Señor, porque todavía no gozamos efectivamente de
los bienes futuros, habiéndolos recibido sólo en la Fe.
Y no obstante esto, abrigamos una
gran seguridad de lo que ha de venir y, con mucho interés, esperamos ese
momento, en el que nos despojaremos de la mortalidad de este cuerpo,
haciéndonos inmortales por la resurrección de entre los muertos; y estaremos
después con nuestro Señor, como quienes desde toda la duración del mundo
estaban alejados y esperaban unirse a Él.
Orar sirve, es bueno para nuestra alma y
nuestra mente.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
También me puedes seguir en:
Solo
por el gusto de proclamar El Evangelio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario