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sábado, 20 de junio de 2020

EL CREDO DE LA IGLESIA CATÓLICA - SUBIÓ AL CIELO (3)


“¡Señor, auméntanos la Fe!”
Domine, adauge nobis fidem


Riviera Maya, México; Junio 21 del 2020.


Tomado de la Colección de Folletos
EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA
P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.
Grafite Ediciones – Bilbao España
2006


CREO EN UN SOLO DIOS…
CREO EN UN SOLO SEÑOR JESUCRISTO…
SUBIÓ AL CIELO Y ESTÁ SENTADO
A LA DERECHA DEL PADRE

D) GARANTÍA DE NUESTRA GLORIFICACIÓN

La glorificación de Cristo en su ascensión a los cielos nos abrió el acceso al Padre.  En Él podemos llegar al Padre “estando donde Él está y contemplando su gloria” de Hijo Unigénito (Jn 17,24) 

La nube que ocultó a Jesús de la mirada de sus discípulos es símbolo de la manifestación y presencia de Dios. Al entrar en la nube, Jesús entra en el ‘mundo de Dios’, en la Gloria de Dios.  Pero, al mismo tiempo, esa nube manifiesta que Jesús, por haber entrado en la Gloria de Dios, permanece junto a los Discípulos con una presencia nueva, al ‘modo de Dios’. 

El Señor Glorificado continúa su obra en la Iglesia y en la Historia a través de su Espíritu.  Está presente en su Palabra y en los Sacramentos; en la Evangelización y en el Amor que suscita entre sus Discípulos, amor en la dimensión de la Cruz, más fuerte que la muerte.

Los bautizados en Cristo, muertos y sepultados en las aguas con Él, participan también de su Resurrección y Exaltación.  Pues, Dios “en Cristo nos hizo sentar en los cielos”, otorgándonos poder sobre nuestros enemigos, asegurando al “vencedor” el poder “sentarse con Él en su trono” para participar plenamente de su triunfo y “juzgar a las naciones.” (Mt 18,28) “Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo vencí y me senté con mi Padre en su Trono.” (Ap 3,21) Pues, los fieles han sido liberador por Dios del “poder de la tinieblas y trasladados al Reino de su querido Hijo, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados.” Nuestra verdadera vida “está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,1), como “ciudadanos del cielo.” (Flp 3,20)

Cristo, el “Primogénito de entre los muertos” es la primicia de la gran cosecha, que en la tierra espera su maduración para unirse plenamente a Él en la Gloria. Esto es lo que bellamente nos dice Teodoro de Mopsuestia:

“Cristo fue primicia nuestra no sólo mediante su Resurrección, sino también mediante su Ascensión a los Cielos; asociándonos en ambas a su Gloria.  Esperamos, en efecto, no solo resucitar de entre los muertos, sino también subir al cielo, para estar allí con Cristo nuestro Señor. 

Así lo dijo el bienaventurado Pablo: “El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un Arcángel y por la Trompeta de Dios, bajará del cielo; y los que murieron en Cristo resucitarán primero; después nosotros –los que vivamos–, seremos arrebatados con ellos sobre las nubes al encuentro del Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor.”(1Ts 4, 16-17)

Lo mismo afirma también en otro texto: “Nuestra ciudadanía está en el cielo, de donde esperamos como Salvador a nuestro Señor Jesucristo, que transfigurará este cuerpo miserable, en un Cuerpo Glorioso como el suyo.” (Flp 3, 20-21)

Así mostró que seremos conducidos al Cielo, de donde vendrá Cristo nuestro Señor, quien nos transformará por la resurrección de entre los muertos, nos hará semejantes a su cuerpo y nos elevará al cielo, para estar con él por toda la eternidad. 

Y también: “Sabemos que si esta tienda –que es nuestra habitación terrestre– se desmorona, poseemos sin embargo para siempre en el cielo, en una casa que es de Dios, una habitación eterna no hecha por mano humana.” (2Co 5,1)

El Apóstol añade luego: “Mientras estamos en el cuerpo permanecemos alejados de nuestro Señor, pues, caminamos en la Fe y no en la visión; pero llenos de confianza, esperamos salir de este cuerpo, para estar con Cristo. (2Co 5, 6-7) Con ello nos enseña que, mientras estemos en este cuerpo mortal, somos pasajeros alejados del Señor, porque todavía no gozamos efectivamente de los bienes futuros, habiéndolos recibido sólo en la Fe.

Y no obstante esto, abrigamos una gran seguridad de lo que ha de venir y, con mucho interés, esperamos ese momento, en el que nos despojaremos de la mortalidad de este cuerpo, haciéndonos inmortales por la resurrección de entre los muertos; y estaremos después con nuestro Señor, como quienes desde toda la duración del mundo estaban alejados y esperaban unirse a Él. 

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Orar sirve, es bueno para nuestra alma y nuestra mente.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli





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Solo por el gusto de proclamar El Evangelio.

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