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jueves, 4 de diciembre de 2025

EL CREDO (07)

“Domine, mane nobiscum...”

San Cleofás en Emaús 

Riviera Maya, México; Diciembre 5 del 2025. 

EL CREDO,

SÍMBOLO DE LA FE.

Tomado de la Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

 

CREO EN DIOS

D) CREADOR DEL CIELO Y LA TIERRA

Igual que para el Antiguo Testamento, para Jesús Dios es Creador, que ha dado el ser a todas las cosas, las cuida y conserva.  La solicitud de Dios como Padre se nos manifiesta en toda la creación, en la hierba, en los lirios del campo (Mt 6,28) y en las aves del cielo (Mt 6,30). Hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos. (Mt 5, 45) Ni un solo cabello cae de nuestra cabeza sin que Él lo sepa y quiera (Mt 10, 20).

El cristiano puede confesar a Dios como Creador y, por tanto, que el mundo es bueno, si ha tenido un encuentro personal con Jesucristo, en quien conoce a Dios como “Aquel que resucitó a Jesucristo de entre los muertos y llama a las cosas que no son, para que sean.” (Rm 4, 17)

Dios Salvador es el Dios Creador

El Dios Salvador y Redentor, en cuanto experiencia vital existencial, es anterior al Dios Creador.  El mundo, como creación de Dios, es el lugar del encuentro de Dios y el hombre en el peregrinar de la Fe.  El mundo es el lugar de la historia del hombre y de la historia de la salvación de Dios.  La presencia de Dios hace que la historia del hombre en el mundo sea historia de salvación.

Confesar a Dios como “Creador del Cielo y de la Tierra”, quiere decir que todo el mundo, la realidad entera que envuelve y hace estar enclavado en el tiempo y en el espacio, es creación divina, obra de sus manos.  Buena, por tanto: “Y vio Dios que era bueno” (Gn 1) Buena y querida por Dios.  Este mundo ha brotado de la bondad y del amor de Dios: “Tú has creado el universo; por tu voluntad lo que no existía fue creado.” (Ap 4, 11)  Porque Él es bueno, existimos.” Sintetiza San Agustín.

La Creación: manifestación de la Gloria de Dios

Al ser la Creación obra de Dios, el mundo es una manifestación de la Gloria de Dios.  El canto a la creación, como aparece en los Salmos y en varios textos sapienciales de la Escritura, es un canto a la sabiduría de Dios, al poder de Dios, a la cercanía salvadora de Dios: “Los cielos cantan la gloria de Dios.” (Sal 19, 93)  En el cántico de los tres jóvenes (Sadrac, Mesac y Abednego), se convoca a toda la creación –cielo y tierra; sol, luna y estrellas; rocío, lluvia, relámpago y nubes; aves del cielo y peces del mar; a todo lo que existe– para que cante la Gloria de Dios.  (Dn 3, 16-30)

El liturgo que orquesta la sinfonía de alabanzas al Creador es el hombre, hasta el punto de poder decir “La gloria de Dios es el hombre viviente.” (San Ireneo)  La Gloria de Dios es la gloria de su Amor, que se complace en las laudes de su pueblo.  Y el hombre alcanza su plena realización y felicidad, no mediante la posesión y el placer, sino mediante la celebración, el agradecimiento, la alabanza y la bendición.  El hombre, puesto en medio de la Creación, cumple su misión en el mundo, llevando consigo todas las cosas al Sabbat, a la Eucaristía: “Todo es vuestro, y vosotros de Cristo; y Cristo de Dios.” (1Co 3, 22-23) Como bellamente dice San Ambrosio:

“El relato de la Creación se concluye con la obra excelsa de este mundo: la lograda creación del hombre… Es entonces cuando “Dios descansa de todo el trabajo que hizo.” (Gn 2, 2) Él reposó en el santuario íntimo del hombre… como Él mismo dijo: “¿Sobre quién descansaré, sino sobre el humilde y contrito que se estremece ante mi palabra?” (Is 66, 2) Yo doy gracias al Señor, nuestro Dios, por haber hecho una tal criatura en la que encontró su reposo.  Él creó el cielo, pero no leo en la Escritura que haya reposado; creó la tierra, pero no leo que haya descansado; creó el sol y la luna y las estrellas, y tampoco leo que se haya reposado.  Pero leo que “… creó al hombre y entonces descansó, teniendo en él a quien perdonar los pecados.”

Pero al confesar a Dios como “Creador de cielo y tierra”, declarando el señorío de Dios sobre toda la realidad, en el fondo estamos confesando que el mundo no es Dios, pues, todas las cosas creadas, como salidas de las manos de Dios, son buenas, pero ninguna es sagrada, divina o con poderes mágicos.

Absolutizar algo es idolatría, es caer en la vacuidad de los ídolos

La nueva creación

Si el creyente llega a la Fe en la Creación desde la experiencia salvífica de la Resurrección de Jesucristo, entonces ve la Creación como recreación, como una nueva creación; con “cielos nuevos y tierra nueva” (Ap 21, 1) que la potencia de Dios ya ha inaugurado al resucitar a su Hijo y que el cristiano espera que también consume en él. (1Pd 3, 13)

Dios crea siembre en novedad y abre las puertas al futuro.  Las grandes obras del pasado –vocación, elección, liberación, alianza, posesión de la tierra, construcción del templo, exilio con su retorno– se repetirán de una forma nueva y aún más maravillosa en el futuro.  En la plenitud de los tiempos, Dios levantará de nuevo a Israel y hará una nueva alianza, sellada con el corazón del verdadero Israel. (Jr 31, 31-33)

Dios, que creó todas las cosas por Cristo y en vistas a Cristo, recrea en Cristo su obra, que ha sido desfigurada por el pecado.  El núcleo de esta nueva creación, que implica a todo el universo, es el Hombre Nuevo, creado en Cristo para una vida nueva: “Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.” (2Co 5,17; Ga 6,15; Ef 2,15).  Este mundo, pues, está en tránsito.  Nada en él es estable, duradero; pasa la escena de este mundo con las riquezas, pasan los afectos, los llantos, las alegrías y también pasan las construcciones humanas.

Nuevos cielos y nueva tierra

Desde esta experiencia de nueva creación en la novedad de la vida, inaugurada con la resurrección de Cristo (y para cada cristiano, al incorporarse a Cristo con la Fe y el Bautismo), el creyente se abre, en esperanza, a la culminación escatológica (de las ‘realidades últimas), anticipada en el presente con las arras del Espíritu Santo.  San Pablo en su carta a los Efesios lo asienta con vehemencia:

En Cristo también vosotros, tras haber oído la Palabra de Verdad, el Evangelio de nuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia. 

La Creación, en el Plan de Dios, desde el comienzo, está orientada a la plenitud.  Al acabar la obra de los seis días, Dios descansó, creando el sabbat, el descanso.

Toda la Creación está orientada a la glorificación de Dios, a entrar en la libertad de los hijos de Dios, en la gloria de la plenitud del Reino de Dios. (Rm 8, 19-24)

La primera creación lleva ya en germen su tensión hacia el nuevo cielo y la nueva tierra.  Alcanzará su plenitud cuando Dios sea “todo en todo”; estando en el centro Cristo como cúspide o piedra angular de la Creación y de la historia: “Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas, celestes y terrestres, visibles e invisibles.  Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo y todo se mantiene en Él.” (Col 1,15-17)

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Fin del primer folleto:

“Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra.”

La Colección de Folletos

EL CREDO. SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA

P. Emiliano Jiménez Hernández, C.N.

Grafiti Ediciones – Bilbao España

2006

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Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente también.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli

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