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viernes, 24 de octubre de 2025

EL EVANGELIO SEGÚN ZAQUEO - FIN DEL LIBRO

“… Señor, quédate con nosotros...”

San Cleofás en Emaús 

Riviera Maya, México; Octubre 25 del 2025. 

LAS PÁGINAS QUE SE LEEN ENSEGUIDA, SON PARTE DE MI LIBRO

“El Evangelio Según Zaqueo”

(Antonio Garelli – El Arca Editores – 2004)

 

San Zaqueo de Jericó 

“Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.”

(Evangelio según San Lucas, 19,9-10)

 

Los tres años que siguieron a La Boda en Caná de Galilea, son bien narrados por todos los Evangelistas. Existen ya para conocimiento y cultivo de nuestra Fe en Jesús de Nazaret; yo nada tengo qué decir acerca de ellos, ni qué aumentar sobre lo ya escrito.

Juan y María vivieron juntos en Jerusalén, en donde por muchos años me di el gusto de visitarlos, convivir estrechamente con ellos y ser testigo de su perenne amor. Cuando terminé de redactar estos escritos, Juan era un hombre de apenas 27 años y María una bellísima mujer madura de 55. Yo era un anciano de casi 80 años de edad.

En muy pocas relaciones humanas se podía apreciar la Caridad traída del Cielo, como en el amor y la procura que se tenían María y Juan; ambos hacían pleno uso de la bendición dejada por Cristo desde la cruz: “…Ahí tienes a tu hijo…Ahí tienes a tu madre…” La esposa de Zebedeo, la madre de Juan, había muerto hacía muchos años y el joven Apóstol gustosamente cuidaba de la Madre del Maestro, ahora como suya.

Santiago, el hermano mayor de Juan (asesinado por el Rey Herodes Agripa I poco después de la Crucifixión del Señor, cuando lo mandó decapitar para asustar a los seguidores de Jesús de Nazaret), había dejado plena prueba de que los martirios no servirían para disminuir la entrega al Evangelio y su difusión. Juan seguía viviendo en la gran ciudad, en Jerusalén, y era protegido por una gran cantidad de personas, de las injusticias que las autoridades y gobernantes quisieran hacer con ellos.

María era la mujer más querida (por propios y extraños) de toda Judea, se había convertido en un signo muy importante en la propagación de la Buena Nueva. Todos acudíamos a María para obtener de ella cuanto recordara de su amadísimo Hijo; igual fuimos Leví, Pedro, Lucano y Yo, que judíos de la diáspora y gentiles venidos de todos los confines del mundo conocido.

Aquel maravilloso día de Pentecostés, todos nos encontrábamos reunidos junto con María y los Apóstoles a la venida del Espíritu Santo; a todos nos tocaron de sus dones, fueran de profecía, de ciencia, de curación o de consejo. Todos los que habíamos dejado nuestros bienes para beneficio de esta nueva comunidad naciente, y nos habíamos unido a los Apóstoles para la predicación del Mensaje de Salvación, compartíamos las experiencias de esta gran obra que estaba por iniciar su expansión, basada en el amor, de la cual María y Juan eran paladines representativos en cuerpo y alma.

Tan solo verlos era volver a tener presente al Maestro; a aquél galileo, que no lo era, que todos recordábamos con tanto amor; con cuya presencia habíamos recibido los Dones Divinos que siempre fueron ofrecidos a nuestros antepasados y que ahora gozábamos nosotros en cumplimiento de tal promesa.

Para mí fue impactante enterarme de la entrada como Rey a Jerusalén de Jesús de Nazaret; cómo fue vitoreado por esos cerrados incrédulos de la gran ciudad. Yo gozaba con las noticias que corrían rápidamente por toda Palestina, pasando por Jericó.

Fue estremecedor saber la celebración de la última Pascua del Mesías y al unísono la instauración de su Sagrada Eucaristía. Cuánto le pudo pesar al Maestro ser entregado como Cordero de Dios, en tan significativa fecha para Él y para Jerusalén. Pero cuán importante saber que sería la Victima de la Redención precisamente en el tiempo pascual. Jerusalén estaba abarrotada, igual que cuando la conoció aquél Divino Adolescente de 12 años de edad.

Y la aflicción mayor llegó a mí cuando me informaron de su aprehensión; hasta entonces yo había sido sordo a mi alma, ciego ante las evidencias, mudo ante el testimonio y cobarde en la acción.

¿Por qué nada hice cuando el Señor me perdonó? Por mi miseria humana, de la que no podía desprenderme por más que ya creyese en Cristo. Era el miedo a la pérdida de una estúpida posición material, terrena y pasajera; era el temor al compromiso de vida reclamado por el Maestro. Si tan solo hubiese yo sido menos egoísta, habría vivido intensamente esa última semana de mi Redentor, de Jesucristo mi Señor.

Bien sabe Él, que el mismo día de su muerte no hubo más Zaqueo de Jericó, Jefe de Publicanos. Todos sus Apóstoles, las Santas Mujeres y sus Discípulos son testigos de mi arrepentimiento sincero y entrega total el Evangelio a partir de su Crucifixión. Con Jesucristo en la Cruz murió de igual forma el arrogante Zaqueo, para que naciera este nuevo hombre al que ya nadie conoció, para escarnio de su soberbia anterior. Y no escribo todo esto como justificación, si no como pleno acto de contrición para con ustedes, que lo leerán con posterioridad. Cristo nos perdonó y salvó a algunos con anterioridad a la Cruz; a muchos durante la Cruz y a todos después de la Cruz. Aquel Jesús de Nazaret que hospedé en mi casa el último sábado de su vida, cambió mi vida; pero yo tardé en aceptarlo.

Aquel Jesús de Nazaret que tan claro dijo de mí:

“…Ciertamente que el día de hoy ha sido día de salvación para

esta casa; pues que también éste es hijo de Abraham…”

para que de inmediato abrazara yo esa salvación y le siguiera; ya no era más un hombre impresionante como yo le había observado, ahora era mi Dios y Salvador aún que yo le hubiese retardado.

¡Bendito sea Jesús de Nazaret, Jesucristo mi Señor, el Cristo Redentor!

¡Bendito sea Jesús, Verdadero Dios y Verdadero Hombre, que estuvo conmigo y me llamó por mi nombre!

 

Tomen nota de cuanto les he narrado, pues es fiel de Cristo Resucitado.

  

Fin del libro.



 

Ʊ + Ω

 

Orar sirve, nuestra alma lo agradece y nuestra mente también.

De todos ustedes afectísimo en Cristo,

Antonio Garelli

 

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