LAS PÁGINAS QUE SE LEEN ENSEGUIDA,
SON PARTE DE MI LIBRO
“El
Evangelio Según Zaqueo”
(EL ARCA
EDITORES)
Una muy personal forma de ver,
La Vida Humana de Dios Hecho Hombre.
“Santifícalos con
La Verdad.
Tu Palabra es La
Verdad.”
Ciudad de
México, Marzo 10 del 2019.
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JOSÉ DE NAZARET
Cierto es, Jesús
fue hijo de José, el carpintero de Nazaret; pero una cosa sí les puedo
asegurar, nunca en su vida hizo una silla, una mesa o una banca. Este hombre no era para esas cosas, este era
un verdadero conocedor y “disfrutador” de cuanto Dios hizo para los
hombres. Jesús amaba caminar por el
campo; platicar con las aves, admirar las flores, las plantas y los árboles;
deleitarse con el trabajo de sembradores, cosechadores y jornaleros. A Jesús le
encantaba recorrer e camino entre Nazaret y el Lago de Genesaret. Lo hacía muy a menudo, salía temprano en la
madrugada y llegaba al lago justo a momento en que el sol subía por las
montañas de la ribera oriental, bañando con su luz de vida todo cuanto allí
habitaba.
Jesús
no fue ni niño, ni joven, ni hombre de taller.
Jesús fue Toro con alas (Lucas); fue León alado (Marcos); fue Águila
(Juan); fue Ángel (Mateo). Ni se lo
imaginen metido en su casa o en el taller de José. Él no era de ese estilo. Por supuesto que ayudaba; siempre estuvo
sujeto y obediente a cuanto se le asignara o se le pidiera hacer. Pero él tenía su propio estilo, su forma
única de ser; su manera de vivir con toda intensidad la vida como hombre.
A
Jesús le encantaba caminar entre los campos repletos de trigo por ser
cosechado; amaba observar a las aves en una higuera o en un cedro; gozaba ver
corretear por el desierto empedrado de su pueblo a las zorras; le deleitaban
las parvadas revoloteando en el atardecer del campo. Jesús esperaba al lucero de la mañana para
platicar con él; y al sirio de la tarde para despedir su día. Era capaz de tener admiración inclusive por
las piedras, grandes o pequeñas, próximas o lejanas.
Se llenaba al
hablar con la gente. Con todos por
igual; ya sea que se tratara de niños, jóvenes, hombres, doctores o
ancianos. Se sentía muy realizado cuando
alguien le buscaba para platicar con él, para consultarlo o simplemente para
hacerlo hablar. Fue de esos diálogos
constantes con todo tipo de personas que llegó a conocer tan profundamente la
condición humana; fue de ahí de donde palpó el sentido de pecado en e hombre;
fue con eso con lo que preparó el camino de su ministerio.
Pero
ante todo Jesús, el Hijo de Dios, Dios Él mismo; amaba hablar con su
Padre. Amaba orar durante largas horas
en la soledad de la noche, en el silencio de monte en lo apartado del mundo.
Cuántas
y cuántas veces subió e Monte Tabor, que era su preferido, para renovar su
contacto con Dios, con el Padre, consigo mismo.
En estas constantes “escapadas” hacia los lugares solitarios y apartados
vivió en carne propia las experiencias con la naturaleza que, unos años más
tarde, dejaría en sus sapientísimas “parábolas”.
Los Galileos y
Jesús se conocieron desde siempre.
Muchas veces se vieron en esas excursiones que Él realizaba hacia el
lago. Allí vió por primera vez a Simón,
a Andrés, a Juan y a Santiago. Los trató
en su vida diaria y en sus rutinas; los vio crecer, los vio afanarse, hasta los
animó en su trabajo.
Pero lo más
importante es que ellos también lo vieron, también lo conocieron y se dieron
cuenta de cómo se fue transformando de un simple niño, muchacho y hombre, al
Rabboni que sería después. En ese trato
se ganó su respeto, su admiración y su amor.
No fue casual que cuando él los llamara, “...al instante dejaron todo y
le siguieron...” Simplemente estaban
reaccionando a algo que ya ‘se veía venir’, que tenían previsto, que era
evidente que pudiese suceder. Todos esos
viajes desde Nazaret hasta Betsaida, pasando por Tiberías, Magadán, Genesaret y
Cafarnaúm le dieron a Jesús la oportunidad de tratar a muchísima gente, y lo
mejor aún, toda diferente en sus costumbres, en sus formas de pensar, en sus
anhelos, en su realidad.
Para
cuando Jesús tenía 10 años, la Provincia Romana de Palestina que formaban
Judea, Galilea, Perea, Samaria e Idumea, era un paso de comercio muy activo
entre Siria al Norte y Egipto al Sur.
Igualmente, las rutas que venían de Oriente hasta el Mar Grande (El
Mediterráneo o Mare Nostrum Romano),
traían una gran cantidad de personas, costumbres y cosas. Si bien Nazaret era un pueblucho perdido en
el centro de las montañas de Galilea, la siempre cosmopolita Jerusalén, la
refinada Cafarnaúm y la exclusiva Tiberías, le daban a Jesús la oportunidad de
experimentar con gente muy diversa.
Igual
nos sucedía en Jericó, siempre teníamos noticias frescas del acontecer del
Imperio en ese vasto mundo del cual podríamos decir que “éramos el centro” de
su devenir. Lo que fuera a parar a
Jerusalén, primero pasaba por Jericó. Lo
que finalmente llegaba del Oriente para el Lago de los Poderosos (Tiberíades),
primero lo palpábamos en Jericó. Yo por
ello no me movía de esta importantísima ‘ciudad de las murallas’ cuanto más pasaba,
más había que recaudar. Más y mejores
negocios que hacerse; y claro, más dinero y más poder.
José el carpintero
murió entrado en años; Jesús recientemente había iniciado su Ministerio. José tendría como 60 años, María menos de
45. Todos en Nazaret le recordaban con
gran aprecio y admiración; hombre de refinadas costumbres y ferviente seguidor
de los Sagrados Preceptos de Moisés y los Profetas, vivió junto con su familia
una vida de profunda religiosidad y apego a las costumbres más antiguas de los judíos.
Sabía su genealogía
desde el Rey David hasta su padre Elí, y sin embargo, jamás presumió sus
orígenes y menos aún su importante misión en la vida; ser el padre adoptivo de
Jesús. Un hombre de gran sencillez, de
pulcrísimo comportamiento y de una humildad que empujaba a hacer el bien. Por su devoción como judío, no dejaba pasar
la celebración de todas las Fiestas que marcaba la Ley. Cada año realizaban su viaje al Templo de
Jerusalén para la presentación de sus ofrendas y la Celebración de la Pascua.
Precisamente en uno
de esos viajes, es cuando Jesús Niño motivado por la profunda tradición de sus
padres José y María, se queda platicando en el Templo de Jerusalén con los
doctores de la Ley. Siempre he pensado
que el momento más angustioso de la vida de ambos, fue precisamente éste. Cuenta Lucano a detalle lo que había
acontecido; cómo hasta pasado el primer día María finalmente se preocupa de
dónde podrá estar el Niño y qué habrá podido estar haciendo. A mí no me cabe ni la menor duda de que este
evento debió habérselo contado a Lucano la mismísima María. Está tan exquisitamente tratado, que sólo
pudo haber sido como lo he dicho; María se lo contó, apoyada por el Ángel
Gabriel, su siempre protector.
¡Vaya,
perderse en una caravana no era difícil, pero n haberse dado cuenta que e Niño,
y precisamente ‘Este Niños’, durante 3 DÍAS NO HA SIDO VISTO, esto sí que debió
haber sido traumatizante para ambos,
María y José, tanto así, que después de ello nunca más volvería a suceder algo
siquiera parecido. ¡Y luego la respuesta
del chamaco! José ha de haberse postrado
en tierra delante de Él. “... No saben que tengo que ocuparme de las
‘cosas de mi Padre’...” El pequeño que creé que su hora ha llegado...
y tiene que empezar a trabajar. Así era:
ocurrente, inquieto, vivaracho, consciente, responsable; todo un Niño ‘venido
de Cielo’ para alegrarle la vida a unos papás primerizos e inexpertos y tan
humanos como os tuyos o los míos. Así
vivió Jesús sus primeros años como hombre, con anécdotas qué contar; con
experiencias que repetir y que evitar; con ocurrencias fuera de lugar, propias
de cualquier infante.
Esto le ocurrió a
José como a los cuarenta años de edad, y ya me supongo que ¡no debió habérselo
contado él a nadie! ¡Solo imagínense que
le hubiera pasado algo al Niño! ¡Que la
Divina Providencia no hubiese estado alerta durante toda a Humana Vida de
Jesús! Ahora que lo pienso solo puedo
decir. “Pobre José, ¡qué susto se
llevó! Yo solo con eso me muero”.
José
era un gran conocedor de la Ley y los Profetas, en su familia se hablaba
siempre de las Tradiciones y Mandamientos de la Ley. Él no desconocía del todo su papel como
‘padre adoptivo de Jesús’, además de aquélla ocasión en que (recién concebido
el Niño), el Ángel del Señor se le apareció en sueños, hubo muchos otros
momentos como esos durante toda su vida.
Constantemente era instruido por el Espíritu de Dios para guiar
correctamente a Jesús Niño. José
realmente fue un buen tutor para Él, que lo procuró, que lo educó y que lo amó
como si hubiese sido su ‘propio hijo’.
Él sabía cuáles eran sus ‘obligaciones’, qué hacer y qué no hacer. No pudo haber sido de otra forma: para ese
Gran Hijo, para esa Gran Mujer y Madre, sólo se podría ser un Gran Hombre, Esposo
y Padre.
¡Vaya
que sí sufrió su ‘papel’ José en esta Sagrada Familia! Primero tuvo que entender, aceptar y ejecutar
el momento de la Anunciación a María por el Ángel del Señor. Luego padecer todas las vicisitudes del
nacimiento de Jesús Niño, con todos los eventos ya señalados por los Cuatro
Evangelistas. Solo imagínense eso; todo
lo que trabajó en su casa de Nazaret haciendo la cuna, para que finalmente la
tuvieran que dejar allá mismo por el obligado viaje a Belén para el censo. Y luego de allí a Jerusalén, para la
presentación en el templo del Niño; y finalmente el viaje a Egipto para
librarse de Herodes.
¡Nada
más quiero que conjuguen todo este hacer en lo personal, en la propia vida de
cada uno! Reseñarlo es muy fácil,
haberlo vivido es otra cosa totalmente diferente; más aún si consideramos las
precarias condiciones económicas en las que siempre se vio José durante toda su
vida.
Pero así tenía que
ser. No me puedo imaginar a Jesús de
Nazaret naciendo en una pudiente familia de Galilea o de Judea. Ya fuera que se tratara de una de la ‘clase
religiosa dominante’ o en alguna de las nuestras, de los ‘despreciables
publicanos’, tan ricos, tan influyentes y tan poderosos en tiempo del Imperio.
Por supuesto que
José ‘jugó’ un papel importantísimo en la vida de Jesús de Nazaret. Fue la imagen perfecta para que el Niño
valorara un padre en la Tierra, contra Su Padre en el Cielo. Y no digo que pudiese haber comparación,
no. Lo que digo es que José fue un muy
digno representante de todos los hombres como padres, en este ruin y malvado
mundo que hemos hecho, en el cual tuvo que nacer, desde su Divina presencia, el
Hijo de Dios.
Cierto
es que José no le enseñó a leer a Jesús; pero sí lo instruyó en todas las
costumbres que como judío debería saber.
También es cierto que Jesús no aprendió de José toda la Ley y los
Profetas al detalle que Él llegó a dominarlos; pero sí aprendió de él a amar su
significado, a cumplirla y a transmitirla.
José, con su magnífico apego a toda La Escritura, enseñó con el ejemplo,
con la vivencia y con el testimonio, la mejor forma humana de obediencia a
Dios. Le mostró a Jesús en su persona y
con su propia vida, que sí había hombres que merecían la salvación; que no todo
estaba absolutamente perdido; que sí iban a merecer la pena sus sufrimientos
como hombre, su muerte como Cordero de Dios y su resurrección como Salvador.
Para
mí, un simple mortal que solo sirvió como un brevísimo ejemplo de
arrepentimiento en la Predicación del Señor, José tiene una muy grande
valía. José vale en la dimensión de
hombre, de educador, de ejemplo, en una palabra, de padre terrenal. Valioso en su aprobación como tutor del Niño
Dios; en su accionar como esposo de María, la Madre de Dios; en su merecimiento por haber cumplido
cabalmente cuanto le fue encargado desde el Cielo como esposo, como hombre y
como padre adoptivo de Hijo de Dios.
¡Bendito sea José!
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Orar sirve, es bueno para nuestra alma y
nuestra mente.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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