LAS PÁGINAS QUE SE LEEN ENSEGUIDA,
SON PARTE DE MI LIBRO
“El
Evangelio Según Zaqueo”
(EL ARCA
EDITORES - 2004)
Una muy personal forma de ver,
La Vida Humana de Dios Hecho Hombre.
“Santifícalos con
La Verdad.
Tu Palabra es La
Verdad.”
Ciudad de
México, Marzo 17 del 2019.
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CAPÍTULO II
MATEO, EL CRONISTA INICIAL
La
precisión con la que Mateo escribe su Evangelio, solo se debe a una cosa: Jesús
y él se conocían desde muy pequeños.
Debo decirlo; si solo Mateo hubiese escrito su Evangelio (y no los otros
tres), conoceríamos lo mismo acerca de Jesús de Nazaret. Pareciera que los de Marcos, Lucas y Juan no
fuesen necesarios. ¡Esa es la razón de
mi indignación contra Leví!, ¡Él pudo haber escrito mucho acerca de mí y no lo
hizo! Tuvo que llegar Lucano el
‘grieguito’, para que yo apareciera en tan Sagrados Escritos.
Mateo
era un hombre muy culto; su padre lo había enviado a estudiar a las sinagogas
de la culta Grecia y a Jerusalén. Allá
aprendió a escribir, hablar y leer en griego, en hebreo y en arameo. Pasó más de diez años de su vida fuera de su
casa, alejado de su familia para poder estudiar para Rabboni y continuar con
una tradición familiar que se remontaba muchas generaciones atrás de él. Si bien el padre de Mateo no era Rabí, sí lo
eran algunos de sus parientes y ese estado de influencia y poder no era
conveniente perderlo en la sociedad judía de estos tiempos. Jamás imaginaron Leví y su padre para qué se
usarían verdaderamente esos estudios y esa posición social alcanzada dentro de
su familia.
Mateo
fue el primero que escribió su Evangelio; lo realizó preferentemente para los
judíos. Pero ante todo lo hizo para que
nunca pasara inadvertida la vida de Jesús de Nazaret; para que todos
conociéramos ayer, hoy y siempre la obra de su redención. Por eso lo documenta tan ampliamente, para
que si queríamos la prueba de la Historia, la pudiésemos tener y no fuera ello
la falta de nuestra Fe. Por eso lo ubica
tan ricamente en los lugares en que se desarrolla el Ministerio del Señor. Claro, como buen galileo, detalla montes,
valles y lagos; nombres de hombres, de lugares y de cosas. Escribe pues, para todos; para que todos nos
ubiquemos en su narración, pero sobre todo, escribe para los poco amables
judíos que vivían en Palestina, para que pudieran comprobar sus dudas y sus
necedades.
Él es también el
que más escribe de José y no por casualidad, lo hace porque lo conocía, porque
sabía quién era y ante todo, lo manifiesta en sus escritos para dar
contundencia a sus declaraciones. Con la
figura del “esposo”, justifica desde el punto de vista de la Ley esa relación
natural del matrimonio de María y José, dándose con ello también el pleno
consentimiento de la Familia Humana de Jesús de Nazaret, algo muy importante
para los judíos.
Mateo es la base
para el Evangelio de Marcos quien a su vez lo es para el de Lucano. El nacimiento en forma y fondo; el
cumplimiento de profecías y costumbres; el inicio del Ministerio como Mesías;
la predicación, los milagros, las parábolas y las enseñanzas; todo tiene una
razón de ser en la narración de Mateo.
Nada sobra, nada falta.
Si él escribió de
José, es porque así debió haberse hecho; y si no escribió de Zaqueo, fue para evitar
el escándalo que seguramente se produciría entre los judíos si me hubiera
mencionado. Lo entiendo, pero no con
ello lo justifico. Y ¿por qué sí
escribió Lucano?; ah, por dos razones: primero, porque no era judío y citar a
un “publicano, pecador y odioso” no significaría mucho en su contra (y sí
posiblemente a su favor) en los que fueran a ser sus lectores, los gentiles, en
su gran mayoría; y segundo, porque María se lo pidió expresamente.
Y esto se entiendo
más claramente si vemos que Marcos, aquel “hijo” (adoptivo y en la Fe) de Simón
(Pedro), nunca menciona algo respecto de José.
¡Claro!, para los judíos de la gran Roma esos pequeños detalles de la
tradición, ya no importan. Lo que
interesa para ellos es Jesús como el Mesías, como Cristo, como el
Salvador. Reseñar algo de la “vida humana
de Jesús de Nazaret”, no es trascendente, ni divino; para él y para ellos no
tiene valor alguno. Para Mateo y para mí
sí. Simplemente baste decir que solo
quienes lo conocimos como hombre (y en esto Mateo mucho mejor que yo), podemos
aquilatar en toda su dimensión el hecho de su preparación como Mesías.
Y si José tiene su
razón de ser, María es la gran “realizadora” del Proyecto Divino de Salvación
del mundo. ¡Cómo esperaban todas las
doncellas de ese tiempo ser las “elegidas” de Dios! ¡A cuántos padres de ese tiempo conocí yo que
no querían dar en matrimonio a sus hijas para fueran la madre del Mesías! Por supuesto que sabían lo que iba a
ocurrir. Muchos de ellos eran “grandes
estudiosos” de tradiciones, profecías y acontecimientos; estaban muy al
pendiente de cómo se daría el cumplimiento de todo cuanto se había escrito
respecto del Salvador. Vivían buscando y
rebuscando cuanta información le diera mayor certeza de que ellos podrían ser
los “beneficiarios” de tan gran acontecimiento.
Era tal este deseo, que muchos ni siquiera eran de la Tribu de Judá y se
creían con posibilidades. Todas las
vírgenes judías se sentían con ese grandísimo honor. Bien sabían algunas, que ser la madre del
máximo Rabboni sería algo verdaderamente distinto.
Y
si se era judía, descendiente de la Casa del Rey David, la esperanza era aún
mayor. No sabían cómo sería, pero sabían
que sucedería. Era impresionante ver
cómo renacía aquella antiquísima costumbre de que las vírgenes vistieran de
blanco y azul celeste. Esto se había
perdido desde los tiempos de la gran esclavitud hecha por los caldeos. Los antepasados judíos que regresaron a
Babilonia se olvidaron de un gran número de tradiciones; y durante el tiempo en
que nacería El Salvador, los “estudiosos” y embaucadores cobraban grandes sumas
de dinero para “justificar la ascendencia judía de su familia”.
Mis hijas y mi
mujer reclamaban que yo también mandara a hacer las tales investigaciones. Cuando les dije que yo era de la Tribu de
Gad, me gané el desprecio de todas. ¡No
podían creer que yo tuvieran tantos amigos judíos, y no lo fuera! Mejor fue
así, de esa forma no gasté en balde mi dinero.
¡Pero María cubría
todo eso y más, mucho más! María era una gran mujer; parecía hecha con algo
diferente, que tan solo de carne y alma.
Parecía como hecha por la Mano de Dios.
Y no tan solo en su físico. Era
una mujer con todas las cualidades y bondades deseables. Era discreta, mesurada y prudente; era
sencilla, recatada y humilde; era en una palabra, única. Cuando Jesús nació en Belén, María apenas
rebasaba los quince años de edad. Tan
joven y con tanto que cumplir con su Divina elección. Nunca le fue fácil ser la Madre del Mesías,
del Salvador, de Dios. Para empezar ella
misma había de educarse para ser madre de una Rabí; y en este caso, del máximo
Maestro que existiría. Ella estaba
consciente de que al menos, tendría que enseñarle al Niño cómo desenvolverse y
comportarse en la Sinagoga, qué hacer cada Sabat,
cómo procurar su vida de cara a dios, a la Ley y a los Profetas. A María correspondió la altísima
responsabilidad de enseñar al Niño Jesús las miles del amor, que veces son
producidas por abejas ponzoñosas; la dulzura del perdón, que implica el olvido
total de la falta que nos arremete; el trato bondadoso a los demás, que elimina
el rencor de nuestro corazón. Fue María
la que con sus atenciones y entrega hizo vivir al Niño Dios las Virtudes como
humano, los Dones como hombre, la Gracia como mortal.
Es
cierto, Jesús de Nazaret recibió el Espíritu Santo el día de su bautismo, ¡pero
entonces tenía 30 años de edad! ¡Toda la
vida de gracia de su infancia, niñez y juventud, se les debe a sus padres, a
María y José!
Cuando Jesús se fue
a su Ministerio, María siempre estuvo junto a Él. Ella era la “organizadora” de todo cuanto el
Rabboni necesitara en bien de su trabajo.
Siempre estuvo con Jesús; se puede constatar en muchos momentos
Gloriosos de su vida: allí estaba en su primer milagro, en Caná de Galilea
durante la boda de uno de sus más íntimos amigos de Jesús, que sin embargo,
nunca le siguió. Allí estaba en los
momentos de sus curaciones y de su predicación.
Hubo hasta quien se llegó a confundir al verla presente en todo lugar y
ocasión, diciéndole a Jesús que “su madre le estaba esperando”, pensando que
era casual que los dos se encontraran en el mismo lugar. Allí estaba en sus viajes por toda Galilea
siendo testigo de la predicación de la Buena Nueva. Y tres años después, también allí estaría al
pie de la cruz.
Nadie como María
cubrió son su propia vida la entrega al Salvador. Nadie como María se entregó en cuerpo y alma
al Evangelio de su Hijo. María es la
primera en todo: en fidelidad, en donación, en desinterés. María sabía quién era su Hijo; no necesitó de
milagros para seguirlo. María sabía qué
predicaba este Rabboni; siempre lo escuchó, atendió y obedeció en sus
mandatos. ¡¡María llevaba 30 largos años
viviendo con Dios, para Dios y en Dios!!
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Orar sirve, es bueno para nuestra alma y
nuestra mente.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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Solo
por gusto de proclamar El Evangelio.
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