LAS PÁGINAS QUE SE LEEN ENSEGUIDA,
SON PARTE DE MI LIBRO
“El
Evangelio Según Zaqueo”
(EL ARCA
EDITORES)
Una muy personal forma de ver,
La Vida Humana de Dios Hecho Hombre.
“Santifícalos con
La Verdad.
Tu Palabra es La
Verdad.”
Ciudad de
México, Marzo 3 del 2019.
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IESUS
NAZARAO
Jesús
de Nazaret, (que en realidad deberíamos decir de Belén, porque efectivamente
allí nació), era un hombre cabal en toda la extensión de la palabra:
suficientemente alto, pero sin ser lánguido; suficientemente fuerte, sin llegar
a ser robusto; suficientemente varonil, sin ser bonito. Un Apolo, como decíamos en nuestros
tiempos. Era como cualquier judío de
buena familia: blanco, pero tostado por el Sol, de ojos grandes color oliva; de
facciones pronunciadas, mas no exageradas; pero ante todo, tenía una gran
presencia, una personalidad que impactaba.
Siempre seguro, siempre firme, siempre justo. Solo porque yo sé que era judío, de otra
forma, uno podría decir que era un Real Patricio del Imperio.
Ante
los cuerpos adefésicos de todos
nosotros, claro, Jesús se veía impresionante.
Ese día, el día que le conocí y que se hospedó en mi casa; cuando lo
tuve delante de mí, algo dentro de mi cuerpo se estremecía, como si quisiera
salir de ahí. Mi coronilla llegaba a su
pecho, escasamente. Yo tenía que
levantar por completo la cabeza para poder verle a los ojos; sernos, profundos,
como se veían dentro de mí. Las palabras
se me escaparon. Las manos me sudaban,
junto con la frente y el cuello. Y
pensar que yo solo quería verlo a los lejos... y resultó que lo tuve más cerca
que muchos.
Desde
que Mateo se fue con él, yo quise conocerlo; pero para un hombre “de mi
posición” no era tan fácil. Yo no podía
salir a buscar por todos los caminos, solo para verle; el qué dirán siempre hay
que cuidarlo. Mi área de recaudación
eran Samaria y Perea, con sede en Jericó.
De aquí no me movía por ninguna razón, primero había que atender las obligaciones
contraídas con los Señores de Roma, después lo que fuera. Además, Jesús pasaba la mayor parte del
tiempo en Galilea, que no era jurisdicción mía y en donde mi presencia no
hubiese sido bien vista. Por ello tuve
que esperar a que algún día viniera o pasara por Jericó.
Qué
bueno que sucedió así, porque no tan solo le vi; también le conocí y desde
entonces, también le amé.
Qué
lástima que ya no pude verle nunca más.
Qué pena que no se me hayan dado las cosas como yo las pensaba. Justo a partir de ese gran día, yo decidí
seguirlo. Nunca más le vi vivo. Ocho días después de haberse hospedado en mi
casa, le crucificaron.
Fue
en mi casa en donde narró la más bella y significativa de sus parábolas: Los
Talentos. Fue allí donde la página más
profunda del pensamiento cristiano se redactó.
Para mí, el Maestro del que todos hablaban, hizo acto de presencia con
toda su Sabiduría. Nunca he vuelto a
escuchar semejante narración con tanto significado y trascendencia.
Habló
de dinero en la casa de un acaudalado hombre rico. Hizo una perfecta analogía entre los bienes
recibidos por Mandato Divino y el más vil de todos los bienes que el hombre
puede generar, el dinero. Resaltó la
importancia de bien actuar ante las responsabilidades, en la mansión del hombre
más rico y con acuerdos más comprometedores de toda la comarca. Detalló el proceder que todos debemos tener
cuando somos solicitados para encargos ajenos y cómo se ha de tratar a dichos
encargados según sus resultados. Dejó
claro que cuanto poseemos nos ha sido dado por Dios y que hemos de hacerlo
producir en su Nombre para su alabanza y gloria.
Este
hombre que jamás en su vida compró algo; que solo en una ocasión tuvo una
moneda en sus manos (y ello solo porque le querían hacer caer en confusión y
error), puso de manifiesto conocimientos muy adelantados acerca del manejo de
los recursos financieros, en beneficio de causas nobles y del bienestar
común. Relacionó el dinero con lo bueno
y con lo malo; con la eficacia y la irresponsabilidad; con lo trascendente y lo
temporal. Y fue precisamente en mi casa,
la casa de un publicano, de un pecador, en donde dejó claro que ante el
arrepentimiento sincero del mal realizado y querido de enmienda, es posible
alcanzar el perdón.
Aquí,
en la casa de Zaqueo, Jesús, el Cristo, otorgó la salvación que es posible ante
Dios y escándalo ante los hombres. Aquí
dejó claro el punto de vista de lo Divino ante las posibilidades de todos por
llegar al Reino de los Cielos, partiendo de la contrición y el arrepentimiento,
en orden de alcanzar el perdón.
Ningún
otro de los ricos mencionados y tratados en el Evangelio recibió tal
consideración. Ni Lázaro, su gran amigo
de Betania; ni Nicodemo su influyente discípulo y Fariseo, ni el fiel seguidor
de Arimatea, José; ninguno de ellos, todos hombres acaudalados, fueron objeto
de las consideraciones Divinas de El Salvador.
Solo yo, Zaqueo de Jericó, quien hizo pública su contrición ante el
Señor, recibió la garantía de haber “salvado su alma”.
Solo
esto me anima para escribir a todos acerca de este Gran Hombre, Jesús de
Nazaret; que sepan que sí es posible alcanzar la Salvación, aunque se sea
pecador, aunque se tengan más de 50 años, aunque uno crea que no es posible.
Ese
día se llenaron todas las habitaciones de mi mansión. Llegó el Señor con todo “su séquito”: los
Doce Apóstoles, a muchos de los cuales yo conocía personalmente. Felipe, el de Betsaida; Tomás el arrebatado
judío de la Gran Ciudad, el de Jerusalén.
También me visitaba a menudo Judas, el Iscariote; el que era su
administrador, el que lo traicionó. Y a
Bartolomé el acaudalado betanita. A los
que nunca había yo visto, era a los Galileos.
Ese mismo día conocí a Simón y a su muy querido hermano Andrés; también
a Santiago y a Juan, los hijos del Zebedeo ese rico pescador que vivía en el Norte
de Tiberíades. Y a Simón el Cananeo; así
como a sus parientes: Judas Tadeo y Santiago el Menor. También estuvo Leví, y me dio mucho gusto
recibirlo de regreso. Además venía una
gran cantidad de personas que se decían “sus discípulos” o seguidores del
Rabí. Eran más de una centena de hombres
y mujeres en total. Todos fueron
alojados en mi casa; todos atendidos como dignos, solo por ser seguidores de
Jesús de Nazaret.
Pero
si la presencia del Señor era impactante, la callada estancia de su madre, María,
no era menos impresionante. Era la auténtica personificación de la clásica
madre judía de una Rabboni. Atenta pero sin protagonizar; firme, pero
discreta; amable, dulce y fresca como el rocío de las lilis en primavera. Y con ella sus inseparables compañeras y
amigas, siempre dispuestas a auxiliarla en lo que mandara.
Hermosa
toda ella, con una gracia superior a la humana; con semblante sereno y ojos que
semejaban una ventana del cielo. María
disponía todos los haberes que se le ofrecían a Jesús. Ella, solo ella cuidaba de las necesidades
del Maestro. Él predicaba, ella
atendía. Él impartía la Salvación, ella
procuraba sus cuidados. Desde siempre,
la madre del Rabí es la mujer más importante de la comunidad, más que la esposa
si es que éste se casara. Y en esta
comunidad deambulante, no era la excepción: María disponía.
Esa
tarde, esa noche y esa mañana, fueron lo más grande, feliz y maravilloso que
jamás sucedió en mi casa. Yo los recibí
a todos a la vez. Puedo decir que a
todos los primeros Santos, los tuve en mi casa.
Ʊ Ω Ʊ
Orar sirve, es bueno para nuestra alma y
nuestra mente.
De todos ustedes afectísimo en Cristo,
Antonio Garelli
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por gusto de proclamar El Evangelio.
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