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jueves, 7 de febrero de 2019

De mi libro: Veritelius de Garlla Apóstol Gentil - 77 - Entrega Final

Santifícalos con La Verdad.


Ciudad de México, Febrero 8 del 2019.


El escrito que a continuación se lee, es parte de mi libro:
Veritelius de Garlla, Apóstol Gentil
Historia Épica de Doce Escritores del Siglo Primero
y un Recopilador del Imperio Romano

77ª Entrega y penúltima


Novus Villa Garlla Canea Episcopâtus Cretiens
Iunius XIII
LXXIII Anno Domini

FELIZ MARTIRIO

Estamos partiendo hacia Roma, en donde me reuniré con toda mi familia: todos mis hijos e hijas, excepto Gallio, que nos verá desde el cielo.  Pero allí estarán Julio, mi hijo mayor, de sesenta y cuatro años de edad, honrosísimo héroe defensor del Imperio como Tribunus Legatus (retirado) de Europa, y su esposa; además de sus ocho hijos y diez nietos. También estará Octavio, de sesenta y un años, el hacendado italiano más apasionado de Roma; también irá su esposa, sus doce hijos y sus veinte nietos.  Allí, en Villa Veritas, donde vive Tiberio, de cincuenta y ocho años de edad, dignísimo Senador Romano; al que acompañarán su esposa, seis hijos y tres nietos.  En esta multitud, el gens Garlla continuará siendo un hecho de patris familia.

Pero también irán mis amadísimas hijas: Minerva, ya de cincuenta y dos años de edad, digna esposa, feliz madre de siete hijas, ¡todas mujeres!; y cuatro nietos; Vesta, de cuarenta y nueve años, con seis hijos e hijas, aún sin nietos; Diana, de cuarenta y seis años (que nunca habla de este tema para no tener que mentir acerca de su edad), con cinco hijos, todos varones, sin nietos aún y Venus, que ahora se llama Annæ Mariæ Iasabellæ y que nunca se casó, por ‘dedicarse a las cosas del Señor’, igual que Gallio.

Una gran familia, no cabe duda, que junto con mi amada esposa Lili, que se encuentra en Roma (pues se dedica a visitar a hijos e hijas durante todo el año), de ‘apenas’ ochenta y un años de edad, amadísima esposa, madre, abuela y bisabuela de un caudal de descendientes que ha procurado; en el más amplio sentido de la palabra, pues les protege y les gobierna.

La salida, por prudencia hacia mi persona, el anciano Cónsul Imperator, aún, es a la tercera hora del día; para asegurar una navegación segura.  Cuarenta remerii, mi escolta de doce Soldados Legionarios (con mi inseparable sombra-escolta, Tulio Méver), diez nautas y  Selenio Abdera, el sempiternus Præfecto de Navis, en la LiburnaSanctæ Mariæ Cæli III”, nuestro Bendito reducto marinûs.  El viaje será aprovechado también para atender la invitación que nos ha hecho el Papa Linus en esta breve cesación de hostilidades contra los Christiani en Roma.  Un lapso así hay que aprovecharlo, pues uno nunca sabe cuando se romperá; yo creo que los dormidos son los vasallos del Demonio, porque Satanás, de eso estoy seguro, nunca duerme.

El viento que nos impulse será producto de las ráfagas que se formen por las diferencia de temperatura entre la superficie marina, que estará muy caliente, y las intempestivas bocanadas de aire que lance el permanentemente cielo nublado.  Así me lo ha explicado Selenio; ya veremos qué sucede en realidad.
Es el primer viaje que hacemos juntos desde la batalla naval que tuvimos en el Mare Ægeum en el LXVI A. D., lo cual significa que he estado ocho años encerrado en Novus Villa Garlla Canea.  Sin embargo, el ‘encierro’ no se siente, pues en este maravilloso lugar siempre hay visitantes y correo, mucho correo; que le hace a uno ‘como estar en el lugar’ desde donde llegan las noticias.  No todas buenas, es cierto; algunas son peores, también es cierto; pero yo ‘vivo’ cada evento que nos narran todos los que colaboran con el “Christus Mandatus”, lo cual agradezco profunda y sinceramente a Dios nuestro Señor; pues, seguro como estoy, y de la misma forma en que ha sucedido conmigo, todos los seres humanos que lean las decenas de miles de hojas de papirus que contiene nuestra Bibliothêca en el Palacio del Episcopâtus Cretiens, podrán ‘transportarse’ a los lugares, con los personajes y en las situaciones que se describen en cada ocasión.

Muchos de esos escritos, la gran mayoría de ellos, no tan solo lograrán esa única ‘transportación’ en el tiempo, la forma y el espacio; sino que con ellos, además, podrán ‘elevarse’ en ‘espíritu y verdad’ aún hasta la presencia del Señor, pues todos éstos son: “Verbum Deus”, “Verbum Domini”.  Algo que podríamos nombrar como , como dicen los helénicos; Theologîa, como decimos en Latín.  Y esto no como un racional estudio humano, sino como la bondad infinita de Dios en darnos a conocer Su Voluntad a través del Paraclîtus, el Sanctus Spirîtus que ha inspirado a todos los escritores, los Santos de Dios.

La flecha que tengo inserta en mi garganta desde hace ocho años, es mucho menos dolorosa que el recuerdo, que hace que se muevan en mí las quince dagas que tengo clavadas en mi corazón: Esteban y Sant Iacob; Bartolomeo Natanael, Felipe, Mathêo y Tadeus Tarquinii (mi asistente); Santiago el Menor y Andrés; Petrus, Paulus y Gallio (mi amado hijo); Judas Tadeus y Simón de Caná; Matías y Tomás el Dídimo. Todos mártires que han regado con su bendita sangre las semillas del Evangelîum.


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Hasta este párrafo dictó a sus scriptôris y traductoris Veritelius de Garlla, Plenuspotenciarius del “Christus Mandatus” a quien todos conocieron también como “El Apóstol Gentil”; y a quien yo llamaba, “El Recopilador de El Señor”.  A partir de aquí, soy Silenio Abdera, el único ser humano que estuvo en todos los viajes que este paladín de La Palabra realizó.


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No habíamos recorrido ni cien millas; aún no era mediodía, cuando empezaron los gritos desaforados de los vigías de mástil:
       ¡Navis a proa!, son muchísimas, Præfecto, ¡ni se pueden contar!
       ¡Navis a popa!, son toda una flota, Præfecto.
       ¡Navis a estribor!, ¡son decenas Præfecto!

Eran más de cincuenta embarcaciones y nos estaban rodeando con facilidad; nosotros viajábamos solos; el Cónsul Imperator había prohibido la escolta de naves.  Al instante salió él de su camarote, acompañado de Tulio Méver, su guardaespaldas; y me dijo:
       ¡Nada de guerra, Silenio, vienen solo por mí! ¡No quiero que ninguno de ustedes muera!, ¡¡ni uno solo!!
       ¡Señor, todos moriremos con Usted, si es necesario!, le contesté eufórico.
       ¡Præfecto Silenio Abdera!, ¡obedezca mis órdenes!, retobó él al instante.
       ¡Sí, Señor; su voz es mi mandato!, le contesté; más como militar que como hombre, pues yo sabía que se presentaría lo peor.
       ¡Centurio Méver!, ¡Mi cathafracta y mi cassius!; le ordenó a su guardián.
       ¡Sí, Señor!, contestó el fiel soldado.

Por la formación que realizaron, nos dimos cuenta que eran helénicos; quizá muchos de los que no hundimos en el Mare Ægeum, en aquélla terrible batalla cerca de Patmos.  Se acercaron a menos de cien passus formando círculos concéntricos en más de cinco líneas de naves.  Una de ellas rompió la formación hasta emparejarse con la LiburnaSanctæ Mariæ Cæli III” y un iudaicus empezó a hablar:
       ¡¡Veritelius de Garlla!! Soy Abimelek de Lidda, Sumo Sacerdote de la Diáspora de Iudaicus que ahora vive en Athenæ y Salamania, porque Usted y sus hijos nos expulsaron de Yerushalayim hace tres años.  Hemos venido a reparar el agravio recibido y solo le queremos a Usted para que sea juzgado por nuestro Sanedrín en el exilio; pues es el culpable de las penas de nuestro pueblo. No queremos matar a nadie; solo queremos llevarle a Athenæ para su juicio.
       Lo que usted realmente es, Abimelek de Lidda, es un alborotador ex ius, un sedicioso fuera de la Lex Romana, que atenta contra la paz y la convivencia entre los pueblos y naciones del Imperio. 
Su Sanedrín es inexistente e ilegal para Roma y no tiene ninguna atribución para realizar procesos de justicia.  Usted es un asesino que se encubre en un mandato usurpador que le otorgó una Ley que ya no tiene vigencia ni en el plano humano, ni en plan Divino; pues Iesus Christi, con su Pasión, Muerte y Resurrección, la abolió al cumplirla cabalmente.
Usted es un títere de sus pasiones, de la voluntad demoníaca de fariseos y saduceos enfermos de vanagloria  y ansiosos de poder.  Si usted tuviese la Ley de su lado, Abimelek de Lidda, no estaría aquí en este momento, realizando acciones de salteador, apoyadas por la fuerza de muchos extraviados.
Si sus acciones fuesen legales, estaría en el Senado Romano reclamando sus derechos de acuerdo a la jurisprudencia Romana que nos da oportunidades a todos dentro del deber y el orden.
Usted lo que quiere es realizar un asesinato más en pos de satisfacer sus propias pasiones; y se ha encontrado a un anciano romano, servidor del Mashiaj, dispuesto a dar su vida por el Evangelîum; ese que ustedes no aceptan porque es contrario a sus descarriadas pretensiones humanas.  Bien dijo nuestro Señor Iesus Christi de los de su clase: “. . . Vosotros sois de vuestro padre el Diablo y los deseos de él queréis cumplir. . .”  ¡Ande Abimelek de Lidda, cumpla con sus mundanos anhelos! ¡Haga la voluntad de Satanás para quien trabaja y deje de escudarse en el Santo Nombre de Dios! ¡Ya Havá Wé Hayá, sea mi Juez y Iesus Christi su Hijo y mi señor, el Salvador de mi alma!
       ¡Ha profanado el Santo nombre de Dios! ¡Ni juicio necesita ya!, grita de repente el hombre iudaicus, levantando una cruz que tenía tendida sobre la cubierta de su embarcación. ¡Que muera por su profanación!, arenga a todos sus seguidores.

En ese momento empezaron a abordarnos de cuanta nave rodeaba la LiburnaSanctæ Mariæ Cæli III”; eran cientos de hombres armados con espadas de Achaia y escudos con la Estrella de David, símbolo de los zelotes iudaicus. A todos los que estábamos allí, nos sometieron con el uso de sus armas, hiriendo a algunos que ofrecían resistencia.  Pasaron la cruz desde la otra nave a nuestra liburna y tomaron por los brazos y piernas al Cónsul Imperator para amarrarle a ella.  Tulio Méver, en cumplimiento de su deber, se lanzó contra ellos, daga en mano, hiriendo de muerte a uno de ellos en el cuello.  De inmediato cayeron sobre él más de diez hombres, hiriéndole con sus lanzas.  En ese momento se oyó la orden de mi señor Veritelius de Garlla que gritaba:
       ¡Que nadie muera, Silenio!, ¡no les den el gusto a estos asesinos de mataros!  ¡Ellos se irán a la Gehena, ustedes conserven su vida para predicar el Evangelîum y alcanzar la Vida Eterna en el cielo!

Sujeto a la cruz con las amarras, llevaron al Cónsul Imperator a la popa de la liburna, y entonando un cántico en arameo, lo levantaron.  En ese momento, mi señor Veritelius de Garlla empezó a rezar con fuerte voz:
       Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea Tu Nombre.
Venga a nosotros Tu Reino; hágase Tu Voluntad. . .

Al unísono, todos le seguimos en su oración, con tal fuerza en nuestra voz, que callamos a los que cantaban; pues éramos más los que entonábamos a una voz el Paternostrer, que los que de ellos sabían el cántico.  Al terminar, oímos:
       ¡Elohim, Elohim! Recibe nuestra ofrenda que te hacemos con orgullo; gritó el ‘Sumo Sacerdote’ al momento en que, con un gran impulso, lanzaban la cruz al mar con el cuerpo de nuestro amadísimo Cónsul Imperator Veritelius de Garlla.

Todos nos quedamos pasmados, pues esperábamos oír el ruido causado por la cruz al momento del contacto con el mar; sin embargo, ni un solo sonido se escuchó; inclusive, los iudaicus se asomaron por la borda, pensando que el desdichado cuerpo de nuestro amo en esta tierra, hubiese quedado detenido en alguna parte de la liburna.  También yo me asomé y nada pude ver, pues ni siquiera las ondas de agua se percibían en la superficie.  Quedé atónito ante el acontecimiento; solo pensar en un milagro de Dios resuelve la incógnita: ni la cruz ni su cuerpo llegaron al mar.

Exactamente en la unión de los cuatro mares: El Ionicus, el Ægeum, el Mare Cretiens y el Mare Nostrum, fue inmolado Veritelius de Garlla, Cónsul Imperator, Plenuspotenciarius del “Christus Mandatus”; Apóstol Gentil; Deus Homo et servus Domini.  Aquí, en el mar que tantas veces surcó llevando y trayendo la Palabra de Dios, escrita por Sus Santos para la posteridad; para todas las generaciones de Christiani in sæcûla seculorum.  En este Mare Nostrum que sembró con la semilla de La Fe, La Esperanza y La Caridad, en cumplimiento de una orden del César Tiberio, al principio; y de un celo apostólico sin parangón al final, de plena entrega a nuestro Señor Iesus Christi.

Dios guarde en Su Gloria a tan ejemplar romano, primer Christiani gentil bautizado por Petrus Apostôlus, Christus Vicarîus; de quien recibió el Sanctus Spirîtus y su plenitud de vocación; en este día de su nonagésimo cuarto aniversario de nacimiento y cuadragésimo del “Christus Mandatus”.

¡Alabado sea Iesus Christi!


† † †


Orar sirve, oremos por nuestros Pueblos.

De todos ustedes afectísimo en Cristo

Antonio Garelli



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