Santifícalos con La Verdad.
Ciudad de
México, Febrero 8 del 2019.
El escrito que a continuación se lee, es
parte de mi libro:
Veritelius
de Garlla, Apóstol Gentil
Historia Épica de Doce Escritores del Siglo Primero
y un Recopilador del Imperio Romano
77ª Entrega y
penúltima
Novus Villa Garlla Canea Episcopâtus Cretiens
Iunius XIII
LXXIII Anno
Domini
FELIZ MARTIRIO
Estamos
partiendo hacia Roma, en donde me reuniré con toda mi familia: todos mis hijos
e hijas, excepto Gallio, que nos verá desde el cielo. Pero allí estarán Julio, mi hijo mayor, de
sesenta y cuatro años de edad, honrosísimo héroe defensor del Imperio como Tribunus Legatus (retirado) de Europa, y
su esposa; además de sus ocho hijos y diez nietos. También estará Octavio, de
sesenta y un años, el hacendado italiano más apasionado de Roma; también irá su
esposa, sus doce hijos y sus veinte nietos.
Allí, en Villa Veritas, donde vive Tiberio, de cincuenta y ocho años de
edad, dignísimo Senador Romano; al que acompañarán su esposa, seis hijos y tres
nietos. En esta multitud, el gens Garlla continuará siendo un hecho
de patris familia.
Pero
también irán mis amadísimas hijas: Minerva, ya de cincuenta y dos años de edad,
digna esposa, feliz madre de siete hijas, ¡todas mujeres!; y cuatro nietos;
Vesta, de cuarenta y nueve años, con seis hijos e hijas, aún sin nietos; Diana,
de cuarenta y seis años (que nunca habla de este tema para no tener que mentir
acerca de su edad), con cinco hijos, todos varones, sin nietos aún y Venus, que
ahora se llama Annæ Mariæ Iasabellæ y
que nunca se casó, por ‘dedicarse a las cosas del Señor’, igual que Gallio.
Una
gran familia, no cabe duda, que junto con mi amada esposa Lili, que se
encuentra en Roma (pues se dedica a visitar a hijos e hijas durante todo el
año), de ‘apenas’ ochenta y un años de edad, amadísima esposa, madre, abuela y
bisabuela de un caudal de descendientes que ha procurado; en el más amplio
sentido de la palabra, pues les protege y les gobierna.
La
salida, por prudencia hacia mi persona, el anciano Cónsul Imperator, aún, es a la tercera hora del día; para asegurar
una navegación segura. Cuarenta remerii, mi escolta de doce Soldados
Legionarios (con mi inseparable sombra-escolta, Tulio Méver), diez nautas y
Selenio Abdera, el sempiternus
Præfecto de Navis, en la Liburna “Sanctæ Mariæ Cæli III”, nuestro Bendito
reducto marinûs. El viaje será aprovechado también para
atender la invitación que nos ha hecho el Papa
Linus en esta breve cesación de hostilidades contra los Christiani en Roma. Un lapso así hay que aprovecharlo, pues uno
nunca sabe cuando se romperá; yo creo que los dormidos son los vasallos del
Demonio, porque Satanás, de eso estoy seguro, nunca duerme.
El
viento que nos impulse será producto de las ráfagas que se formen por las
diferencia de temperatura entre la superficie marina, que estará muy caliente,
y las intempestivas bocanadas de aire que lance el permanentemente cielo
nublado. Así me lo ha explicado Selenio;
ya veremos qué sucede en realidad.
Es
el primer viaje que hacemos juntos desde la batalla naval que tuvimos en el Mare Ægeum en el LXVI A. D., lo cual significa que he estado ocho años encerrado en Novus Villa Garlla Canea. Sin embargo, el ‘encierro’ no se siente, pues
en este maravilloso lugar siempre hay visitantes y correo, mucho correo; que le
hace a uno ‘como estar en el lugar’ desde donde llegan las noticias. No todas buenas, es cierto; algunas son
peores, también es cierto; pero yo ‘vivo’ cada evento que nos narran todos los
que colaboran con el “Christus Mandatus”,
lo cual agradezco profunda y sinceramente a Dios nuestro Señor; pues, seguro
como estoy, y de la misma forma en que ha sucedido conmigo, todos los seres
humanos que lean las decenas de miles de hojas de papirus que contiene nuestra Bibliothêca
en el Palacio del Episcopâtus Cretiens,
podrán ‘transportarse’ a los lugares, con los personajes y en las situaciones
que se describen en cada ocasión.
Muchos
de esos escritos, la gran mayoría de ellos, no tan solo lograrán esa única
‘transportación’ en el tiempo, la forma y el espacio; sino que con ellos,
además, podrán ‘elevarse’ en ‘espíritu y verdad’ aún hasta la presencia del
Señor, pues todos éstos son: “Verbum Deus”, “Verbum Domini”. Algo que podríamos nombrar como , como dicen los helénicos; Theologîa, como decimos en Latín. Y esto no como un racional estudio humano,
sino como la bondad infinita de Dios en darnos a conocer Su Voluntad a través
del Paraclîtus, el Sanctus Spirîtus que ha inspirado a
todos los escritores, los Santos de Dios.
La
flecha que tengo inserta en mi garganta desde hace ocho años, es mucho menos
dolorosa que el recuerdo, que hace que se muevan en mí las quince dagas que
tengo clavadas en mi corazón: Esteban y Sant Iacob; Bartolomeo Natanael,
Felipe, Mathêo y Tadeus Tarquinii (mi asistente); Santiago el Menor y Andrés; Petrus, Paulus y Gallio (mi amado hijo);
Judas Tadeus y Simón de Caná; Matías y Tomás el Dídimo. Todos mártires que han
regado con su bendita sangre las semillas del Evangelîum.
+ + +
Hasta
este párrafo dictó a sus scriptôris y
traductoris Veritelius de Garlla, Plenuspotenciarius
del “Christus Mandatus” a quien todos
conocieron también como “El Apóstol Gentil”; y a quien yo llamaba, “El Recopilador
de El Señor”. A partir de aquí, soy Silenio Abdera, el único ser humano que
estuvo en todos los viajes que este paladín de La Palabra realizó.
+ + +
No
habíamos recorrido ni cien millas; aún no era mediodía, cuando empezaron los
gritos desaforados de los vigías de mástil:
–
¡Navis a proa!,
son muchísimas, Præfecto, ¡ni se pueden contar!
–
¡Navis a popa!,
son toda una flota, Præfecto.
–
¡Navis a
estribor!, ¡son decenas Præfecto!
Eran
más de cincuenta embarcaciones y nos estaban rodeando con facilidad; nosotros
viajábamos solos; el Cónsul Imperator
había prohibido la escolta de naves. Al
instante salió él de su camarote, acompañado de Tulio Méver, su guardaespaldas;
y me dijo:
–
¡Nada de guerra,
Silenio, vienen solo por mí! ¡No quiero que ninguno de ustedes muera!, ¡¡ni uno
solo!!
–
¡Señor, todos
moriremos con Usted, si es necesario!, le contesté eufórico.
–
¡Præfecto
Silenio Abdera!, ¡obedezca mis órdenes!, retobó él al instante.
–
¡Sí, Señor; su
voz es mi mandato!,
le contesté; más como militar que como hombre, pues yo sabía que se presentaría
lo peor.
–
¡Centurio
Méver!, ¡Mi cathafracta y mi cassius!; le ordenó a su guardián.
–
¡Sí, Señor!, contestó el fiel
soldado.
Por
la formación que realizaron, nos dimos cuenta que eran helénicos; quizá muchos
de los que no hundimos en el Mare Ægeum,
en aquélla terrible batalla cerca de Patmos.
Se acercaron a menos de cien passus
formando círculos concéntricos en más de cinco líneas de naves. Una de ellas rompió la formación hasta
emparejarse con la Liburna “Sanctæ Mariæ Cæli III” y un iudaicus empezó a hablar:
–
¡¡Veritelius de
Garlla!! Soy Abimelek de Lidda, Sumo Sacerdote de la Diáspora de Iudaicus que
ahora vive en Athenæ y Salamania, porque Usted y sus hijos nos expulsaron de
Yerushalayim hace tres años. Hemos
venido a reparar el agravio recibido y solo le queremos a Usted para que sea
juzgado por nuestro Sanedrín en el exilio; pues es el culpable de las penas de
nuestro pueblo. No queremos matar a nadie; solo queremos llevarle a Athenæ para su juicio.
–
Lo que usted
realmente es, Abimelek de Lidda, es un alborotador ex ius, un sedicioso fuera
de la Lex Romana, que atenta contra la paz y la convivencia entre los pueblos y
naciones del Imperio.
Su Sanedrín es inexistente e ilegal para Roma y no
tiene ninguna atribución para realizar procesos de justicia. Usted es un asesino que se encubre en un
mandato usurpador que le otorgó una Ley que ya no tiene vigencia ni en el plano
humano, ni en plan Divino; pues Iesus Christi, con su Pasión, Muerte y
Resurrección, la abolió al cumplirla cabalmente.
Usted es un títere de sus pasiones, de la voluntad
demoníaca de fariseos y saduceos enfermos de vanagloria y ansiosos de poder. Si usted tuviese la Ley de su lado, Abimelek
de Lidda, no estaría aquí en este momento, realizando acciones de salteador,
apoyadas por la fuerza de muchos extraviados.
Si sus acciones fuesen legales, estaría en el Senado
Romano reclamando sus derechos de acuerdo a la jurisprudencia Romana que nos da
oportunidades a todos dentro del deber y el orden.
Usted lo que quiere es realizar un asesinato más en
pos de satisfacer sus propias pasiones; y se ha encontrado a un anciano romano,
servidor del Mashiaj, dispuesto a dar su vida por el Evangelîum; ese que
ustedes no aceptan porque es contrario a sus descarriadas pretensiones
humanas. Bien dijo nuestro Señor Iesus
Christi de los de su clase: “. . . Vosotros sois de vuestro padre el Diablo y
los deseos de él queréis cumplir. . .”
¡Ande Abimelek de Lidda, cumpla con sus mundanos anhelos! ¡Haga la
voluntad de Satanás para quien trabaja y deje de escudarse en el Santo Nombre
de Dios! ¡Ya Havá Wé Hayá, sea mi Juez y Iesus Christi su Hijo y mi señor, el
Salvador de mi alma!
–
¡Ha profanado el
Santo nombre de Dios! ¡Ni juicio necesita ya!, grita de
repente el hombre iudaicus,
levantando una cruz que tenía tendida sobre la cubierta de su embarcación. ¡Que muera por su profanación!, arenga a
todos sus seguidores.
En
ese momento empezaron a abordarnos de cuanta nave rodeaba la Liburna “Sanctæ Mariæ Cæli III”; eran cientos de hombres armados con espadas
de Achaia y escudos con la Estrella
de David, símbolo de los zelotes iudaicus.
A todos los que estábamos allí, nos sometieron con el uso de sus armas,
hiriendo a algunos que ofrecían resistencia.
Pasaron la cruz desde la otra nave a nuestra liburna y tomaron por los
brazos y piernas al Cónsul Imperator
para amarrarle a ella. Tulio Méver, en
cumplimiento de su deber, se lanzó contra ellos, daga en mano, hiriendo de
muerte a uno de ellos en el cuello. De
inmediato cayeron sobre él más de diez hombres, hiriéndole con sus lanzas. En ese momento se oyó la orden de mi señor
Veritelius de Garlla que gritaba:
–
¡Que nadie
muera, Silenio!, ¡no les den el gusto a estos asesinos de mataros! ¡Ellos se irán a la Gehena, ustedes conserven
su vida para predicar el Evangelîum y alcanzar la Vida Eterna en el cielo!
Sujeto
a la cruz con las amarras, llevaron al Cónsul
Imperator a la popa de la liburna, y entonando un cántico en arameo, lo
levantaron. En ese momento, mi señor
Veritelius de Garlla empezó a rezar con fuerte voz:
–
Padre nuestro
que estás en el cielo, santificado sea Tu Nombre.
Venga a nosotros Tu Reino; hágase Tu Voluntad. . .
Al
unísono, todos le seguimos en su oración, con tal fuerza en nuestra voz, que
callamos a los que cantaban; pues éramos más los que entonábamos a una voz el
Paternostrer, que los que de ellos sabían el cántico. Al terminar, oímos:
–
¡Elohim, Elohim!
Recibe nuestra ofrenda que te hacemos con orgullo; gritó el ‘Sumo
Sacerdote’ al momento en que, con un gran impulso, lanzaban la cruz al mar con
el cuerpo de nuestro amadísimo Cónsul Imperator Veritelius de Garlla.
Todos
nos quedamos pasmados, pues esperábamos oír el ruido causado por la cruz al
momento del contacto con el mar; sin embargo, ni un solo sonido se escuchó;
inclusive, los iudaicus se asomaron
por la borda, pensando que el desdichado cuerpo de nuestro amo en esta tierra,
hubiese quedado detenido en alguna parte de la liburna. También yo me asomé
y nada pude ver, pues ni siquiera las ondas de agua se percibían en la
superficie. Quedé atónito ante el
acontecimiento; solo pensar en un milagro de Dios resuelve la incógnita: ni la
cruz ni su cuerpo llegaron al mar.
Exactamente
en la unión de los cuatro mares: El Ionicus,
el Ægeum, el Mare Cretiens y el Mare Nostrum, fue inmolado Veritelius de
Garlla, Cónsul Imperator, Plenuspotenciarius del “Christus Mandatus”; Apóstol Gentil; Deus Homo et servus Domini. Aquí, en el mar que tantas veces surcó
llevando y trayendo la Palabra de Dios, escrita por Sus Santos para la
posteridad; para todas las generaciones de Christiani
in sæcûla seculorum. En este Mare Nostrum que sembró con la semilla
de La Fe, La Esperanza y La Caridad, en cumplimiento de una orden del César
Tiberio, al principio; y de un celo apostólico sin parangón al final, de plena
entrega a nuestro Señor Iesus Christi.
Dios
guarde en Su Gloria a tan ejemplar romano, primer Christiani gentil bautizado por Petrus
Apostôlus, Christus Vicarîus; de quien recibió el Sanctus Spirîtus y su plenitud de vocación; en este día de su
nonagésimo cuarto aniversario de nacimiento y cuadragésimo del “Christus
Mandatus”.
¡Alabado
sea Iesus Christi!
† †
†
Orar
sirve, oremos por nuestros Pueblos.
De
todos ustedes afectísimo en Cristo
Antonio
Garelli
Tu Palabra es La Verdad.
También me puedes seguir en:
Solo por el gusto de
Proclamar El Evangelio
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